viernes, 28 de agosto de 2020

EL PROBLEMA DE ESPAÑA

 Procedo de una larga estirpe de españoles. 

(Esto no garantiza nada, pero me apetecía empezar un texto con esta frase)

España en general y yo misma en particular, andamos sumidas en una crisis a consecuencia de un virus del que estamos hartas de oír hablar.

Yo crecí con un retrato del rey Juan Carlos I en cada aula que pisé (y fueron demasiados). En él posaba el monarca con una señora que hacía las veces de mascota, de excusa heteronormativa, de modelo adulto de lo que era España: Una manera única, cerril e hipócrita de entender las cosas, disfrazada de libertad.

En 2020 ni mis estudios (reitero: demasiados) ni España, ni sus instituciones, han demostrado servir de gran cosa. ¿Cómo es posible teniendo un patrimonio -intelectual y terrenal- tan nutrido? ¿Cómo hemos llegado a este perenne "Estado de Malestar"?

En lo personal, ando lidiando con las secuelas del COVID, que no son reconocidas ni para conseguir un simple certificado médico. He buscado alguna asociación de afectados; y la única que hay constituida, basa su ideario en pedir la dimisión del Gobierno. Me planteé crear una plataforma, para unirme a mis iguales e investigar estas malditas consecuencias que arrastro. Pero, sinceramente, no tengo fuerzas. Estoy aprendiendo a parar, a tomarme la vida con la calma que exige mi salud ahora mismo. No me quiero extender con esto, pero al final, estoy encontrando mucho alivio con auto-hipnosis, PNL, meditación y espiritualidad. Cuando esté del todo recuperada, prometo enfocar todas mis fuerzas a ayudar a quienes hayan quedado con las mismas secuelas que yo.

Pero no soy ajena a "lo global", el lugar que habito, con sus leyes y lenguas comunes, con mi irracional matriotismo: España. España es un país sobrecualificado, como sus moradores. Un país increíble, con tortilla de patata con y sin cebolla; con Camarón, con la hora de la siesta, con María Moliner, la monstruosa impronta de Chiquito de la Calzada, atardeceres sobrecogedores en cualquier pedanía, charlas fascinantes mañana, tarde o noche y hasta el adjetivo "abuhado" para describir a quien se le pone cara de lechuza, como mi amigo Vicente en los festivales. España es una pasada. Pregúntenle a James Rodhes si tienen alguna duda, que gustoso les responderá.



Pero este año no se nos está dando bien. Nos ha enfrentado de cara con todas nuestras flaquezas.

Tenemos esa gallardía que nos hace posar con galones de cara a los demás, mientras que nos movemos por chanchullos, estafas, pillaje. Es el ejemplo que hemos tenido reinando siempre. 

Creemos que "libertad" significa criticar. Y creemos que si criticamos, nos situamos por encima. Y no se les ocurra a ustedes incurrir en el error de felicitarnos a nosotros mismos. Y si lo hacen, recuerden arremeter contra otros: Si aplauden a la sanidad pública, métanse con la privada (no se molesten en movilizarse por una gestión transparente, digna y universal). Si vota a un partido, no olvide llamar fascistas a los contrarios.

Entendemos que las normas de nuestros dirigentes son preceptos autoritarios que por supuesto, tenemos que criticar antes que cuestionar y en ningún modo sumarnos o trabajar por afinarlos. No entendemos las normativas como algo común a todos, dúctiles, necesarias como punto de partida. Son una maldición del enemigo, no un necesario paraguas de protección de nuestros semejantes y nosotros mismos.

Nos indignamos con los botellones y las ocupaciones (qué raro este empeño por señalar ahora a los "okupas malos", por cierto), acusamos cual agentes de la gestapo a quien se saltaba el confinamiento sin saber su situación, pero "yo me reúno con mi familia, mis colegas o quien sea" y nos abrazamos, compartimos una parrilla, un porro, un chalé... sin mascarilla. Como Juan Carlos I. De cara a la galería nuestra heroicidad consiste en estar por encima de gobiernos y poderes. "No tienen ni idea" decimos. Por detrás seguimos la cartografía de nuestras propias apetencias.

Así no se avanza.

Precisamente, ahora es el momento de arrimar el hombro, obedecer(*) y observar. Aprender. Y sobre todo, ser flexibles. Adaptarnos, ofrecer antes que exigir, asumir la improvisación como un valor positivo y poner en práctica toda la tolerancia que hemos tenido con los Borbones. En lugar de alimentar la crispación que sólo fortalece la crisis, trabajemos el sentido común, que visto lo visto -y hablo desde la terapia post covid que estoy siguiendo- es lo único que nos sacará de esta crisis.

Redireccionemos la energía donde hace falta, que es empezar a reconstruirnos antes que liarnos a hostias (dialécticas, metafóricas o reales). Por favor se lo pido.

Procedo de una larga estirpe de españoles. Y no me ha servido de gran cosa, qué pena.

(*) Obedecer es siempre el primer paso. No puede haber una desobediencia útil, si no se aprende a obedecer.

Lo dice Diana Aller