sábado, 23 de marzo de 2019

ES AL FIN PRIMAVERA


Muchas veces -veces etílicas como hoy o veces tontas y vacías como el hermano de espina bífida que no llegué a tener- escribo cosas que nadie lee. Escritos penosos de autocompasión importada y barata. Misivas a desconocidas que me cruzo en el metro, convencida de que encajarían con mis vísceras brillantes. O mensajes encriptados a amores que enfangué antes de que pudieran siquiera eclosionar.


Probablemente éste último sea el caso. Ésta la realidad: Hoy tu nombre en letras de oro me ha asaltado a mano armada. Con alevosía y nocturnidad y sin embargo, de manera inesperada como un volcán islandés de impronunciable nombre; como una canción erizante en una lista de Spotify adormecida y olvidada. Se llamaba, creo, "Música para no pensar".
Qué absurdo, qué oquedad.

Las letras de tu nombre, fantasmagóricas y blancas, se han dibujado, con olor a pasado y me ha dado un vuelquito el corazón. Como cuando casi me pilla un coche; como cuando vi un predictor dibujar una raya azul después de mear; como cuando oía a la profesora decir mi nombre en cuarto de EGB. No quiero que me influyas, que afectes mi sistema límbico -que mantengo higienizado como un quirófano de la Quirón-. No quiero vivir presa de una decepción que es más tuya que mía. No quiero, al cabo, cargar con tu olor joven y tu huella marchita. No quiero y sin embargo no puedo. Me cago en todo, joder. No puedo.


Tú sigues tu lineal existencia, sin comprender qué pasó, qué loca se cruzó en tu camino, qué guerra te quedó por librar. Y no descifras qué pasó, ni qué dejó de pasar. Desplegaste tu catálogo entero de derechos y deberes, de usos y costumbres... Y como ninguna silueta encajaba en los moldes que traías en aquel maletín provinciano de piel, te retiraste con lo que creías que era dignidad, buscando un remplazo que te lamiera las costras secas.

No, ragazzo no, del mio amore non ridere- escucho ahora-.

¡Qué insatisfacción tan perpetua esa que vas a habitar en calles con nombres de generales! Qué soledad teatral, adiestrada con siglos de autocompasión masculina... Tendrás una mujer callada y una familia quieta. Tendrás un presente llano y naranja, como un cuadro del siglo IXX. Y consumirás tu tiempo en horas de trabajo y minutos estériles de ignorar recuerdos. (Vaya maldición de monedas y sol).


Sigue huyendo de un recuerdo que no te persigue. Sigue huyendo, que yo construiré un tetris de lanas viejas y descoloridas. Terminaré un nido pequeño, en el que cabes desde antes que te conociera. Con olor a musgo y tonalidades atlánticas. Me recluiré en el futuro, que no llegaste a habitar, pero no importa, yo no miro al agujero sino al tumor inflamado. No tengo sitio para dramas capitalistas ni dolores de la almendra central. Tengo un recuerdo vago y mullido de una santísima trinidad de larga melena. Soy tu excusa y tu estigma. Y lo acepto (y lo río y también lo lloro).

El castigo se impregna en los padrastros de las uñas, en el hueco raro de las ingles, en el vientre fértil y ya anestesiado. Hubiera bastado -supongo, no hay forma de saberlo- con una espera tierna, una mueca acaso, de humildad y valentía nueva. Pero qué más da. Se abre, entre cervezas, abogados y delirios, una esperanza que a mí me basta, pequeña y clara. Sólo pido una ventana. Con cristal iridiscente y paisajes de tartán escocés. Qué penitencia tan bonita, joder: Tú te yergues, empero, en una atmósfera húmeda. En alerta.
El amor no es un segurata del Cercanías, con una autoridad aprendida. Claro, que yo tampoco sé lo que es.
Te llevo esperando desde el año 2000 y lo mismo ya te has ido. (Me arrepentiré de no ir a tu entierro y llorarte, y sin embargo, no hago nada por evitarlo).


Deberíamos brindar a diario, por el asfalto seco, por el dinero malgastado, por el tarot y los arcanos. Brindemos por los vivos, por las fiestas venideras, por habernos librado de yugos cotidianos y afectos rancios; por la astracanada que rige nuestros días, por las sombras. Brindemos, porque nos hemos conocido, porque James Rhodes anuncia bancos, es al fin primavera y porque no hay absolutamente nada mejor que hacer.


Lo dice Diana Aller

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