miércoles, 5 de junio de 2019

LA MUJER ARQUETÍPICA: ELLA

Dos de las grandes aportaciones de Jung son las asignaciones de los llamados arquetipos y también el imaginario colectivo. Resumiendo indecorosamente, podría decirse que el primero es una idea sencilla que prefigura el inconsciente de cada uno de los humanos. Un patrón de conciencia que determina la forma en la que vemos el mundo. Y el segundo es el conjunto de símbolos primitivos comunes a todos los tiempos y lugares, atrincherados en la psique humana.

Hay arquetipos que se dan en todas las civilizaciones: el héroe, por ejemplo, ese personaje que no tiene miedo, que afronta gestas y es un personaje aspiracional y digno de admiración para los demás. Incluso el antihéroe es un arquetipo, muy probablemente inaugurado con el Quijote de Cervantes, mil veces explotado hoy en la literatura o el cine, por la devoradora y nihilista industria capitalista de las series de ficción (capitalista tanto emocional como monetariamente).
En el imaginario colectivo hay arquetipos que se repiten insidiosamente en todas las civilizaciones: desde el viejo sabio, hasta la madre tierra. 


Pero la condición de mujer no tiene en nuestra cultura un arquetipo detalladamente literario. La sustancia “mujer” arraiga de una forma tosca y vergonzantemente poco simbólica. Como el punto de la i, como el artículo que precede al sustantivo, como la aceituna que adorna el centro de una ensaladilla rusa.

Una mujer, lo es en oposición a un hombre, (no a un varón). Una mujer -no soy yo sola la que dice esto- se define conforme al verbo, de filiación siempre masculina. 
Igual que no existe el concepto de frío, sino que es la ausencia de calor; no existe el sustrato mujer, sino que es el humano deficiente, deforme y fuera de la norma que complementa al que sí existe en toda la plenitud de su ser.

(No hablo desde mi voz - todavía afónica del Primavera Sound-. Hablo desde una cultura abrumadoramente deficitaria que nos impregna desde el lenguaje monocorde y subliminal que gastamos). Por eso, los individuos asignados como mujer, carecemos de referentes y aprehendemos (con h intercalada) el mundo desde un no-lugar. Aun así, aprendemos (sin hache) a hablar, a movernos, a sobrevivir, incluso a pensar. A veces, también a pensarnos.

Pero yo hoy no vengo aquí a comentar las vicisitudes femeninas para acceder a un sueldo digno, a un reconocimiento público, o a una autoría concreta. Yo hoy vengo a hablar de todas esas mujeres en las que no me reconozco. Todas esas mujeres, que muy probablemente, tampoco se reconocen en mí.
Vengo a hablar de las mujeres -permítanme el desaire semántico- arquetípicas. 
Esos individuos residuales, que ocupan el tiempo y el espacio de la necesidad, del complemento, del adorno. Mujeres desposeídas del mito creador, pero del todo aclimatadas al mito pagano de hombre-dador de vida y movimiento.

La mujer arquetípica -que es una pasivaza de flipar- se define políticamente desde las formas de uso del capital de los varones que la rodean. Su situación vendrá determinada por la renta, el nivel cultural y el patrimonio de los hombres de su familia: padres y parejas sobre todo. (La pareja tiene en nuestra cultura una tradición de filiación familiar supuestamente voluntaria).

Me cruzo a diario con estas mujeres arquetípicas, que alienadas como especie, repiten las mismas conductas sin que éstas les reporten beneficio o vayan a mejorar su situación.


Gustan de vivir en un indefinido y vasto extrarradio urbanita, que valoran sólo cuanto más caro resulta el metro cuadrado. Muchas veces en urbanizaciones cerradas, temiendo el espacio público, que se les presenta como “lo otro”, frente a su piso de supuestas calidades cómodas o placenteras, que de un modo muy preciso “les pertenece” igual que ellas pertenecen a los varones que les rodean. Las paredes de su hogar son su mazmorra y su cielo y su vida una humillante concatenación de satisfacciones ajenas. Porque el placer propio es un reflejo condicionado, un espejismo barato, un simple y vacuo ir de compras o hacerse las uñas.


Cargan niños que no soportan, pero creen fervientemente que aman, en un imposible círculo de mística maternal aprendido artificialmente. Los llevan a extraescolares; los amenazan con la construcción lingüística "o me enfado"; los lucen en redes sociales como trofeos postmodernos del inframundo; los visten por las mañanas y los bañan al atardecer. Son una parte indispensable de la rutina que terminan por identificar como "seguridad". Porque la mujer arquetípica, aunque ha alcanzado un sofisticado uso neuronal (ha pasado la mayoría de las veces por una universidad), es convenientemente amaestrada para vivir silenciosa y alienada.

