miércoles, 13 de mayo de 2020

EL VALLE NO SE TOCA


Me parezco más a una marsopa o a un pez manta que a la mente inquieta que puedo parecer. Porque, como la inmensa mayoría, vivo huyendo sin saber de qué y esta cuarentena nos lo ha puesto en portada. Es lo que tienen las pandemias, que nos enfrentan a lo que más nos aterra, a nosotros mismos.
El caso es que ahondando en los demonios propios –gracias San Jung- he investigado sobre cosas que nos aterran y por qué.
Cuando no sabíamos quién era Fernando Simón, allá por 2015, descubrí lo que era la tripofobia. Nunca antes había oído hablar de aquello y a partir de entonces, como suele ocurrir, se convirtió en un comentario puntualmente recurrente en foros de toda ralea. (Ya saben: no hay gente escayolada o embarazadas, hasta que una se escayola o embaraza: los conceptos una vez que son propios, los percibimos sin parar).
Últimamente oigo hablar del Síndrome del impostor igual que hace una década empezaron a turrarnos con lo de la “zona de confort” o la resiliencia. Conceptos postmodernos que me desasosiegan no tanto por su significado, como por los contextos tan bochornosos en los que se utilizan (A la pregunta “¿Soy una maniática del uso lingüístico?” la respuesta es un rotundo “Sí”).
Ese tipo de ideas lo que me hacen sentir es rabia. Como los señoros que gobiernan el mundo, los que no pierden ripio para darnos lecciones a la mínima o los graciosillos con problemas de ego que llevan años respirando por la boca y no ven que el problema lo tienen ellos.
Pero el concepto sórdido que he descubierto en estos días, la chunguez y frialdad al filo de la ansiedad más superficial, es una cosita que se llama Valle Inquietante, que la Wikipedia define profusamente como el rechazo visual que causa en los humanos el aspecto antropomórfico de los robots.
Dicho así, vale. Pero ver este tipo de imágenes da un yuyu raro ¿no? Pues eso es Valle Inquietante:




Los Reborn también son vallecitos inquietantes...


De siempre los autómatas han tenido algo luciferino que causaba un temor extraño… Pero el refinamiento de las máquinas con apariencia humanoide, cada vez más realistas, al menos a mí, me causan auténtico pavor.

Recuerdo con especial aversión el ataquito de ansiedad que me dio la película A.I. Inteligencia Artificial (2001) de Spielberg, una supuesta fábula de Pinocho, que me dejó un mal cuerpo que pa qué.


Fue una persona japonesa, Masahiro Mori, en 1970 quien acuñó el término de “Valle Inquietante”. La tesis viene a decir que cuando la apariencia de un robot es más humana, la respuesta emocional de un observador humano al robot se irá haciendo cada vez más positiva y empática, hasta cruzar un punto a partir del cual la respuesta se vuelve una fuerte repugnancia. Sin embargo, cuando la apariencia del robot continúa convirtiéndose menos distinguible de la de un ser humano, la respuesta emocional se vuelve positiva una vez más y se va aproximando a niveles de empatía como los que se dan entre humanos. Esa curva dibuja una parábola invertida con forma de valle.

R2D2 (llamado Arturito en Latinoamérica, que no me puede chiflar más) tiene su gracia porque recuerda amorfamente a un humano, pero cuando pasamos al nivel hiperrealista de ciertos robots semejantes a humanos, el efecto es espeluznante. Es una persona inerte. Es chunguez pura.
También recuerdo con auténtico espanto los prostíbulos de Barcelona y Madrid de muñecas humanoides: el alimento enfermo de la masculinidad hegemónica encarnado en unas pasivazas con atribución simplemente sexual.


(Por cierto, que lo que más asusta de esta cultura de la glorificación de la humillación femenina en la que vivimos, es que a los pocos días las muñecas estaban ya literalmente destrozadas).
Podemos follar con robots (lo hacemos con satisfyer ¿no?); nos pueden limpiar la casa y algunas máquinas son capaces de crear melodías, jugar al ajedrez, hacer chistes o pintar cuadros.

Pero ¿No es tenebroso cuando tienen apariencia humana? ¿Les ocurre a ustedes también?


Pues ya está, esto era lo que quería comentar hoy aquí.

Lo dice Diana Aller

lunes, 13 de abril de 2020

CUANDO ESTO ACABE

Oigo la frase "Cuando esto acabe" 22 veces al día. No hago yoga, ni pan; a veces lloro.
Yo también he perdido el trabajo y por ahora no he perdido a nadie cercano.
Me siento culpable de ser feliz en mi casa: un hogar añorado en el que pernoctaba hace sólo mes y medio y en el que ahora aplaudo puntual cada día. Me construí hace casi dos años una fortaleza rosa y dorada, como un prostíbulo moscovita. Una casa amplia, a juego con mis sueños.

No veo conciertos de gente en su casa. No he ordenado ni un sólo armario. Apenas miro Instagram. Adoro más que nunca a mis amigas. Pero no participo de zooms ni skypes ni fiestas solitarias frente a una pantalla.
El otro día -no sé cual porque como el de ustedes, mi tiempo es líquido ahora- hice un gratén de setas.  También he hecho ratatouille y torrijas. Esa no soy yo pero aquí estoy habitándome.
Encerrada con dos adolescentes que como corresponde, viven hacia dentro sin saber todavía descifrar lo que piensan, aunque es lo más acertado que van a pensar jamás.

Yo pienso obviedades y obscenidades. A veces a la vez incluso.
Estamos quietos porque teníamos que parar.
Los necios crispan el ambiente. Agapimú me parece paz espiritual.
¡Qué raros y desleales los sueños nocturnos! Me tienen despistadísima.

