miércoles, 3 de julio de 2019

CARMEN Y RAMÓN


Ramón Gómez de la Serna se casó con Luisa Sofovich, “Luisita”, pero en la wikipedia, y en todos los sitios que usted desee consultar, aparece como su pareja Carmen de Burgos.

Aunque sé que es mentira, me gusta pensar que el amor de la vida es sólo uno (grande y libre). Y el de Ramón fue Carmen y el de Carmen fue Ramón. Eso sí, sólo se hicieran una foto juntos en toda su vida.


Pero voy a empezar la historia por el principio: Arranca en Almería el 10 de diciembre de 1867, cuando una jovencita de 15 años llamada Nicasia se pone de parto del primero de los 10 embarazos que vivirá. Tiene una hija regordeta y morena a la que llama Carmen y que se convertirá en la patrona laica de las periodistas y en la primera mujer columnista de nuestro país. No en vano, recibe una educación relativamente abierta, ya que en el entorno familiar (bastante pijo) se le dan los mismos derechos que a sus hermanos varones.

En aquellos años eran bastante frecuentes las muertes prematuras y cuando murió el marido de Nicasia, ya habían fallecido 4 de los hijos. Así era la vida y así la tenían que asumir las esforzadas madres que se hacían cargo de la progenie. Porque les recuerdo que estamos en el siglo XIX (nosotros no, Carmen de Burgos) donde el maltrato a las mujeres no era delito, sino la forma de domesticarlas.

Repite el patrón de su madre y en 1883, con 16 años de nada, se casa con un periodista bohemio que le dedica versos y ella flipa. “Bohemio” es (además de una palabra horrible) un eufemismo para referirme a un desgraciado, vago y bebedor que nunca ejerció profesión alguna, pese a ser hijo de un afamado periodista y que le fue infiel en cuanto tenía ocasión. (Encima esta joyita de marido era 14 años mayor que ella). 

¿Alguien de ustedes tenía claro a los 16 años lo que quería en la vida? Pues Carmen tampoco. Lo que sí supo enseguida, fue que las relaciones tan desiguales entre géneros no le molaban una mierda. Y que el matrimonio era una estafa, sobre todo para las mujeres. Tuvo 5 hijos con su marido (llamado Arturo Álvarez y Bustos) aunque los tres primeros murieron prematuramente. Mientras tanto, hizo sus pinitos periodísticos con esporádicas colaboraciones y se sacó (oposición incluida) el título de maestra. Cuanto más se reía de ella y de sus intentos por trabajar su marido, más se crecía Carmen en su empeño por acceder al mundo laboral.

Cuando muerte su hijo Arturo, de 8 años, Carmen decide que no soporta esa situación y va con su única hija superviviente a casa de un tío (En la calle Echegaray 10) suyo para intentar despegar en la vida. Pero ¡oh, sorpresa! su tío intenta propasarse con ella (miedo me da la dimensión de “intenta” y de “propasarse”) y se va con su hija María a casa de sus padres. (En su libro “La malcasada” explica los pormenores de esta separación).


A estas alturas, Carmen ya se ha dado cuenta de la importancia de la emancipación laboral y económica femenina. Y aquí vengo yo, en 2019 a recordar a todas las muchachas, que tenemos que hacer caso a Carmen de Burgos; que renunciar a un trabajo porque nos paguen menos que a nuestra pareja y no compense, es una trampa mortal. Y que, puestas a perder el tiempo, mejor perderlo formándonos o leyendo que limpiando, que eso de la limpieza también lo pueden hacer ellos.

En este momento en el que Carmen se ve necesitada, empieza a escribir artículos, libros y proclamas de sesgo feminista aunque la palabra feminismo todavía no se usara demasiado.
El 2 de noviembre de 1901 se junta con una gente muy maja en la tumba de Larra, rindiendo un homenaje a las letras apasionadas, al arte noble de la escritura, a las ideas comprometidas. Se acabaría llamando a esos muchachos la “Generación del 98”. (El interés por Larra, por cierto, le llevará a Carmen a publicar una biografía suya en 1919).

