lunes, 30 de diciembre de 2019

CUENTO PARA LUCAS

El siguiente texto lo escribí en el verano de 2018, durante el trayecto de Tokyo a Kyoto en un viaje alucinante por Japón con Mateo, su padre David y mi hijo Lucas. Viajábamos los 4 y para quitarme este horrible mono que me atenaza cuando no escribo, inventé esta historia para Lucas (de 12 años recién cumplidos entonces). Se la leí y me dijo que a la primera lectura cuesta entender el final, pero luego estaba bien para una "madre filósofa". (Su hermano y él han adoptado como pasatiempo favorito mofarse de mí y yo hago lo propio con ellos. Todo bien).


He vivido tanto desde que pasó lo de Julia, que me cuesta recordar los detalles. Probablemente, porque yo he decidido borrarlos, como si fuera un nombre escrito en la orilla de la playa. 


En realidad digo "lo de Julia" como si fuera solo un hecho. Aislado y sin sentido. Julia fue mucho más que una anécdota que clavar con chinchetas en mi corcho de cosas para recordar.
Conocí a Julia volviendo del colegio a casa. Primero de vista y luego -no sé a partir de qué momento- intercambiando algún comentario intrascendente. 
Teníamos las dos 8 ó 9 años, así que trascendente no había dado tiempo a vivir gran cosa todavía.
Como ella salía de ballet a la misma hora que yo de clase y su colegio estaba al lado del mío, hacíamos el camino de vuelta siempre juntas. Alguna vez también a la ida, pero eran las menos.


Julia tenía cara de gorda pero era delgada. Era ese tipo de niñas con genética pueblerina, difícil de sacudirse hasta la llegada de la pubertad, que arrasa con los rasgos innobles, y también con la confianza y la despreocupación.
Julia entre una frase y otra pronunciaba una "t" casi imperceptible, dando impulso a su paladar para cebar la historia que se traía entre manos. Eran misterios de sus antepasados y sobre todo quejas por su familia. 
Que nadie le entendía, decía ella. Que sus juegos siniestros no le hacían gracia a su madre, en sus propias palabras siempre "agobiadísima y amargadísima". 
Éramos niñas. No sé podía esperar que los adultos comprendieran el placer de los detalles truculentos, la recreación una y otra vez de las mismas tenebrosas anécdotas.
Me contó cómo vio a su abuelo muerto y juraba que el espíritu se le salía por la boca al abandonar la vida. Decía que era azulado y translúcido, y que se enfrió la habitación entera. 
También que habló con Franco en una oija que hizo con sus primos. Yo apenas sabía quién era Franco, así que esa no fue nunca de mis historias favoritas.
Porque Julia las repetía una y otra vez. A veces las adornaba con detalles visuales o sonoros. Incluso ponía voces graves de ultratumba. O si se acercaba el momento de bifurcar nuestros caminos en la esquina de mi calle, entonces aceleraba el final y perdía en impacto su leyenda. 


De niños el tiempo tiende a infinito y una tarde puede ser una semana y un verano una vida.
Por eso tengo la sensación de que Julia me acompañó casi hasta mi casa durante siglos, pero creo que desde una perspectiva asquerosamente adulta no llegó a un año.
Un año que ahora se escurre, antipático y viscoso entre las manos. Que nos pasa rozando por los lados, como si no quisiera molestar. (Y vaya si lo hace. Cuánto duele ahora la brevedad de un año).
Lo que sí tengo claro es que cubrió dos cursos académicos, porque cada uno cambiaba yo de cartera. Antes de que se llevaran las mochilas tuerce-espaldas o las troleys infantiles, llevábamos carteras coloridas, de Sport Billy o de los osos amorosos o cosas de esas. La mía era roja, con un paisaje indefinido y la de Julia blanca de hipopótamos. El siguiente curso estrené una cartera que llevaba igualmente cruzada con un estampado imposible, ochentero. De esos que provocan epilepsia. Julia tras el verano seguía con su bolsa vieja e infantil de hipopótamos. Deduje que no debía tener mucho dinero porque no había salido de veraneo, mientras que yo estrenaba con el curso mochila y piel bronceada.
Julia contaba sus historias, antecediendo los sustos y finales con una "t" sorda. A veces parecía una señora mayor, una vieja resabiada y harta. Seguro que esos ademanes los aprendía de su madre.

El caso es que me dijo que su familia se iría de allí y que no nos veríamos al día siguiente.
Lo dijo sin darle importancia, como si fuera a pasar unos días al pueblo de donde venían sus facciones de aldeana.
Pero no la vi nunca más y no volvió a hacer ese recorrido conmigo.
La eché de menos sin tristeza adulta y aprendida. Simplemente con curiosidad y aburrimiento. Los trayectos a casa se hacían más pesados y más lentos. Habíamos vivido mucho juntas en realidad.
Le hablé a mí hermana de Julia y me dijo "Si va a ese colegio de imbéciles, te puedes esperar cualquier cosa".



Sí, era el colegio rival, pero Julia era cercana y no me vio (ni yo a ella) nunca como una enemiga.
Pasaron días y semanas, con la lentitud de la infancia soñada, con la espesura densa de crecer por dentro más que porfuera.
A finales de curso (creo recordar que iba con la camisa pero sin el jersey del uniforme) mi madre me mandó a un recado.
Esto también creo que ya no sucede así, pero antes los niños recogíamos los zapatos del zapatero o comprábamos el pan.
Yo en esta ocasión tuve que ir a por fruta, cercando la calle que hacía esquina con la mía.
A lo lejos estaba Julia y le hice un aspaviento. Ella me miraba como si no me conociera.
Saludé con una y otra mano, hasta que me sentí idiota y dudé de estar confundiendo a aquella niña de cara de repostería. 