Me acuerdo de mis amantes y siento un amor caudaloso por cada uno de ellos.
Me vienen también recuerdos cuerdos y desnortados; felices y amarguísimos.
Como les ocurre a tantos otros, han desaparecido mis ingresos, pero como los héroes, no tengo miedo. No me puedo permitir tenerlo, precisamente por cobardía.

He adoptado una perra. Me digo a mí misma que para darle una vida digna (Tiene unos 8 años, está un poco coja y nunca ha tenido un hogar). Creo que en realidad lo he hecho para tener una preocupación extra. Algunos humanos necesitamos responsabilidades para castigarnos de una forma sibilina. Practicamos un sadismo refinadísimo y cuando está a nuestro alcance la comodidad, hacemos saltar el firmamento por los aires para que las estrellas nos salpiquen encima.

Me han hecho un encargo tan insólito como complaciente: Escribir una película.
Compruebo que no hay nada más pretencioso que querer contar algo único.
...Y sin embargo, qué difícil es dar voz a quien se le desmorona su vida pequeña, cuánta grandeza hay en ese frutero que día a día es protagonista en la misma mesa.

La vida, arrolladora y feroz, todo puede.

La peor noche del coronavirus apenas podía respirar. Creí que no llegaría al día siguiente, porque no podía ni llegar a la puerta.
No sé el mundo que se nos viene encima. A lo mejor nos toca apadrinar un influencer, quedar a beber en las rotondas, vestirnos a diario de Crossfit o cuadrarnos ante el puto "Resistiré". Supongo que harán lo imposible por perpetuar el sinsentido en el que vivíamos antes. Y lo aceptaremos, claro.
Todo me parecerá diminuto y absurdo, creo.
No estoy segura de cómo será el nuevo mundo.

Cuando esto acabe, me quiero enamorar.



Lo dice Diana Aller


viernes, 13 de marzo de 2020

COSAS QUE ESTOY HACIENDO ENCERRADA -CREO QUE- CON CORONAVIRUS


*Llevo encerrada en casa 3 días. Desde el lunes con síntomas de Coronavirus. Me he hartado de llamar al teléfono habilitado para ello. He contactado hasta en 3 ocasiones. Me dicen que ya me llamarán. En mi seguro,  lo mismo. No me hacen la prueba porque no estoy grave y el sistema está colapsado. Hoy me han dado baja laboral oficial desde mi Centro de Salud con atención telefónica de mi médico de cabecera. Estoy bien. Enferma, pero bien.




COSAS QUE ESTOY HACIENDO:

- Ponerme las bragas más horrorosas que tengo.
- Aspirar ventolín como si fueran porros.
- Agradecer con fervor beato el urbanismo clásico de Chamberí con terraza transitable en la vivienda.


- Planear una nueva vida, donde el trabajo será sólo un medio y los abrazos el gesto de la victoria.
- Madrugar, comer a sus horas, trabajar, ducharme, establecer rutinas para no enloquecer.
- Enloquecer.
- Racionar el papel higiénico como si fuera una reliquia románica a punto de extinguirse.
- Odiar a los seres queridos que me dicen que vaya al médico. Sé que tienen buena intención, pero ahora mismo soy un arma, una katana, un fusil de asalto... Tengo que ser responsable y mirar por los demás.
- Tomarme la temperatura compulsivamente.


- Todavía no he echado mano de Netflix, ni de porno, ni de cine... Porque estoy sin fuerzas, pero todo llegará.
- Tener conversaciones profundas con dos adolescentes de los que aprendo mucho y que ¡oh, casualidad! son hijos míos y están confinados en esta locura y lo llevan mucho mejor que yo.
- Pergeñar una fiesta, un festival, una vida entera de celebración del fin del Coronavirus.


- Listados de cosas por hacer que no tengo fuerzas para hacer: aprender a cocinar, escribir, limpiar a fondo la casa, hacer fotos que sólo me parezcan creativas a mí, hacer esquejes y cosas de esas que postergo habitualmente y ahora más porque estoy pocha...
- Buscar predicciones de Nostradamus que cuadren con esto; líneas de negocio durante el encierro y empresas que lo peten en un futuro no muy lejano: Expendedores de jabón desinfectante que serán obligatorios, gafas molonas con sensibilidad térmica...


- Creerme que vivo en una película de zombies.
- Acompañar de pan tostado cada plato y cada comida.
- Mirar instagram para olvidarme del tema, por supuesto, sin conseguirlo.
- Comprobar que tengo menos paciencia de lo que creo.


- Reírme mucho cada vez que me acuerdo de lo primero que me han dicho mis hijos al despertar hoy: "¿Cómo está un mago cuando come mucho? Magordito". (¿Soy simple? SÍ)
- Quedarme sin aire cada vez que digo una subordinada. Estoy aprendiendo a hablar telegráficamente.
- Llorar sin saber por qué.
- Llorar sabiendo por qué.


- Leer lomos de libros y no decidirme por ninguno.
- Hacer recuento de cuánta gente he tocado, abrazado, con cuanta gente he compartido espacio vital, bebida, besos, comida en las últimas dos semanas.
- Darme cuenta de lo sociable que soy, de la cantidad de cosas que toco y de los trayectos que hago.
- Cuidar a mi madre desde la distancia.

- Sentirme cuidada.
- Escribir "¿Qué tal te encuentras"? a mis últimas citas Tinder.
- Leer bulos, memes e información veraz sobre el monotema con la misma atención, ilusión y receptividad.
- Mirar los mocos cuando me sueno o las deposiciones cuando cago: la vida tranquila y el recogimiento, me lleva a detener mi atención en las pequeñas cosas.