La (no)cultura se ocupará de regalarle mitos huecos que privilegien la discrección, el summun al que debe aspirar ELLA. Letizia y sobre todo Sofía, son ejemplos vivientes de cómo ocupar mejor cuanto menos espacio, sin estridencias, sin carácter, existiendo como un mero holograma que promocione ropa, complementos, "estilos de vida" (me flipa este concepto) y cuidados.


Porque la aspiración, ha de ser siempre la belleza; pero no en un sentido desafiantemente estético o filosófico. No. No debe haber trasfondo ni emoción... La estética para la mujer arquetípica bascula en un dificilísimo equilibrio al que dedicará su vida para dominar. Se podría resumir en un estresante "Parecer una prostituta vocacional, pero a la vez no disfrutar bajo ningún concepto con los ardores sexuales" (y todo esto con un tono de insalvable maldición). Su aspecto deberá tener violentos tintes de sexualización (realzar la silueta típicamente femenina, llevar ropa ajustada, marcar y distinguir lo propio de las mujeres: pecho, cadera culo) y a la vez convertirla en un ser débil y temeroso para la huida, para crecer o para expresarse en libertad. Se adornará con impedimentos que dificulten sus movimientos: alzas incómodas que se llaman tacones, maquillaje que coloree los contornos de la cara y que será mejor cuanto menos se note; (una eterna lucha por parecer que son propios unos atributos de inocencia y fertilidad del todo impostados) y abalorios que cuelguen incluso de su cuerpo convenientemente mutilado, por ejemplo, en las orejas. Se trata de hacerla diferente a los varones por un lado y de incapacitarla para usar su cuerpo y su libertad por otro. 

Además, esta preocupación física regirá la vida de la mujer arquetípica. La civilización del consumo en la que estamos, se ocupará de exigirle que ocupe mejor cuanto menos espacio y más reducido y aislado. Puede ser un cuarto de baño, un gimnasio o una oficina: todo vale para recluir a este especímen que ocupa el hábitat humano pero no el intelectual. Y hasta HBO o Youtube  se convierten en una eficaz herramienta de enajenación con respecto a la propia existencia.


Focault explica como nadie cómo los psiquiátricos se nutren de individuos que no se adaptan a una norma y no se pretende curarlos, sino estandarizarlos para que se adecuen a los preceptos racionales que la sociedad da por válidos. Un tanto parecido sucede con ELLA. Hay un enfermizo anhelo de encajar la disidencia femenina en un patrón estanco, (mientras la masculina se lee como genialidad). Hay que guiarlas, llevarlas a su sitio, atarlas para que no florezcan.

Este común de mujeres -que reitero, es sólo una visión arquetípica- no se relaciona honestamnete con el mundo ni con sus iguales. Tiene lo que se llama amigas, con las que establece una ligazón tan superficial como necesaria y siempre referida a un relato exógeno: las crías o la pareja. Es decir, "las mamás del cole" o "las parejas amigas". Siempre se mueven en mundos heteronormativos con una marcada asunción de roles repartidos y definidos conforme al género.


Esta especie de la que hablo, tiene permitido quejarse. Es más: Es el único momento en el que es escuchada, porque sólo en el papel de víctima se puede reconocer activamente a la mujer arquetípica. Nunca es la protagonista, la heroína o la genia excéntrica. Es la víctima en cualquiera de sus líquidas maneras: la que compra compeed ampollas porque le roza la sandalia o la asesinada en una pedanía andaluza; da igual el grado, pero siempre va a juego con la etiqueta de víctima.

La palabra "sacrificio" ha perdido la fuerza de empuje que dominaba la existencia de este infraser de nuestro retrógrado tiempo y espacio. De hecho, el concepto se ha sofisticado hasta pesar sobre todas ellas un refinadísimo concepto de culpa latente que acompaña cada emoción de la mujer. Es la culpa, etérea e invisible, la que define el trabajo, la vida y la religión -absurda, pagana y pequeña- del arquetipo mujer.

ELLA practicará mindfullness o meditación para conseguir algo parecido al vacío o habitar su tiempo: un simulacro de vida, un aliento muerto, un espejo roto. Nada en la mujer arquetípica es real, porque el concepto cartesiano del mundo, tamizado por la cultura, está a su vez cercenado por su estrecha idea del yo. No comprende dónde ni cuando está ¿Cómo va siquiera a pensar qué es y a dónde se dirige? ELLA no lo sabe, pero es un producto misógino, Heideggeriano, limítrofe, creado para sustentar lo otro, al otro. Y ese cruel destino es la humillación arquetípica del ahora. Bienvenidas todas.


Todos desentrañamos la realidad conforme a la particular mitología que hemos heredado, pero además las mujeres soportamos una imperceptible losa que dificulta divisar horizontes metafísicos.
De Jung en realidad lo que más me interesa es la Sincronicidad, pero lo dejo para otro día, que hoy tengo mucha faena.

Lo dice Diana Aller