domingo, 10 de diciembre de 2017

ENGANCHADA A INSTAGRAM

Me encanta Instagram. No las stories vulgares y efímeras. Ni los selfies ensayados tras descartar decenas... Me he aficionado a espiar a la gente. Grupos de amigos que ni siquiera sigo, pero cotilleo de forma voraz.
Ejercen sobre mí una fascinación enfermiza. Sus chistes privados, sus posados... Son gente que en realidad me dan igual, pero en la que invierto atención y tiempo como si me sobrara.

Tengo dos tipologías de filias:
Por una parte sigo a triunfadores, amigos de famosos, pandillas al borde del éxito social que hacen barbacoas y van a estrenos.
Por otra a gente sin gusto estético, grupos de amigos que suben fotos cotidianas y feas de sus hijos y de sus vidas miserables con molduras en las puertas.

En cuanto tengo un rato (paseando al perro, en la furgoneta que me traslada al polígono en el que trabajo...) miro casi con codicia infantil, vidas que no conozco, pero en las que entro sin llamar.
Es increíble: sé cosas de gente que ni conozco, ni me va ni me viene... Cosas que ni ellos saben de sí mismos.

Por supuesto el vacío existencial es mucho mayor y evidente en los que asisten a fiestas y se pavonean, los que tienen más seguidores o están directamente conectados con el éxito capitalista... sin dejar lugar a la duda en cuanto a sus vidas pequeñas y frágiles.
Los otros, los de las casas sucias e impúdicos posados con una botella de Fairy de fondo, rezuman honestidad, pero hay algo igualmente atrayente en su gusto por mostrar una realidad tan áspera. ¿Qué les lleva a subir una foto y no otra? ¿Por qué aparecen con los ojos cerrados o con la cama fea y sin hacer? ¿Hay una pulsión artística o es simple exhibicionismo?
Me estoy aprendiendo sus rutinas, sus vidas... Como si fueran los personajes de una serie, algunos me generan más interés y se han convertido en protagonistas, otros en secundarios, y alguna vez aparece un extra, que si tiene cierto magnetismo se queda. Sigo sus andanzas como si fueran tramas tenues y guiones cotidianos, conozco sus hábitos, sus casas, sus baños, los manteles que usan... cosas muy íntimas.


No me considero muy voyeur (Bueno, una vez había unos vecinos follando y miré por pura curiosidad de mi ventana a la suya en el enorme patio). No comprendo a qué viene esta obsesión por esta veintena de personas.  Les aseguro que mi vida es bastante nutrida y alguna vez he llegado a desear el aburrimiento. ¿A alguien le pasa algo parecido? ¿Acaso tanta ficción y tanta sobreexposición nos lleva a buscar narraciones personales y únicas?
Gracias por estar ahí (y en Instagram)

Lo dice Diana Aller

5 comentarios :

sulfur dijo...

a mí me pasa contigo.

JLO dijo...

mujer!!!!... jaja, no hay otra respuesta...

me gusta instagram y me las doy de artista mas que nada, saco fotos todos los días... trato de subir fotos que me gusten y algunas familiares claro... mi hija me puede, saludos...

sarius dijo...

A mi me pasa, es fascinante y enfermizo por momentos y quiero creer que el tiempo que pierdo en ello revertirá en cualquier momento en forma de cuento, novela o escena teatral.

Julia dijo...

A mi también me pasa, pensaba que era una enferma...menos mal.

Exploradora... dijo...

Totalmente, soy una espia en la sombra