- Toser como si un alien con forma de alpargata seca me poseyera por dentro.
- Acostumbrarme al soniquete de la tv como si fuera un miembro deficiente de mi familia.
- Esperar vanamente a que me llamen para hacerme la prueba y saber a ciencia cierta si es coronavirus o no.

Lo dice Diana Aller

jueves, 20 de febrero de 2020

LA FELICIDAD ERA ESTO

A ver si termina ya esta adolescencia, que me está durando mucho y me resulta difícil compaginarla con las responsabilidades adultas, los quehaceres maternales y el capitalismo lacerante que se empeña en abrirme heridas que cada vez cicatrizan peor.

Padezco el mismo mal que todos los autónomos como yo; la misma invisibilidad de las mujeres adultas como yo; la misma precariedad que los trabajadores que para ganar el mismo sueldo tenemos que duplicar o triplicar trabajos; el mismo silencio de las familias monoparentales como la mía cuando llego a casa y a nadie le importa cómo me ha ido el día. Carezco de horas del todo libres como todos los damnificados de la democracia y mi futuro se apellida incertidumbre, como el de absolutamente el resto del mundo.

Pero tengo energía juvenil, amigos dispuestos a intercambiar cuidados, conversaciones y risas, una casa preciosa a la que solo voy a pernoctar y ganas de hacer cosas por el placer de hacerlas.

Y soy obscenamente feliz.

Próximamente voy a estar en estos sitios, por si quieren que les contagie alegría o simplemente brindar por el futuro esperanzado (o darles los 5€ que a algunos de ustedes les debo):



*Este sábado 22 de febrero pondré cantaditas punkarras, power pop y rock radikal vasco en el Weirdo a partir de las 23.00 o por ahí. (C/2 deMayo nº6, Madrid)

*El sábado 7 de marzo creo que estaré en Pamplona, en un sitio muy guay donde se come, se bebe, se escucha música y todo muy bien, que se llama La Urbana.

*El viernes 13 de marzo me honra pinchar en el Madrid Popfest (Sala Galileo Galilei) que tiene un cartelón de llorar Depardieu. 



*El viernes 20 de marzo hay concierto de La Furia en el Sol y va a actuar también Virginia Rodrigo y va a tener colaboraciones chachis y yo voy a estar ahí, aunque no sé muy bien haciendo el qué…

*El sábado 28 de marzo se celebra el 28 aniversario del Moby Dick club con actuaciones de Belenciana, y Puto Chino Maricón, y las simpáticas canciones de Monsieur Blaya y las mías. Yo si no fuera yo, también iría.




Lo dice Diana Aller

domingo, 9 de febrero de 2020

AÚN ESTÁ USTED A TIEMPO DE PREPARAR ALGO GUAY POR SAN VALENTÍN


Que sí, que el día de los enamorados lo inventó el Corte Inglés y sus sucedáneos foráneos. Que el amor romántico perpetúa violencias y desigualdades. Que la noción de amor heteronormativo que hemos heredado de las comedias románticas apesta…
Vale, todo ok. 

Pero si algo nos gusta en la vida es una celebración y si es el amor, pues miren ustedes qué bien y qué positivo. Está muy bien cuestionar todo, pero está mejor si después nos quedamos con lo bueno y desechamos lo que nos amarga.

Y yo pienso celebrar San Valentín con mi pareja, a la que adoro, con la que me he prometido amor, respeto y perdón (y casualmente soy yo misma). Y también con mis hijos, con mis amigas y con quien quiero. Y eso que yo, como Naty Abascal, quiero a todo el mundo. 

Si usted va a celebrarlo de algún modo -honestamente, me parece una ordinariez dejar pasar la ocasión sin hacer nada- aquí van algunas ideas, no todas con coste económico.
¡A celebrar se ha dicho! 

1- Si tiene la suerte de tener en su localidad un supermercado Lidl, puede comprar un surtido de chocolatinas fake que imitan los Twix, Mars o Bounty. Puede ponerlos en un platito mono y hacer del postre una celebración calórica que pa qué.


2- Si lo quiere celebrar con su pareja (lo menos importante de San Valentín es la relación con quienes se celebra, no se deje engañar: puede ser su vecina o su fontanero) y además convive con ella, pruebe a esconderle el móvil en un lugar donde no lo pueda oír. Pasará media hora de angustia y terror. ¡Pero ya verá que alegría cuando se lo devuelva! Se le va a ir toda la preocupación de golpe.

3- Si hace buen día, puede comprarse unas pipas Tijuana -que yo creo que tienen heroína, porque enganchan rapidísimo y no hay forma de dejarlo- y sentarse en un lugar público a mirar parejas y calcular cuánto tiempo les queda juntos. Le recomiendo una fanta de limón para contrarrestar el efecto “lengua de alpargata” que dejan las pipas.

4- Puede pasar 5 horas en la web de Renfe intentando pillar unos billetes de avlo para dentro de unos meses cuando ni se acuerde. Igual en lugar de 5 horas, son 27, pero ¿Y la ilusión que le va a hacer en septiembre de 2020 ir de viaje a un sitio sólo porque salía barato el tren?

5- En los primeros dosmiles se decía todo el rato que el desayuno era la comida más importante del día. También se decía que el agujero de ozono era el problema más urgente y que los pantalones de cintura alta sentaban mal… y miren cómo anda la cosa hoy. Total, que para dar una sorpresita a su jefa, a un compañero de trabajo, al cuñado joven o a la suegra de pelo ahuecado de secador, o por supuesto a su pareja, puede contratar un desayuno a domicilio para el mismo viernes 14. En Groupon hay infinidad de ofertas y comer siempre es bonito.

