jueves, 26 de septiembre de 2019

WU ZETIAN: ME COMÉIS EL COÑO TODOS


De historia no sé mucho y temo fuerte meter la pata. Si alguien encuentra erratas o inexactitudes, que me avise, porfa.
Lo que sí es verdad es que me interesan bastantito casos muy puntuales de mujeres que “usurparon” el poder que por razón de su género no les pertenecía. Me gusta, por ejemplo, Hatshepsut, la reina-faraón de la decimoctava dinastía egipcia, la más chachi y locuela. Y Cleopatra, ya en los estertores del imperio y con una leyenda negra detrás que ya quisiera Bukowski o el cantante sin carisma de León Benavente.
Pero no: Hoy vengo aquí a hablar de otra mujer a la que se le echó la historia, el machismo y la leyenda encima, por el simple hecho de ser mujer, de ser fuerte y ostentar poder, lo cual, ya se sabe, es leído en esta y las civilizaciones que nos preceden, como un desacato monumental.
A ver, esta mujer de la que voy a hablar, buena, maja y empática, no sabemos si era. Pero interesante, un rato largo. Sírvase su bebida favorita, un piscolabis de los que molan (pipas Tijuana, aceitunas gordas y grasientas con mucho líquido, Doritos amarillos con queso cheddar derretido…) que la ocasión lo merece.
Vamos con Wu Zetian o Wu Zhao, nacida en el año 625 y futura gobernadora (técnicamente emperatriz) de China. Única emperatriz de China hasta la fecha de hoy.
Wu vivía como cualquier familia pudiente de la época, que tampoco tengo muy claro cómo sería, pero siendo una niña terminó entrando en la corte del emperador como concubina del emperador Taizong (599-649). Les pongo en antecedentes de cómo era el emperador (de verdadero nombre Li Shimin). Li Shimin mató a sus dos hermanos y condujo una insurrección contra su padre en el año 626 para deponerlo y así convertirse en gobernante. Lo típico. Cuando este angelito murió, la concubina Wu “fue heredada” por su hijo, el emperador Gaozong.


Esto para la moral confuciana era fuerte, pero en esa corte de la dinastía Tang (qué rico el Tang tropical, el rojo) pasaban cosas. PASABAN COSAS.  

El emperador Gaozong, tenía una mujer, la emperatriz Wang, que se hizo un poco amigui de Wu. Le pidió ayuda para parar los pies a Xiao, otra concubina que vivía en el harén y que era un poquito trepa. Wu hizo todo lo que estaba en su mano para que Xiao no medrara en la corte. Tan en serio se lo tomó, que terminó alcanzando una situación de privilegio y cercanía con el emperador Gaozong… que, oye, no era mala gente porque no iba matando por ahí tanto como su padre. Un poquito sí. Total, que se hicieron gracia y se casaron. Lógicamente ni a la emperatriz Wang ni a la concubina Xiao les sentó muy bien esto. Y probablemente tampoco que tuvieran una hijita monísima (bueno, me la imagino monísima) en el año 645. La bebé apareció asesinada en extrañas circunstancias en el harén donde vivían y muy probablemente menstruaban todas a la vez, como en las redacciones de las revistas femeninas. El emperador Gaozong se cabreó como nunca. Normal, habían matado a su hija… Así que mandó torturar hasta la muerte a la emperatriz y a la concubina Xiao. Así, sin contemplaciones. (La leyenda, negra como el alma de Ortega Smith, se encargaría de hacer creer que la pobre Wu mató a su propia hija para orquestar semejante escabechina).

Llegó un momento en el que el emperador Gaozong enfermó y cada vez iba a peor. Wu, que era resuelta y echá p´adelante, se vino arriba y empezó a gobernar en la sombra. Lo hacía en nombre de su marido y trataba de tomar las decisiones -sanguinarias si fuera el caso- que él tomaría. Como no había forma de ponerse de acuerdo con algunos miembros del equipo de gobierno, ordenó su ejecución. Fue la única forma que encontró la pobre de que nadie le llevara la contraria. Eran las formas de su marido, que ella obedecía lo mejor que podía. Pero entonces su marido el emperador murió y le sucedió su tercer hijo, Tang Zhongzong. Wu, que le había cogido gusto al poder, se plantó y destituyó al emperador para dar el trono a su hijo Tang Ruizong. Pero el muchacho estaba empanao, le interesaban otras cosas, tenía la cabeza llena de pájaros… Y Wu decidió quitar a su hijo y ponerse ella, mucho mejor dotada para el poder. Se autocoronó como “emperador” y el pueblo (y el confucionismo más conservador) puso el grito en el cielo (qué expresión más guay, pardiez: poner el grito en el cielo. Es poesía sin métrica. Es lujo comarcal. Costumbrismo de diamantes).
La muchacha, que ya era una adulta de ideas claras, tal vez por hacerse valer, en ocasiones tuvo que mostrar una fortaleza desmesurada, aunque bien es probable que como suele ocurrir, se le achaquen maldades de magnitud infinita por el hecho de ser mujer. (¿No se han fijado ustedes en el ensañamiento hiperbólico que hay contra las mujeres políticas, en contraposición a sus compañeros varones que hay simple y llana mala hostia?)