Aunque sobrevivía con colaboraciones en los periódicos “La correspondencia de España” (me chifla este nombre) o “El Globo”, fue en 1903, cuando le dieron una columna que se llamó “Lecturas para la mujer” y se convirtió en la primera redactóora de un periódico. El director, Augusto Suárez de Figueroa, le sugirió el pseudónimo de Colombine, con el que se dio a conocer a partir de entonces.

Colombine tiene más de 40 años, trabaja como profesora en la escuela Normal de Toledo y ejerce como periodista en Madrid, tiene una hija ya en edad de independizarse y milita en causas como el voto femenino, la república o la implantación de la ley del divorcio. Es en ese momento, cuando decide montar una red social. Pero como todavía no existía la tecnología digital, organiza una especie de Facebook presencial en su propia casa. Es lo que llamaban tertulia literaria y ella, era toda una influencer, ya que su labor era reconocida en el ambiente cultural de la época (y no sólo el cultural, las huellas que el franquismo borraría, estaban muy presentes en esa España ilusionada).

Entre los que pasaban por esa tertulia, había muchos que la pretendían, pero Colombine estaba a otra cosa. Hablaban de literatura y arte, de política y de problemas sociales; leían animadamente y se reían como se han reído siempre los humanos: de absurdos que rompen la lógica lineal… Pasaban por allí artistas de todo el mundo que estaban de viaje; amigos; amigos de amigos; maestros con alumnos aventajados, escultores, poetas, músicos…


Un día apareció un estudiante de 21 años, Ramón Gómez de la Serna, sí. Un flechazo salvaje y sangrante, les atravesó los ventrículos (los del corazón, no los de Jose Luis Moreno). El amor, indómito y caprichoso, les ató fuerte y les hizo desearse a lo bestia. Primero mirándose cuando el otro no miraba, después entablando conversaciones y finalmente lanzándose a quererse furtivamente y en secreto.
A ninguno de los dos les interesaba la idea manida y hueca del matrimonio: ella, experimentada y desencantada, luchaba por la libertad de las mujeres y era lógico que ella se situara como punta de flecha de estas ideas.  A él, que despuntaba en la revista que había montado su propio padre para su lucimiento, (Prometeo) le fascinaba Carmen y su lúcida expresión libertaria y así deseaba mantener esa leña ardiendo.


Colombine crea la Revista Crítica, para dar voz a los talentos literarios que pasaban por su tertulia. Sólo edita 6 números, pero sirve para posicionar a Carmen como motor de cultura e ideas de su época. 

La revista del padre de Ramón, logró sobrevivir más de dos años, 38 números, gracias a la generosidad del buen señor, que mantenía las pérdidas que provocaba, para que escribiera su hijo y también alguno de sus amigos.
Carmen lo hizo en el número de Febrero de 1909 con “Las mujeres de Blasco Ibáñez”, un artículo sobre los personajes de la narrativa del escritor valenciano.



Nadie sabía de su amor bestial y clandestino.

…Hasta que organizaron la celebración no oficial del primer centenario del nacimiento de Larra, que era una cosita obsesiva lo que tenía por Larra esta gente. Ramón publicó en Prometeo la convocatoria con el título: “Ágape organizado por Prometeo en honor de Fígaro”. (¡Qué ganas de organizar ágapes me están entrando, pardiez!) El banquete estaba presidido por Mariano José de Larra (en una silla vacía) y rodeado de Carmen y Ramón los demás comensales.

Así fue la crónica de la velada en la revista Prometeo:

En la presidencia había un cubierto preparado para Fígaro (…) A su derecha estaba Colombine, la fermosa mujer y la garrida intelectual. Su gallardía espiritual (…), la consintió venir de Toledo para asistir al homenaje y brindar con todos en la copa de Fígaro.
A la izquierda Ramón Gómez de la Serna, satisfecho de la vida, y en particular de la noche, conversaba con Mariano José, y hacía los honores a Colombine, cuidando al alargarle los entremeses, no pasar el brazo descortésmente por delante de Fígaro.