6- Regalo práctico para gente despistada, narcotraficantes, prófugos de la justicia, festivaleros o gente que antepone riñonera al bolso o a la totebag: móvil analógico, pequeño y muy difícil de rastrear. Mis hijos tienen uno y es una monería.


7- Creo que hay en esas tiendas que parecen la entrada al averno que se llaman ALE-HOP y tienen una vaca (¿Por qué tanta sinrazón?) en la puerta: Duchas con cambio de color. Yo tuve una y meterse bajo el agua era como estar en una discoteca desnuda y mojada. Una cosa muy loca, y no muy cara.

8- Yo pensaba que era una exageración, que había más leyenda que realidad en los efectos de la cosmética coreana. Pero mi buena amiga A. me trajo un montón de cremas y mascarillas y desde entonces conjugo el efecto de persona centrada en la vida, el de recién follada con brío y el de mujer que sabe lo que quiere en la vida. Todo esto se ve en el cutis y el cabello desde el primer uso. Lo juro por mi llavero de la Expo 92. Regalar cosmética coreana es dar amor.


9- Llame a su compañía telefónica y amenace con marcharse. Busque un motivo y enróquese hasta que le ofrezcan regalos a cambio de la permanencia. Es el mejor regalo que puede hacer a su pareja más estable: usted mismx. Yo me he regalado así, gratis, un nuevo terminal y un google nest mini, que es un altavoz inteligente para que tengan más controlados todavía mis hábitos, mis datos y mis horarios.

10- Existen innumerables webs que gestionan el poner nombre a una estrella. Es algo muy bonito y muy romántico, pensar que en el firmamento hay una luz viajando de algo que se extinguió hace miles de años. De hecho yo lo hice hace un tiempo para alguien… Sin embargo, se ve que es un poco timo. Pero también lo puede hacer gratis. El efecto va a ser el mismo. Mire en la profundidad de la noche al cielo despejado (es menester que esté sin contaminar). Respire hondo mirando a un punto fijo, da igual si es de oscuridad o luz: Ahí, justo ahí, tiene que haber algo en la infinitud del cosmos. Póngale el nombre de quien quiere: su gata, su bebé recién nacido, su primer amor o esa persona que conoció el jueves pasado. Ya está. Y cero euros, que no es cuestión baladí.

11- Si no se le da bien regalar y quiere tener un detalle con su pareja, le puede dar 5 euros y que se compre lo que quiera.

12-  Si quiere demostrar su amor a alguien mayor de 45, regale un precioso pack de manta eléctrica, gafas de presbicia y parches antiojeras. El mejor regalo es el regalo útil, y esto la gente de edad lo valoramos.

13- Un regalo útil y asqueroso, pero que me causa mucha curiosidad es un aspirador de granos. así, tal cual: aspirador de granos. Si lo pide ya mismo, le llega para el 14 de febrero.


14- Pase un rato con alguien que tiene un poquito olvidado. Preferiblemente si hay diferencia de edad. Un rato corto. En un primer momento le puede dar pereza, pero luego va a agradecer ese ratejo.

15- Yo he amadrinado un burrito que se llama León y es de una raza enana. Es ancianito y vive con otros burros en un pueblo de Málaga. Tengo intención de ir a verlo en cuanto pueda (ahora mismo el centro no recibe visitas). Es un regalo bonito que puede hacer a alguien: amadrinar en su nombre desde 5 euros al mes. 

16- Con tantas apps hemos perdido capacidad de atención y de compartir tiempo en el mundo real. Una cosa bien bonita para estos días todavía invernales es comprar un puzzle de 5000 piezas en Wallapop (o donde a usted le plazca) y hacerlo en compañía. Las tertulias se suceden mientras buscamos dónde encaja cada pieza. Es un planazo increíble, a la altura del dragón Khan (aunque más tranquilo), de una degustación rica y gratuita en el súper o de el olor a leña por la tarde.


17- Una actividad básica, divertida, perfecta para una celebración en pareja o incluso en grupo -y además gratuita- es un encuentro sexual. Llámenme básica, pero a mí follar me parece un plan muy adecuado.


18- Todavía hay quien no se lo ha leído: La colección completa de libros de Harry Potter.

19- Hay un objeto que yo recomiendo a todo el mundo, pero más a quien es responsable de la crianza de niños y/o viaja: Un foulard rectangular que pueda servir de mantel, de bufanda, de hatillo para cargar cosas, de servilleta familiar/pañuelo de emergencia, sábana, almohada o porteador de bebés. 


20- Son moda, pero ante todo son practicidad: Una riñonera. Las hay preciosas como las de Jarapa Jarapa y las hay espantosas.