Cambió el arcaico confucionismo y su confución por un mucho más abierto budismo, que practicaba con sereno aliento. Así mismo, desarrolló notablemente la agricultura, consiguiendo rentabilizar las tierras, el trabajo y la producción.

Wu Zetian defendió valientemente a China frente a ataques internacionales, consiguiendo una estabilidad económica insigne y admirable. Pero lo hizo además sin desatender la cultura, que le preocupaba muchísimo, sabedora de que el verdadero patrimonio es el cultural. Construyó la mayor de las Grutas de Longmen, y la Gruta Fengxian, por ejemplo.
Teniendo tanto poder, podría haber mantenido una sociedad estratificada y absurdamente jerarquizada, pero se pringó e hizo porque las mujeres elevaran su posición social y obtuvieran reconocimientos laborales de los que hasta entonces carecían.

Deseosa de expandir su poderío más allá de las fronteras, intentó ampliar el imperio. Así, las tropas imperiales tuvieron que recibir la ayuda de sus aliados turcos para repeler una invasión kitan en Hopeh (696), pero dos años más tarde fueron los propios turcos al mando del khan Mo-cho quienes se alzaron en armas, siendo necesario enviar un ejército (al mando del príncipe Zhongzong) para derrotarlos. Encima, el Reino del Tíbet había incrementado notablemente su poder militar, y comenzó a amenazar no sólo la supremacía china en Asia Central, sino las propias fronteras occidentales del Imperio. Wu, como buena estratega, se mantuvo firme en todo momento tratando de no arriesgar cuando no tenía garantías de ganar.


Sin embargo, la medida más curiosa y por la que ha trascendido a los anales de la historia (“anales de la historia” es un nombre bien bonito también) ni siquiera sabemos si es verdad o de nuevo una tergiversación histórica.

Al parecer, Wu Zetian obligaba a mandatarios y visitantes a una recepción bien llamativa: A modo de saludo y para rendirle pleitesía antes de cualquier parlamento, cualquiera que visitara palacio, tenía que practicarle un completo cunnilingus.

A mí la medida no me parece mal del todo, máxime si ella se reservara el derecho de decidir quién sí y quién no le comía sus partes pudendas según las apetencias del momento.

¿Se imaginan ustedes que se pusiera de moda esta hermosa salutación para que los demás nos presentaran sus respetos?
Bien es verdad, que parejo a estas costumbres, para consolidar su régimen, Wu llevó a cabo una cuidadosa estrategia de legitimización que incluía la creación de una nueva genealogía familiar sacralizando sus propios orígenes. Lo hizo desde el budismo, levantando templos a sus antepasados y también gigantescos monumentos religiosos -entre los que destaca la estatua del Buda Maitreya de Longmen-. Sus medidas -desde una óptica de hoy, populistas- en el momento eran meras estrategias para atraerse el favor del pueblo. Sus simpatizantes, por otro lado, continuaron con la persecución política hacia los disidentes y los asesinatos se sucedieron hasta culminar en una enorme matanza de miembros de la familia Tang, de la aristocracia y de intelectuales de la escuela confuciana (697).


La rumorología del momento y la historiografía posterior, decía que la “emperador” fue convirtiéndose en una depravada sexual y moral. Podrán leer ustedes biografías que cuentan como algo chunguísimo, que Wu organizaba orgías en el Palacio imperial. Y yo pienso ¿Qué harían ustedes si tuvieran un palacio entero para usted y un país próspero bajo su gobierno? Yo desde luego, lo celebraría… Lo que no sé es si sólo con orgías o además añadiría festivales de música y drogas purísimas. El caso es que el pueblo, básico y reconocido como el hummus del Mercadona, ya lo saben ustedes, suele apostar por “lo malo conocido”, por ¡Vivan las cadenas! y la moral vanamente sacrificada.
Así que, un golpe de Estado dirigido por la facción de los burócratas hartitos de que una mujer les gobernara, acabó con la vida de sus dos favoritos -probablemente también amantes- y le obligaron a abdicar en la figura de Zhongzong, quedando así restaurada así la línea masculina de la dinastía Tang. Como debe ser. Como dios manda.

Wu no lo soportó y murió a los pocos meses. Tenía 80 años. Fue enterrada en el mausoleo Qian Ling, donde estaba su marido, el emperador Gaozong. En la lápida de Wu no pone nada. Al parecer, ella quería que sus sucesores escribieran un epitafio que hiciera justicia a su reinado.
Nadie se ocupó de ello.
Ojalá poder escribir ahora en esa lápida. Y ojalá poner “ME COMÉIS EL COÑO TODOS".


*Este sábado 28 pincho de madrugada -de 03:00 a 06:00 en Apartamento (Costello Privé, calle Ballesta) donde sólo se puede entrar con invitación. Si desea usted venir, dígame con cuanta gente en dianaller@hotmail.com y les pongo en lista.
Me reservo el derecho a decidir en cada caso si me comen el coño en forma de saludo.

Lo dice Diana Aller

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