Estas fueron las palabras de Colombine:

Admirado maestro, queridos compañeros: No se conmemora con el esplendor que debiera hacerse el centenario del crítico inmortal, del hablista incomparable (…) No tenemos la sanción oficial, ni velada académica…¡Mejor así!...Aquí hay corazón, alma, entusiasmo, la sanción de una juventud de artistas que saben ser escépticos sin amargura (…).

Y estas las de Ramón:

Admirado maestro Fígaro, queridos camaradas: Larra está con nosotros, vive (…) Piensa tan nihilísticamente como nosotros. Ha evolucionado. Está al corriente de nuestras quimeras y de nuestras rebeldías (…) Larra es uno de nosotros (…) Y si hubiera cambiado el panorama a lo menos (…) Este ambiente insidioso sigue haciendo de los grandes hombres pobres hombres.

Esta celebración se terminó convirtiendo en el acto inaugural de la relación entre Carmen y Ramón, una especie de boda laica y de celebración del amor a su manera. Mezclaron sus ideales y amigos, su pasión por Larra, y a su manera, se dijeron que se querían, con la intelectualidad y vanguardia por testigo, con la diferencia de edad, la pasión por el arte y las ansias renovadoras y rebeldes de cambiar un mundo lleno de normas absurdas. 


Llegó un momento en el que era imposible ocultar la relación y ellos no se escondían, pero tampoco anunciaron oficialmente nada. Estaban juntos, disfrutaban (así, a lo tonto, 20 años), y como sucede con el amor de verdad, había algo más allá de la mera atracción -cruelmente efímera, ya lo sabemos la mayoría- más que un “llevarse bien” y encajar caracteres. Había total y absoluta admiración, que por si no lo saben ustedes, es el pegamento más fuerte en una pareja. Les daba igual la convención social, el prestigio, los consejos familiares y el mundo entero. Él con 20 años y ella con 40 se querían con una locura serena, con una fuerza arrebatada. Defendieron como desgraciadamente todavía tenemos que hacer, señalando en el calendario el Orgullo, el amarse en libertad.


Se sentaban a escribir, cada uno sus artículos y libros en la misma mesa el uno frente al otro; se leían en voz alta sus escritos, se sugerían mejoras y se admiraban del talento del otro. Visitaban los cafés y las tertulias y paseaban juntos por un Madrid ávido de amores nuevos.
(Me sorprende las vidas tan alejadas de las que tenemos los periodistas hoy, que gastamos jornadas de 10 horas fuera de casa cada día que imposibilitan salir  de cañas entre diario o siquiera tener tiempo para “pasear”).

Nombran a Ramón Secretario de la Junta de Pensiones de París, por los tejemanejes de su padre, dispuesto a alejar a su hijo de “esa señora mayor” que le manipula malamente tra tra. Pero nada ni nadie va a separarlos ya, así que viajan para verse donde sea necesario.
En las navidades de 1910 Carmen visita a Ramón y se hospedan en el Hotel Suez en pleno boulevard de Saint Michel y también se hacen alguna escapada a Londres y a Nápoles.

Ambos se interesan por las vanguardias europeas, tan fascinantes y transgresoras… Pero Ramón es más de la rebeldía contra todo, contra el pasado, por eso el futurismo colmaba sus ansias de libertad sin dogmas. Pero Carmen, más cabal y racional, rechaza la trivialización futurista, defiende la cultura clásica, hasta el punto de traducir y publicar, “Dafnis y Cloe” una novela del siglo II de un señor llamado Longo de Lesbos.

Cuando finalmente Ramón regresa a España, ambos hacen de Madrid el ecosistema cultural más vanguardista e interesante del momento:


En 1915 Ramón inaugura la tertulia del “Café Pombo” en la calle Carretas de Madrid. Los fundadores, son en su mayoría los asistentes al salón literario de Carmen de Burgos: Rafael y José Bergamín, Bartolozzi, Tomás Borrás, Bagaría, Rafael Cansinos-Assens, Gustavo Maeztu, Diego Rivera y Gutiérrez Solana, que inmortalizaría la tertulia con su conocido cuadro.