Lo dice Diana Aller

miércoles, 22 de enero de 2020

DINERO



No estoy borracha pero igual debería estarlo. Borracha, insomne, drogada, yo qué sé. Pero siento esa lucidez refulgente como de estrés pre traumático; como si se avecinaran tormentas emocionales. Nos han engañado. Con el amor, con la familia. Con el dinero sobre todo. Tenemos una relación turbia, manchada de sangre, voraz. Todos somos unos putos interesados con el dinero. Más, menos, a ratos, por etapas… pero todos. Es la relación más absurda, la pareja más sórdida. Nunca nos satisface y además nos hace dependientes. Como si fuéramos yonkis cántabros de los 80, como si no conociéramos el significado bonito del verbo “querer”. Nos creemos emancipados, libres, espontáneos. Y bailamos al son que nos marcan los yenes, los dólares, los putos euros. Una casa, y que sea grande; un coche imposible; hay que pagar la luz, el móvil, ropa de Mango que no necesito, una fregona, fondo común para el regalo de cumpleaños de alguien a quien preferiríamos hacer un dibujo naranja y rosa; copas que no sé ni lo que cuestan y pago con el móvil a las 3.37 de la mañana; tres taxis en dos días. Casi 22 euros en Día% que ahora que lo pienso ya no se llama “Autoservicio Descuento”, debe ser porque ahora son como los Carrefour que crecen como amapolas y compiten en horarios y precariedad con los bazares chinos. El dinero es lo que nos define y lo que nos separa. Gasto, ahorro, caro, billete, sueldo, consumo, monedas. Pensiones, paro, finiquito prorrateo, rebajas, inflación, comercio. Dinero. Nos han metido tantas mierdas en la cabeza que no sabemos distinguir entre lo que es verdad y lo que es inventado: hay que ahorrar, hay que consumir, hay que trabajar. Menos es más ¿Desde cuándo? Menos es menos y más es más. Que sí, que está muy bien la mentalidad cristiana de la austeridad. Que la izquierda dice que los ricos son malos. Se deben creer que los pobres han salido de una novela de Dickens y son todos buenos. Pues no. Tías, que no os engañen: el amor no son cuidados gratuitos a los demás. El amor es que te sorprendan con una ensaladilla rusa y tres croquetas cuando no lo esperas. Que te dejen con los ojos en blanco segundo y medio. Quien bien te quiere, te hará descojonarte viva. El dinero no es un valor, no es una moneda. No nos engañéis: Queremos dinero, trabajo nos sobra. Yo soy yo y mi dinero y el tuyo ni me impresiona ni me compra. El dinero no te hace feliz, pero su ausencia te hace desgraciado. El dinero es tóxico, es la droga más chunga que existe. Me quiero meter todo el dinero del mundo. Quiero pasar el mono metiéndome más. Quiero ser una mendiga millonaria para reírme de todos los pobres con ropa de marca. El dinero todo lo puede. El dinero nos pertenece y nos lo están robando. Nos tienen anestesiados gastando para enriquecerse a nuestra costa. Cada vez hay mayor número de pobres para que los ricos vayan acumulando cada vez más. Y todos asintiendo mirando una pantalla, dopados de narcisismo. No es política; ni siquiera es justicia. Es una locura muy gorda; civilizaciones y civilizaciones matándose y sobreponiéndose al vil metal… A los humanos se nos fue estrepitosamente la olla hace demasiado. Heredamos una deuda y adoración al dinero imposible de medir, imposible de despegarnos. No estoy borracha, pero debería.



Lo dice Diana Aller

lunes, 20 de enero de 2020

22 USOS DEL BICARBONATO



Como sé que ustedes son de intereses amplios como los océanos, aquí he glosado una información muy útil sobre el bicarbonato de sodio, una cosa fantastiquísima:

1.Se puede usar como levadura de bollería. Quede claro que esto no es una metáfora de nada. Es tal cual: hace que los bizcochos tengan más aire y sean más esponjosos que con la levadura tradicional.
2.Suaviza la piel de las manos. Mezcle 3/4 de bicarbonato de sodio y 1/4 de agua. Aplique la pasta sobre sus manos y enjuague. Conseguirá unas manos de geisha en tiempo record.
3. Puede tangar a sus clientes si usted se dedica a traficar con cosas. Cualquier mercancía cortada con bicarbonato, queda bien. 
4. Sus propiedades alcalinas se usan para afecciones como la acidosis metabólica (enfermedad en la que el cuerpo produce demasiado ácido, normalmente porque los riñones no funcionan como es debido).
5. Fungicida para plantas: Diluido en agua y aplicado  a los rosales, sirve para combatir las manchas negras de hongos, o en árboles o plantas frutales cuando éstas comienzan a aparecer.
6.Prepara la piel para un coito agradable o alivia el cansancio tras una caminata, una noche de juerga o un peregrinar cristiano: Basta llenar la bañera de agua calentita y echar media taza de bicarbonato. Esto neutralizará los ácidos de la piel, aliviando dolores, comezones y toxinas. Si encima se echa media taza de vinagre, la piel queda suave y relajadita, perfecta para ser mancillada como le guste a usted. 


7.Es un exfoliante maravilloso para cara y cuerpo. Se mezclan 3/4 de bicarbonato y 1/4 de agua ¡y a frotar como una posesa con movimientos circulares!
8. Un problema muy común que va a ayudar a mucha gente: Para eliminar el césped salvaje, se pone una capa gruesa de bicarbonato en la hierba a eliminar y en unos 2 o 3 días el césped debería comenzar a morir.
9. Para eliminar la acidez estomacal. Bicarbonato en vaso de agua natural. Se bebe y solucionado. 
10. Quita los malos olores al calzado. Basta con espolvorear una o dos cucharadas en los zapatos mientras no se usen y se remueve el bicarbonato antes de usarlos.
11. Contra los parásitos de plantas y arbustos. Se diluye una cucharada grande en un litro de agua y se pulveriza o espolvorea un poco sobre la superficie del sustrato. Y ya.
12. ¿Qué no hay desodorante a mano? Pues aquí está el bicarbonato, mucho más barato, inodoro y muy eco. Se mezcla una pizca de bicarbonato de sodio con gotitas de agua y se aplica directamente en las axilas y todo perfecto para prevenir el olor cebollino durante una jornada (o una noche) enterita. 


