miércoles, 13 de mayo de 2020

EL VALLE NO SE TOCA


Me parezco más a una marsopa o a un pez manta que a la mente inquieta que puedo parecer. Porque, como la inmensa mayoría, vivo huyendo sin saber de qué y esta cuarentena nos lo ha puesto en portada. Es lo que tienen las pandemias, que nos enfrentan a lo que más nos aterra, a nosotros mismos.
El caso es que ahondando en los demonios propios –gracias San Jung- he investigado sobre cosas que nos aterran y por qué.
Cuando no sabíamos quién era Fernando Simón, allá por 2015, descubrí lo que era la tripofobia. Nunca antes había oído hablar de aquello y a partir de entonces, como suele ocurrir, se convirtió en un comentario puntualmente recurrente en foros de toda ralea. (Ya saben: no hay gente escayolada o embarazadas, hasta que una se escayola o embaraza: los conceptos una vez que son propios, los percibimos sin parar).
Últimamente oigo hablar del Síndrome del impostor igual que hace una década empezaron a turrarnos con lo de la “zona de confort” o la resiliencia. Conceptos postmodernos que me desasosiegan no tanto por su significado, como por los contextos tan bochornosos en los que se utilizan (A la pregunta “¿Soy una maniática del uso lingüístico?” la respuesta es un rotundo “Sí”).
Ese tipo de ideas lo que me hacen sentir es rabia. Como los señoros que gobiernan el mundo, los que no pierden ripio para darnos lecciones a la mínima o los graciosillos con problemas de ego que llevan años respirando por la boca y no ven que el problema lo tienen ellos.
Pero el concepto sórdido que he descubierto en estos días, la chunguez y frialdad al filo de la ansiedad más superficial, es una cosita que se llama Valle Inquietante, que la Wikipedia define profusamente como el rechazo visual que causa en los humanos el aspecto antropomórfico de los robots.
Dicho así, vale. Pero ver este tipo de imágenes da un yuyu raro ¿no? Pues eso es Valle Inquietante:




Los Reborn también son vallecitos inquietantes...


De siempre los autómatas han tenido algo luciferino que causaba un temor extraño… Pero el refinamiento de las máquinas con apariencia humanoide, cada vez más realistas, al menos a mí, me causan auténtico pavor.

Recuerdo con especial aversión el ataquito de ansiedad que me dio la película A.I. Inteligencia Artificial (2001) de Spielberg, una supuesta fábula de Pinocho, que me dejó un mal cuerpo que pa qué.


Fue una persona japonesa, Masahiro Mori, en 1970 quien acuñó el término de “Valle Inquietante”. La tesis viene a decir que cuando la apariencia de un robot es más humana, la respuesta emocional de un observador humano al robot se irá haciendo cada vez más positiva y empática, hasta cruzar un punto a partir del cual la respuesta se vuelve una fuerte repugnancia. Sin embargo, cuando la apariencia del robot continúa convirtiéndose menos distinguible de la de un ser humano, la respuesta emocional se vuelve positiva una vez más y se va aproximando a niveles de empatía como los que se dan entre humanos. Esa curva dibuja una parábola invertida con forma de valle.

R2D2 (llamado Arturito en Latinoamérica, que no me puede chiflar más) tiene su gracia porque recuerda amorfamente a un humano, pero cuando pasamos al nivel hiperrealista de ciertos robots semejantes a humanos, el efecto es espeluznante. Es una persona inerte. Es chunguez pura.
También recuerdo con auténtico espanto los prostíbulos de Barcelona y Madrid de muñecas humanoides: el alimento enfermo de la masculinidad hegemónica encarnado en unas pasivazas con atribución simplemente sexual.


(Por cierto, que lo que más asusta de esta cultura de la glorificación de la humillación femenina en la que vivimos, es que a los pocos días las muñecas estaban ya literalmente destrozadas).
Podemos follar con robots (lo hacemos con satisfyer ¿no?); nos pueden limpiar la casa y algunas máquinas son capaces de crear melodías, jugar al ajedrez, hacer chistes o pintar cuadros.

Pero ¿No es tenebroso cuando tienen apariencia humana? ¿Les ocurre a ustedes también?


Pues ya está, esto era lo que quería comentar hoy aquí.

Lo dice Diana Aller