Mientras tanto, María Álvarez de Burgos, la hija de Colombine, pese a tener a su madre en contra, se dedica al teatro. Concretamente a ser actriz. Debuta con la obra de Jacinto Benavente, La princesa Bebé en 1916 y lleva una vida, ya saben, un poquito bohemia.

La muchacha se casa con el actor Guillermo Mancha en la iglesia de Santa Teresa de Madrid y entre los testigos de la ceremonia están su tío Lorenzo de Burgos, José Rocamora, director de El Heraldo de Madrid y Ramón Gómez de la Serna, pareja y gran amor de su madre.

Durante la relación de los escritores y también después, dejan un elegante rastro de recuerdos y palabras juntos. Por ejemplo, Carmen glosa en su libro “Confidencias de artistas” las entrevistas que ha ido publicando en “El heraldo” donde -en “Prólogo” y “Epílogo”-, Ramón se expresa en estos términos: 

Su morenez es la morenez extraordinaria que obedece al apasionamiento y al fervor del corazón (…), es bella, con la recia y apretada belleza que se sostiene en la madurez (…) Es de una belleza española (…).
Carmen es un caso de buena casta (…) un caso de humanidad extraordinaria y primero en esta España atormentadora. 

Incluso años después, cuando ya Ramón es un literato reconocido, recuerda lo que Carmen ha significado en su vida:


Ella me ha alentado y se ha dado cuenta desde el principio, cuando la incomprensión arreciaba, de que era sencillo y bueno lo que me proponía (…). He podido resistir con paciencia esos quince años de inadmitido en la literatura, gracias a ese rato silencioso de comunicación y trabajo en su casa, del otro lado de su ancha mesa.

Pero no adelantemos acontecimientos, que quedaba aun mucho amorcito bueno para darse. Carmen después de publicar sus referidas “Confidencias de artistas”, comienza una nueva sección que sustituya a esta anterior. Decide embarcarse en una cosa que llama “Españoles de antaño. Confidencias familiares”.
Consiste en investigar y escarbar entre legajos y descendientes a grandes figuras españolas ¿Y a qué quiso buscar la pizpireta Colombine? Ya lo saben ustedes, a los descendientes de Mariano José de Larra, claro.

Por supuesto consiguió y le dejaron material inédito y ella se vino arribísima y escribió una completa biografía de Fígaro, con esta dedicatoria tan maja: "A Ramón Gómez de la Serna, cuyo admirable epílogo sobre el Prado, hace que se destaque viviente, sobre un fondo elíseo, la figura de Fígaro. Colombine”


Ramón escribió el "Epílogo y en el "Prólogo al Epílogo" dice:
"¿Cómo epilogar este admirable libro de Carmen de Burgos? Yo hablaría de ella con esa fe que doce años de constante amistad han cuajado en mi espíritu, del espectáculo único que ha sido para mi su sensatez, su comprensión, su rebeldía. Pero no es eso lo que ella quiere. (…) Sentado frente a Carmen ante su amplia mesa de trabajo (...) he visto y he leído los documentos y he oído las cuartillas de Carmen, saturándose de Fígaro, y sacando del cerrillero de él, que la familia ha dedicado a la escritora, las cerillas para mi pipa. Sólo porque era Carmen la autora de este libro no he sentido envidia de él”

No sé ustedes, pero yo aquí veo amor del bueno, de ternura en el desayuno, de compartir calcetines y de follar muy fuerte en la siesta.