13.Reduce la sensación de cansancio en los pies. Sumerja sus pies en un recipiente con agua tibia y tres cucharadas de bicarbonato de sodio. Frote y deja reposar durante unos minutos. Agregue unas gotas de aceite esencial de lavanda y ya casi volará. 
14.Alivia las picaduras de insectos. Se hace una pasta con un poco de bicarbonato y agua y se pone sobre la picadura. Esto ayudará a aliviar el picor. 
15.En los frigoríficos de Erasmus, estudiantes y gente despreocupada en general, se acaban mezclando olores no muy agradables, máxime si la nevera no se limpia. Una tacita con bicarbonato discreta en un rinconcito, y arreglado.
16.Como dieta temporal de adelgazamiento: Conste que estoy en contra del concepto “dieta para adelgazar”, por mil cosas, pero sobre todo por su inutilidad. El caso es que dicen que preparando cada mañana, en ayunas, un vaso de agua con una cucharada de bicarbonato y el jugo de medio limón, ayuda a alcalinizarnos: El bicarbonato tiene un pH muy alto. Dado que nuestro cuerpo tiene un pH natural de 7,4, se le puede considerar básico, y por ello los alimentos con pH altos lo alterarán menos. 


17. Fortalece las plantas. Consigue unas fotosíntesis que da gloria verlas (y por tanto fortalece la planta y favorece que crezcan más hojas). Primero hay que probar en las hojas, porque a algunas plantas no les sienta muy bien la cosa. Hay que hacer una mezcla con un poco de bicarbonato con vinagre. Si en 24 horas la planta se ve bien, ¡a seguir con el proceso!
18. Para evitar cesáreas.
19. Para alejar hormigas, conejos o cucarachas de un terreno, basta con esparcir un poco de bicarbonato en la tierra del jardín: ya no se acercarán ¡jamás!. Bueno, en un tiempo.
20. Limpia los suelos como nadie. Se elimina la suciedad sin dejar rayones con media taza de bicarbonato disuelto en agua tibia en el cubo de fregar.
21.Deja la ropa, peluches y alfombras como nuevos –sin manchas ni malos olores–. Para la ropa, hay que agregar media taza de bicarbonato de sodio al jabón líquido; para los peluches (qué depresión tan sórdida, lavar un peluche), espolvorearlos con bicarbonato y dejar reposar 15 minutos, retirar después el bicarbonato con un cepillo y listo; y para las alfombras, hay que espolvorear toda la superficie y dejar reposar durante la noche, luego se barre la mayor cantidad posible y se aspira el resto. 
22.Como pasta de dientes barata y además más blanquean que cualquiera del mercado.


Lo dice Diana Aller

viernes, 17 de enero de 2020

JUNG Y LA SINCRONICIDAD


Carl Gustav Jung nació el 26 de julio de 1875 en Kessewil, que tiene nombre como de queso y es una pequeña localidad de Suiza muy pintoresca. Su padre, Paul Jung, fue un clérigo rural y poco ha trascendido de su madre fue Emilie Preiswerk Jung. La familia, de educación exquisita, contaba también con varios personajes clérigos y excéntricos.

Con sólo 6 años, el padre inició a Carl en el latín, lo que le sirvió para cultivar el interés por el lenguaje y la literatura antigua. Además de leer la mayoría de las lenguas modernas del occidente europeo, Jung también leía lenguas antiguas como el sánscrito. Era un chico solitario en su adolescencia, no le importaba mucho el colegio y no soportaba la competición. Normal: teniendo lenguas muertas para entretenerse ¿Quién quiere amigos? Pero claro, cuando se matriculó en un internado de Basel, Suiza, se encontró frontalmente con los celos de sus compañeros. Así que empezó a utilizar la enfermedad como excusa, desarrollando y puliendo una inmejorable técnica para desmayarse cuando estaba sometido a presión. Aunque su primera elección de carrera fue la arqueología, finalmente se decidió por la medicina en la Universidad de Basel. Allí conoció al neurólogo Kraft-Ebing, y llegó a trabajar para él. Gracias a su influencia, estudió psiquiatría. Poco después de su licenciatura, se estableció en el Hospital Mental de Burghoeltzli en Zurich bajo la tutela de Eugene Bleuler, padre y en la fecha, conocedor más importante de la esquizofrenia. En 1903, se casa con Emma Rauschenbach. También daba clases en la Universidad de Zurich y mantenía una consulta privada.  Como tantos varones todavía, tenía la suerte de no tener que preparar la cena, fregar los platos o el baño, así que aprovechaba fetén su tiempo, teniendo a una mujer que le hacía el trabajo sucio y además gratis. 


Este alivio intelectual de poder dedicar todo el día a pensar sus cosillas le sirvió para esbozar una teoría sencilla sobre la asociación de palabras. en estas estaba, cuando empezó a leer a Freud, el influencer del momento. Se hizo follower y no paró hasta conocerlo (Viena, 1907). El flechazo fue tan jevi entre ambos, que Segismundo Freud canceló todas sus citas del día, para continuar una conversación que duraría 13 horas continuas. ¡Así fue el crush intelectual de estos dos!
El idilio duró un tiempo, pero Jung era más despegado y con personalidad más fuerte. Freud se pilló mucho más por Carlos Gustavo y se dejó influir a lo loco. 
La teoría freudiana, sin embargo, no llegó a satisfacer del todo a Jung jamás, así que la relación empezó a enfriarse en 1909, durante un viaje a América. Se dedicaban a analizarse los sueños de cada uno, medio jugando, medio en serio hasta que Freud, en un arranque de chulería, se negó a creer las explicaciones de Jung. Entonces, Freud le dijo que debían parar, porque, como buen macho, sentía temor a perder su autoridad. Evidentemente, Jung se sintió insultado. Dejaron de ser amiguis. 


Entonces, más o menos por 1913 (cuando Jung tiene 38 años) y tras una carta de despedida de Freud, Jung tiene una virulenta crisis vital. Como no era una madre soltera, ni una camarera de piso de Estepona, ni una pensionista enferma, este episodio lo vive (y se sigue viendo hoy) como una enfermedad creativa, propia del malditismo de los genios. Esta crisis narcisista y trascendental coincide con un reconocimiento social, una buena posición, una mujer abnegada que le apoya, respeta y defiende y una mansión en la que recluirse…
Pero lejos de entrar en la espiral autocompasiva de los de su ralea, Jung se lo curró un poquito más y decidió explorar sus propios males desde dentro. En lugar de diagnosticarse nada, se inducía a sí mismo su propios demonios.


