jueves, 15 de noviembre de 2018

REMEDIOS Y LEONORA


Les aviso que cuando me pongo a escribir de cosas que me interesan, me cuesta parar, así que prepárense, que hay para rato:

Las mujeres no vivimos, sobrevivimos.
Es tan salvaje la exigencia que pesa sobre nosotras, que es un milagro encontrar alguna a quien no han acosado, quien no ha tomado un ansiolítico o no ha odiado su cuerpo. Una ofensiva mayoría hemos vivido las tres cosas, como si nuestra existencia fuera una batalla y nuestra piel una cárcel.

A pesar de todo, y a veces gracias a ello, nos recomponemos, nos hacemos fuertes, o nos resignamos, o nos volvemos creativas y peligrosas.

(Laberinto, 1991, Leonora Carrington)

(Tránsito en espiral, 1962, Remedios Varo)

Hoy voy a hablar de dos amigas que se sobrepusieron a la condición femenina que oprimía como oprime ahora, pero primero voy a hacer un apunte de esos míos densos y ligeros: Se trata de un síndrome que se extiende como la peste bubónica por entre la población femenina y lo he llamado El Síndrome Marta Sánchez.
El Síndrome Marta Sánchez asola a jóvenes y viejas, a ricas y pobres, a listas y a tontas. Se da cuando la valía de una mujer se fundamenta de forma exclusiva en un concepto perverso y estático de belleza. Una belleza estereotipada y ramplona que refiere a juventud, a delgadez, a curvas y a pasividad.

En cada rincón de internet, conversación o programa de televisión nos pasan inadvertidas frases y actitudes retorcidas y humillantes hacia las mujeres donde el único rasero es el físico.

El ingente negocio audiovisual on line, los tutoriales, el 90% de nuestra cultura, una buena parte de nuestra economía y demasiadas horas de nuestro tiempo, se articulan en torno al aspecto físico de las mujeres. Si a esto le sumamos los cuidados y las tareas domésticas, nos queda muy poquito tiempo y menos ganas de alimentar nuestra curiosidad con ciencia, cultura e intereses más amplios. Instagram, El Programa de AR o un bar un sábado por la noche se convierten en espacios de traición al género donde reina una competitividad impuesta, una alarmante apología de los celos y una alienación basada en contentar al macho.

Lo peor que le puede pasar a una mujer es no resultar seductora a una estrechísima mirada masculina. Nos vemos gordas, feas o viejas, pero no sufrimos lo más mínimo por vernos ignorantes. Se nos hace creer que necesitamos la aprobación de un ente indefinido (definidísimo en realidad por la publicidad y los medios de comunicación) para ser felices. Una felicidad que nunca llega, por cierto. Tenemos que gustar, seducir y agradar al cuñado medio porque si no, seremos unas desgraciadas.
Menos mal que hay señoras que pasan de todo, ancianas maravillosas con muy mala hostia, chicas que componen canciones preciosas, mujeres llenas de defectos que las hacen fascinantes y únicas, niñas gritonas o metidas pa dentro con cerebros bullendo... Menos mal.
¿Qué por qué lo he llamado “Síndrome Marta Sánchez”? Pues no sé, porque de alguna forma había que llamarlo.

Hecho este apunte, empiezo ya con mi columna que hoy es un poco trajana:

Esta historia empieza con una muchacha que se llamaba Remedios, que es un nombre muy de antes (nació -en Gerona- 1908). La llamaron así porque sus padres habían perdido una hija antes de que ella naciera y la tuvieron (atención a esto) como “remedio” de tal pérdida.

Remedios Varo era tímida y consiguió que no aniquilaran su curiosidad, así que pasaba el rato dibujando e imaginando mundos imposibles. (Un dato que a mí me encanta es que su padre hablaba esperanto, yo creo que esas cosas determinan bastante una biografía). Cuando tenía 9 años se fue a vivir a Madrid -con su familia, claro: Sería raro tanta determinación para una niña de solo 9 años- y fue entonces también cuando nació la que sería su mejor amiga, Leonora aunque en Lancashire, Inglaterra.