El libro sirvió para consagrar a Colombine como escritora, que se dejó literalmente la salud con el proyecto. Emilia Pardo Bazán llegó a decir: “El libro de la señora de Burgos es un servicio prestado a la historia de las letras y ojalá tuviésemos muchos tan abundantes en noticias sobre los escritores legítimamente consagrados


La pareja decide entonces establecerse en Estoril. Estamos en 1920 Carmen imparte un curso de Literatura española en la Universidad de Lisboa y viven, como lo más normal del mundo, en un hotel. Empiezan a soñar con crear su verdadero hogar, una casa que guarde su amor impetuoso y sus relajadas y compartidas horas de trabajo. Querían dedicarse en exclusiva a escribir novelas y quererse.

Justo en 1921, Ramón hereda un dinero por la muerte de su padre y le toca el segundo premio de la lotería. Decide dedicar todo ese capital a su gran proyecto del chalé frente al mar. Lo llaman “El Ventanal” porque en el piso de arriba había un gran mirador, en el que instalan su mesa de trabajo, para ver pasar a los transatlánticos mientras trabajan cada uno en sus novelas.

Son días felices de un amor que a lo tonto ha madurado a contracorriente, con confianza y pasión, con libertad ante todo. Carmen va enfermando del corazón, pero lo sobrelleva con calma. Ambos escriben sin descanso (afortunadamente la obra de uno y otra es vastísima) y se dedican textos de indisimulada admiración a la que pueden.

Escriben con soltura y donaire, pero no manejan las finanzas con parecido tino y terminan por hipotecar y re hipotecar su “Ventanal” querido de Estoril. Al fin, en 1926, pierden la casa y primero van a Nápoles, donde pretenden quedarse para siempre jamás, pero el corazón de Carmen no estaba muy bien, los dineros tampoco y deciden volver a Madrid, su Madrid, mi Madrid, nuestra Madrid.

Carmen se instala en un entresuelo de la calle Nicasio Gallego, (en el nº 1), porque apenas podía ya subir escaleras. Volvió a su labor periodística y continuó escribiendo libros.

Ramón en septiembre de 1927 gasta una macabra broma en el diario El Sol: anuncia su propia defunción para ver cómo reaccionaban sus amigos, conocidos y seguidores. Por supuesto, nadie le creyó dentro del mundillo literario, porque ya sabían el talante bromista del autor de las Greguerías.

La hija de Carmen, pelín disoluta ella, pide ayuda a su madre, que va a visitarla a Santiago de Chile, donde vivía ahora. No está bien. Entre unas cositas y otras, se ve que la muchacha consumía cocaína y heroína, aunque tenía trabajo como actriz. Colombine le dice que vuelva a España con ella y la zagala dice que vale, cuando arregle las cosas con su marido y termine la temporada. Así que Carmen se reúne con Ramón en el Hotel París de Estoril, donde tan felices habían sido. Unos meses después regresan a Madrid. Estamos en mayo de 1928.


A finales de 1929, María, se divorcia de su marido y tira para España con su madre, que le paga el billete y le paga todo. La cuida, la mima como las madres españolas miman, con besos sonoros y comidas ricas. La pobre no sabe cómo ayudar, y le pide a Ramón, que anda a vueltas con una obra de teatro (“Los medios seres”), que meta a su hija a actuar ahí. Ramón le da un papel menor. Todo bien, pero se acaban liando. Sí, Ramón y la hija de su amada. Para lo salao que era él, se portó fatal, echando la culpa a la muchacha yonki diciendo que le llevaba años acosando. Según cuenta en su autobiografía - “Automoribundia”- en los ensayos de la obra, ella se le abalanzó: 

Una interrupción de locura llenó los febriles días de los ensayos y oí el “siempre había esperado este momento” y en esas noches supe que ella tomaba cocaína y hubo una escena verdinegra que violentó más aquella pasión.

La pobre Carmen Colombine se entera de todo el pastel la noche del estreno de la obra de su amado y su hija. 
De nada serviría el arrepentimiento de Ramón. Según contaría después, el idilio duró 25 días ¡Chato, por 25 días ¿mandas a la mierda una historia de 20 años?! Muy cutre todo…


En la biografía se lamenta así el madrileño Gómez de la Serna de haber roto de una manera tan horrible, con la infidelidad de su propia hija:

¡Espléndido encuentro! Pero después habían de pasar muchos años sobre este gran premio que fue para mí encontrar mujer bella, noble y con talento, hasta que Los Medios Seres vinieron a ser un desenlace y me dejaron a mi mismo convertido en “medio ser.

