lunes, 13 de abril de 2020

CUANDO ESTO ACABE

Oigo la frase "Cuando esto acabe" 22 veces al día. No hago yoga, ni pan; a veces lloro.
Yo también he perdido el trabajo y por ahora no he perdido a nadie cercano.
Me siento culpable de ser feliz en mi casa: un hogar añorado en el que pernoctaba hace sólo mes y medio y en el que ahora aplaudo puntual cada día. Me construí hace casi dos años una fortaleza rosa y dorada, como un prostíbulo moscovita. Una casa amplia, a juego con mis sueños.

No veo conciertos de gente en su casa. No he ordenado ni un sólo armario. Apenas miro Instagram. Adoro más que nunca a mis amigas. Pero no participo de zooms ni skypes ni fiestas solitarias frente a una pantalla.
El otro día -no sé cual porque como el de ustedes, mi tiempo es líquido ahora- hice un gratén de setas.  También he hecho ratatouille y torrijas. Esa no soy yo pero aquí estoy habitándome.
Encerrada con dos adolescentes que como corresponde, viven hacia dentro sin saber todavía descifrar lo que piensan, aunque es lo más acertado que van a pensar jamás.

Yo pienso obviedades y obscenidades. A veces a la vez incluso.
Estamos quietos porque teníamos que parar.
Los necios crispan el ambiente. Agapimú me parece paz espiritual.
¡Qué raros y desleales los sueños nocturnos! Me tienen despistadísima.

Me acuerdo de mis amantes y siento un amor caudaloso por cada uno de ellos.
Me vienen también recuerdos cuerdos y desnortados; felices y amarguísimos.
Como les ocurre a tantos otros, han desaparecido mis ingresos, pero como los héroes, no tengo miedo. No me puedo permitir tenerlo, precisamente por cobardía.

He adoptado una perra. Me digo a mí misma que para darle una vida digna (Tiene unos 8 años, está un poco coja y nunca ha tenido un hogar). Creo que en realidad lo he hecho para tener una preocupación extra. Algunos humanos necesitamos responsabilidades para castigarnos de una forma sibilina. Practicamos un sadismo refinadísimo y cuando está a nuestro alcance la comodidad, hacemos saltar el firmamento por los aires para que las estrellas nos salpiquen encima.

Me han hecho un encargo tan insólito como complaciente: Escribir una película.
Compruebo que no hay nada más pretencioso que querer contar algo único.
...Y sin embargo, qué difícil es dar voz a quien se le desmorona su vida pequeña, cuánta grandeza hay en ese frutero que día a día es protagonista en la misma mesa.

La vida, arrolladora y feroz, todo puede.

La peor noche del coronavirus apenas podía respirar. Creí que no llegaría al día siguiente, porque no podía ni llegar a la puerta.
No sé el mundo que se nos viene encima. A lo mejor nos toca apadrinar un influencer, quedar a beber en las rotondas, vestirnos a diario de Crossfit o cuadrarnos ante el puto "Resistiré". Supongo que harán lo imposible por perpetuar el sinsentido en el que vivíamos antes. Y lo aceptaremos, claro.
Todo me parecerá diminuto y absurdo, creo.
No estoy segura de cómo será el nuevo mundo.

Cuando esto acabe, me quiero enamorar.



Lo dice Diana Aller