Me acerqué disimulando y cuando la tenía a tres metros dije "¡Julia, hola, hola de nuevo!" 
Me miró con una nostalgia rara. Supuse que sentía algo de pena. Me saludó al fin y nos paramos a hablar junto a un buzón de correos que el tiempo se tragaría unos años después.
Me preguntó cómo estaba y yo le pregunté por ella. Daban igual las respuestas. Julia parecía obstinada en soltar algo que le acongojaba. 
-No debemos vernos más.
-¿Por qué? -Pregunté yo.
- No debemos. No está bien.

Obviamente, yo no entendía nada. No sabía dónde estaba la ofensa, el error o el problema.
Julia entonces se puso muy seria, como cuando iniciaba una de sus historias siniestras. Después de divagar en torno a la amistad y la soledad, alcanzó a explicar que no se debían tener amigas imaginarias, sobre todo a partir de cierta edad.


Sentí como si no me hablara a mí, como si su voz fuera gaseosa y se evaporara al hablar.
Entonces, de golpe y con angustia -como nos enteramos de las grandes verdades siempre-  caí en la cuenta de que Julia no existía en la realidad. 
Ni ella, ni su madre "agobiadísima y amargadísima". Ni su mundo lóbrego ni su acompañamiento a la salida del colegio.

-Aquí sólo hay una niña hablando sola - me interrumpió Julia cuando mostré incredulidad.
No podía ser. No podía.
¿Julia? ¿Julia la de la cara gorda y cuerpo delgado? ¿La del colegio rival?
Algo parecido a la enfermedad mental irrumpió en mi cerebro. ¡Julia era imaginada! Ni siquiera se podía llamar amiga a eso ¿O sí?
La miré y en efecto me di cuenta de que no era de verdad. Había algo en su palidez azulada que hablaba de mentira e invención. Había mucho de irrealidad en aquella amistad.
¿Por qué me inventaría yo algo así? ¿Qué le faltaba o sobraba a mi vida para tener que tirar de un archivo imaginado?
-Así que amiga imaginaria...- dije con media sonrisa sin dejar de mirarla.
- Eso parece- dijo Julia con ternura en las pupilas.
-Entonces... Esto es una despedida.
-Debería.

Sí, me hacía mayor. Debía renunciar a ver e incluso a sentir realidades que no existían.
-¿Te puedo dar un abrazo, Julia? Un último abrazo...
-Claro, dijo sonriendo plácida.
Nos abrazamos y sentí que en efecto olía a infancia, a colonia de niños, a sudor dulce.
Y entonces sucedió.


Lo más horrible que me ha sucedido en la vida, lo más terrorífico: Al despedirse por fin comprendí todo. Quien soy en realidad y la dimensión de las cosas de verdad.
Me dijo con voz templada:
-Me ha encantado que seas mi amiga imaginaria todas esas tardes, tener a quién contar los secretos y las leyendas que conozco. Pero mi familia está preocupada porque dicen que tengo demasiada imaginación. Tú no existes, yo te he inventado. Sé que no estás aquí, que eres mi amiga imaginaria. Ahora debo dejarte marchar y hacerme mayor. Tengo que madurar.

Julia se dio media vuelta en cámara lenta y fui a la frutería asumiendo que no existo, que nunca he existido, que la amiga imaginaria, era yo.
Desde entonces me llevo apareciendo a unos y a otros. Viviendo en este limbo agobiante. Siendo la amiga imaginaria que desechan los demás cuando se hacen mayores. 


Lo dice Diana Aller

viernes, 27 de diciembre de 2019

¿QUÉ PASÓ CON JOSH?

¿No les pasa a ustedes que en demasiadas ocasiones encuentran mejores los comentarios a un vídeo de Youtube que el propio vídeo?
Éste se ha convertido en uno de mis pasatiempos favoritos en la vida. Me podría pasar días sin alimentarme, ni salir, ni relacionarme con nadie… Sólo leyendo tonterías de desconocidos como estas…



*Este vídeo me lo ha pasado mi hijo Lucas. El vídeo da igual:



*Esto me lo ha pasado mi hijo Polo:


El caso es que casualmente (o no tan casualmente) llegué a un vídeo porno que se llamaba “A Tribute to Josh”. El vídeo pse, o sea, que como siempre, me acabaron interesando más los comentarios.
Los primeros son como muy típicos en estos casos:


Pero luego llega la incertidumbre:

Este es Josh, su prepucio y una señora que le hace cosas:


El caso es que además de leer comentarios de vídeos, hay otra cosa que me flipa en la vida, que son las investigaciones absurdas. (Como esta o esta)
Tal vez sea la impronta de “A los gatos ni tocarlos”, que estoy viendo en Netflix, pero me he puesto a investigar sobre el malogrado Josh…
Existe -ojito aquí- una web que lista los actores porno fenecidos, que da mucha pena mirar. Y rápidamente he buscado a Josh. Hay un Josh actor porno gay, que se podría parecer un poco.

Al parecer Josh Weston murió de complicaciones derivadas del VIH a los 39 años el año pasado. No en un accidente de coche. 
Mirando su cara y su gesto podría ser el joven Josh, pero es más probable que no lo fuera. ¿No?


Llevo mucho tiempo sin escribir aquí, y ahora que entro a hacerlo es para ofrecer una investigación inconclusa. Me he quedado atascada, buscando a Josh y su trágico destino, que igual es cero trágico. Ojalá.

Pues eso, que sigo investigando ésta y mil chorradas. Si alguien me ayuda, lo agradezco.
Incluso pueden venir a comentarme mañana sábado al Maravillas, que pincho en esta fiesta en la que se sorteará un jamón entre los asistentes. Todo ventajas




Lo dice Diana Aller