Podría concluir diciendo que así, de esta forma tan chusca termina la historia de Carmen y Ramón. Pero no. Voy a seguir un poco más:

Con todo el lío, Ramón huye a París, avergonzado y muy probablemente arrepentido de una cagada tan mayúscula. La pobre Carmen, con el corazón cada día peor, recoge a su hija y obviamente la perdona. María cae y recae en ese caballo llamado muerte una y otra vez. La vida se convierte en un infiernito, pero como siempre, el tiempo va tamizando la rabia y la pena. Y uno se acostumbra tanto al dolor, que cada vez duele menos.

Finalmente se perdonan, Ramón regresa a Madrid, pero ya sólo queda una cordialidad fría y hueca.


Entonces llegó la República, y Carmen se vino un poco arriba y vuelve a sus ideales de antaño, que se ven más posibles que nunca: el voto femenino, el divorcio, la abolición de la pena de muerte y la igualdad jurídica del hombre y la mujer. Se afilia al Partido Republicano Radical Socialista, que lideraban Marcelino Domingo y Álvaro de Albornoz.

Y Ramón se va a Argentina, donde continúa escribiendo como lo hace Colombine en Madrid… Hasta que regresa de nuevo, esta vez casado con Luisa Sofovich, su mujer, su esposa. Al principio le oculta a la ya achacosa Carmen que se ha casado, pero termina por contarle y ella por escuchar. Porque tanto se habían querido, que sería impostura pura callarse ahora sus vidas. Cada semana, puntual como la menstruación de una novicia, Ramón visita a su ex en la calle Nicasio Gallego 1, y charlan y ríen ya sin atracción. (¡Qué raro es eso de hablar con un ex a quien hemos conocido tanto y tan bien, y de pronto es sólo una persona más...)

El 8 de octubre de 1932 Colombine participaba en una mesa redonda sobre sexualidad, y se sintió mal. Su amigo y médico personal Gregorio Marañón que estaba allí la asistió, pero nada pudo hacer. El diario El Sol recogía así las últimas palabras de la escritora:

"Muero contenta, porque muero republicana. ¡Viva la República! Les ruego a ustedes que digan conmigo ¡Viva la República!" (…) Se avisó a una ambulancia que trasladó a doña Carmen de Burgos a su domicilio donde falleció a las dos de la madrugada. 


Ramón, que había empezado su Automoribundia con este precioso texto:

Nací o me nacieron —que no sé cómo hay que decirlo— el día 3 de julio de 1888, a las siete y veinte minutos de la tarde, en Madrid, en la calle de las Rejas número 5, piso segundo

…Cuenta así la muerte del gran amor de su vida: 

Quedé de luto por aquel gran corazón y pensé que desde que se va al otro mundo alguien a quien quisimos mucho, ya estamos denunciados por seguir viviendo.

Colombine fue en su momento una transgresora, una literata de primera, gran novelista y avezada columnista. Además ejerció como maestra, como (la primera mujer) corresponsal de guerra. Fue un icono, una puerta, un huracán con aliento feminista. Sin embargo, el franquismo, con su afán de retroceso, se empeñó en borrar su profunda huella y hoy el nombre de su amante y amor es de sobra conocido, pero no el de ella, patrona de las periodistas, de las colaboradoras, de las madres luchadoras, de las juerguistas, de las autónomas, las culturalmente curiosas hasta la ansiedad, las feministas, las anarquistas con cabeza. 


Pero creo que ya todos sabemos el retroceso que supone dejar a las derechas gobernar. Siempre pisotean y silencian el buen hacer.
No dejemos que ocurra, por favor. Por Colombine, su memoria y la de tantas otras.


Lo dice Diana Aller

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