Durante unos 15 años se dedicó a dejar salir cositas del inconsciente, tratando de darles un hilo argumental. Se dedicó a tomar notas de todo, que terminó recogiendo en el llamado “Libro rojo” (porque literalmente era un libro de piel color rojo).  

Después de la Primera Guerra Mundial y de sus locuritas, Carlos Gustavo Jung se dedicó a viajar por tribus de Africa y poblaciones de América y la India y de todo. Se jubiló en 1946, retrayéndose de la vida pública a partir de este momento hasta la muerte de su esposa en 1955. Él moriría el 6 de junio de 1961 en Zurich. 


El Libro Rojo, en el que Jung indujo activamente sus alucinaciones es un libro raro, a caballo entre consciente e inconsciente, pero sobre todo, es un documento valiente. La mayoría de la gente, en cuanto tenemos un problema, aunque sea simplemente un mal pensamiento, tratamos de aniquilarlo. Miramos para otro lado o si no queda otra, lo afrontamos como nos han domesticado para hacerlo, desde el raciocinio. Lo que hizo Carlos Gustavo fue ahondar en ello y trabajarlo, tomando notas -y dibujos- de sus propios demonios. Sus trastornos, muy posiblemente parecidos a los nuestros, fueron inducidos, explorados y estudiados con sádico deleite hasta llegar a desarrollar lo que llamó “Metonoia”, una suerte de mecanismo de autoreforma espontanea de la mente como método de curación y que justificaba la existencia de la psicosis. 
Pese a que estaba convencido de la valía de su epopeya y autoexamen íntimo, decidió no publicar El Libro Rojo y la familia respetó esta voluntad durante años… Hasta que en 2009 al fin se publicó por Sonu Shamdasani. 


¿Por qué cuento todo esto? No lo sé.
El caso es que estoy tomando una medicación fuerte. En realidad no es fuerte, soy yo la floja. Bueno da igual. Y como siempre estoy muy arriba, se me hace raro cuando no es así. Y como llevo ya años con esto de la espiritualidad, me he dado cuenta de que sacar partido a esta situación es muy Jungiano. Y estoy haciendo lo que me ha enseñado F a hacer: forzar la máquina, ver cómo y dónde puedo caminar con mis miserias. (Bueno, F lo hace con sus resacas, que las goza para bien y mal como Jung sus crisis).


El Libro Rojo está lleno de visiones tan ricas y llenas de información que sirvieron para que Jung cartografiara sus propios métodos -mentales- no para sanar, sino para seguir induciéndose su propia inestabilidad. Y demasiadas veces vemos -en los demás siempre, por supuesto, nunca en nosotros mismos- que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida.

Si alguien que lea esto ha estudiado o leído Un Curso de Milagros, sabrá que el destino nos enfrenta una y otra vez a los mismos “errores”, cada vez en mayor escala, para que de una vez por todas los traspasemos. El ejemplo más claro suele ser el de la pareja, el espejo más evidente de la vida: Una y otra vez tropezamos con la misma piedra. No estoy llamando piedra a nadie; me refiero a que reproducimos los mismos problemas una y otra vez con cada una de nuestras parejas. Y hasta que no atravesamos esa “psicosis” particular, se nos repetirá el patrón una y otra vez y encima, cada vez más fuerte.

Pues esto mismo es lo que explicaba Jung. Él venía a decir que los hechos negativos, desgraciados o incluso agónicos fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario, para poder aprender el mensaje del drama sucedido. De ahí la máxima que una vez que pillamos, ya tenemos el sentido de la vida en nuestras manos: Lo que se niega somete, lo que se acepta transforma.
Decía Jung y dice UCDM, que quien no haya pasado a través del infierno de sus pasiones, no las ha superado nunca.


Pero en realidad, yo y el efecto de mi medicación, queríamos hablar de la Sincronicidad, tal y como adelanté hace unas cuantas entradas.
Y es precisamente la Sincronicidad el punto de partida para todos estos pensamientos en los márgenes de la filosofía y la magia:
La Sincronicidad, dicho finamente sería la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera no causal, que no se puede explicar pero que tiene cierto sentido para la persona que los observa. Dicho de forma coloquial: Usted piensa en una persona que hace 6 años y medio que no ve, y a continuación aparece cruzando la esquina.
Jung llegó a la conclusión de que hay una íntima conexión entre el individuo y su entorno, y en determinados momentos ejerce una atracción que acaba creando circunstancias coincidentes, teniendo un valor específico para las personas que la viven, un significado simbólico o siendo una manifestación externa del inconsciente colectivo. Solemos achacar estas cosas a la casualidad, al azar, la suerte o incluso a la magia, según nuestras creencias. Pero lo que viene a explicar Jung -esa persona que se pasó induciéndose visiones malrolleras casi 16 años- es que la sincronicidad nos representaría en el plano físico la idea o solución que se esconde en nuestra mente, maquillada de sorpresa y coincidencia, para así ponernos fácil llegar a ella.


Otra cosa es que no queramos interpretar esas señales, empeñados como estamos en trazar un camino propio, que en realidad son “resistencias”. UCDM ahonda muy bien en esta idea: La realidad (o el destino, o Dios, o lo que crea usted que es el principio de la existencia) dispone un camino perfecto y unificado con el el resto de seres y cosas. Nos bastaría ver, escuchar y seguir todo cuanto se nos ofrece. Atender a esas señales y fluir con ellas. (Da vértigo al principio, pero, sin racionalidad mediante, sorprende lo bien que funciona) Sin embargo vivimos empeñados en resistirnos a ese plan divino que el destino nos reserva en su infinita perfección. Y nos volvemos a enfrentar a los mismos problemas una y otra vez, y la vida nos los muestra de una forma más potente en cada caso. 
La crítica a Jung, es la misma que se hace a UCDM y a la mecánica cuántica: Al no someterse al estricto dictado de la lógica, no es demostrable, ergo no funciona. Los resultados, en mayor o menor medida, nos dicen lo contrario. Todos vivimos varias experiencias sincrónicas al día, aunque la mayoría las pasamos por alto. Si tuviéramos un cuaderno rojo y la vida resuelta, es muy probable que encontráramos un sentido vivencial único a cada uno de nuestros días. 


¿No le pasa a usted algo que le hace pensar “es imposible que esto sea una simple coincidencia”?. Es como si el universo nos estuviera guiñando un ojo, como si, de pronto, se alzara ante nosotros una respuesta que a su vez conlleva otra pregunta. Jung no llegó él solito a su explicación del fenómeno, sino que tuvo largas conversaciones sobre ello con Albert Einstein y con el físico Wolfgang Pauli, en las que exploró la relación entre la sincronicidad y algunos aspectos de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. (Es evidente que tenían el bien más preciado, el que endémicamente nos falta hoy: el tiempo). Carlos Gustavo Jung tenía la intuición de que la vida estaba guiada por un orden profundo (al que llamó unus mundus) y que las personas debían llegar a comprender su lugar en ese orden.
La sincronicidad nos exige, además, poder ver patrones no causales sino de significado. La pregunta es: ¿yo les estoy dando significado o hay un significado intrínseco que está emergiendo de esa experiencia? Imposible saberlo, claro. Es lo que tiene trabajar fuera del método científico. 

Las teorías espirituales de UCDM (ya hay varias escuelas y corrientes dentro del movimiento) vienen a decir que una experiencia sincrónica suele venir a nuestras vidas cuando menos lo esperamos, pero en el momento exacto, cambiando en ocasiones la dirección de nuestro camino e influyendo en nuestros pensamientos. Si no estamos receptivos, no sabremos utilizar esa experiencia. De ahí las “resistencias”, los autoboicots que nos infringimos sin saber. Nos empeñamos en dedicarnos a una cosa, o tener un determinado tipo de pareja… En lugar de escuchar al universo, que tiene para nosotros la mejor de las opciones para nuestra plenitud vital. 

Esta intuición llevada a máximos frente a la razón, llega a su máxima expresión por ejemplo en las tiradas de Tarot o tantas otras artes adivinatorias, que no son tal, son más bien una interpretación racional para dar sentido artificialmente a lo meramente fortuito. Mis amigas ZAS! andan ahora escuchando con atención científica a la baraja gitana, una maravilla de conexión racional con nuestro destino. Y no se me ha ido la olla, no creo que el futuro dependa de un dibujo en una carta… Pero estoy firmemente convencida de que el inconsciente crea una comunicación entre la realidad y una representación cualquiera. La atención que consigue por ejemplo el tarot gitano, es una forma salubre de dejarnos fluir, estar abiertas a la posibilidad y forzar una sincronicidad que nos sirva de guía.

En lugar dude empeñarnos en doblegar la realidad, nos situamos en un lugar de escucha, de apertura y dejamos fluir el destino, o al menos, nos abrimos a la posibilidad de la Sincronicidad. 


Vivimos constreñidos a una realidad artificial, ya lo sabemos. Pasamos horas y horas interactuando con nuestro mundo exterior de ruido, exigencias, personas, situaciones con las que “tenemos que tragar” sin posibilidad de guiarnos por nuestro libre albedrío. (Porque terminaríamos cometiendo delitos muy feos, ya se lo digo yo) Si no cultivamos un espacio íntimo de contemplación y escucha, acabamos con taritas muy desagradables: estrés, mindfullnes, diazepam, cocaína, Netflix… Necesitamos “soltar” por algún lado y lo hacemos de forma culposa y compulsiva.  Todos deberíamos hacer como Jung y permitirnos "perder el tiempo", escribiendo/dibujando nuestros pensamientos y dejándonos devorar por ellos para ver hasta dónde nos llevan. Al cultivar nuestra creatividad no podemos inventar algo "de la nada", por eso la imaginación puede ser una poderosa fuente de información. Esta misteriosa facultad que nos permite ver imágenes que están fuera del alcance de nuestros ojos (existan o no en el "mundo real") es un puente privilegiado a nuestro inconsciente, así como al inconsciente colectivo (muy Jungiano también). Y todas las teorías esbozadas aquí vienen a exhortarnos a soltar un poquito el control: dejarnos llevar y escuchar al universo. 


Si usted ha leído hasta aquí, enhorabuena, póngase en contacto conmigo y le doy 5 euros por la molestia. Pero sobre todo, si le recetan algo para vértigos y náuseas, cerciórese de que no le afectan demasiado, porque corre usted el riesgo de pasar el tiempo pensando y escribiendo cosas que a priori no tienen utilidad ninguna. Y eso, ya lo sabe, está mal visto. No hay peor afrenta al sistema que hacer algo que no produzca rédito alguno. Le voy a pedir al universo más abundancia todavía, porque intuyo, que aun puedo arañar más. Gracias por estar, por leer, por ser. (Y atentx a la sincronicidad, ¡está por todas partes!)



*Todas las imágenes que ilustran esta entrada son obra de Margaret Keane

Lo dice Diana Aller