Vamos ahora con su alma gemela Leonora, la británica:
Leonora Carrington, como su futura mejor amiga, tenía unas inquietudes libertarias e intelectuales muy marcadas desde bien joven. Siempre creyó en criaturas mitológicas propias de la cultura celta, de las que su abuela irlandesa le hablaba y esto se reflejó siempre en su obra

La iban echando de todos los colegios por su comportamiento rebelde. Como además era una mocita alegre y divertida, se escapó de casa a los 19 años y fue a Londres a estudiar arte. Con 20 años se pilló por un señor de 47 de origen alemán que se llamaba Max Ernst, que además tenía cierta fama dentro del incipiente surrealismo y que además estaba casado. Todo era un poco cuadro para la familia de Leonora, que como es normal, veían con recelo esta relación.





Aquí podríamos debatir ustedes y yo sobre qué amores son más amores, si los alocados e intensos que se viven dándolo todo hasta consumirse o los amores sosegados que trasmutan a un cariño fraternal y duran muchos años. Obviamente éste fue de los primeros: Dos personalidades fuertes que se retroalimentaban de pasión y arte, teniendo todo en contra y sin embargo allá que se fueron un alemán y una inglesa primero a París (*1) con toda la vanguardia del momento y después a un pueblito francés en 1938. Si van a Saint Martin d´Ardèche, podrán ver la casa que todavía conserva en la fachada un relieve que representa a la pareja con la simbología que inventaron: “Loplop”, el alter ego de Max Ernst, un ser alado mezcla de pájaro y estrella de mar y su “Desposada del viento” que era Leonora. Debían ser un parejón. Todo el día haciendo cosas, todo el día queriéndose.


Dejamos a Leonora en el pueblo y vamos con Remedios, de la que les he empezado a hablar antes.

Remedios fue una de las primeras mujeres que estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde ingresó con 15 años. Con 24 ya se codeaba con toda la intelectualidad del momento, algo que ella vivía con cotidianeidad pese a que el mismo Dalí, con toda su misoginia encima le espetó un día “Las nenas hacen pis en las escaleras” para hacerle ver que las mujeres no tenían cabida en el mundo artístico.


Se casó con un compañero suyo, Gerardo Lizarraga y se fueron a París donde pasaron también un tiempecito. Lo suficiente como para interesarse por la corriente surrealista. Estuvo involucrada en el colectivo “Logicofobistas”, un movimiento que tenía por objetivo aunar el arte y la metafísica de un modo que desafiara a la lógica y a la razón (¡Toma ya!). El empeño particular de Remedios era representar artísticamente los estados mentales internos del alma.

En 1932, volvió a España y se estableció en la Barcelona republicana, en el barrio de Gracia, donde tenía su casa y su estudio, en la plaza de Lesseps. Ella, que tenía una natural inclinación por la vida bohemia y la significación política, andaba todo el día de aquí para allá con la intelectualidad del momento. Su vida era intensa también en lo laboral y además de pintar láminas y cuadros de inspiración onírica, trabajaba como dibujante publicitaria.

De esta época cuenta la Wikipedia: En 1935 compartió el estudio con el también pintor surrealista Esteban Francés, quien la introdujo al círculo surrealista de André Breton. En julio Marcel Jean llegó a Barcelona con Óscar Domínguez. Todos ellos realizaron preciosos cadáveres exquisitos, dibujos colectivos empezados por un participante del juego, tapados y continuados por el siguiente jugador dando como resultado collages sorprendentes. El mismo año expuso sus dibujos en Madrid junto con Josep-Lluis Florit.
  
En mayo 1936 participó en una histórica exposición Logicofobista de la librería Catalònia de Barcelona junto a Artur Carbonell, Leandre Cristòfol, Àngel Ferrant, Esteve Francès, Gamboa-Rothwoss, A.G. Lamolla, Ramon Marinel·lo, Joan Massanet, Maruja Mallo, Àngel Planells, Jaume Sans,Nadia Sokolova y Joan Ismael. Durante su colaboración con este grupo, Remedios Varo pintó L´Agent Double, obra que anticiparía su estilo personal.

La obra de Varo evoca un mundo surgido de su imaginación donde se mezcla lo científico, lo místico, lo esotérico y lo mágico.
Remedios, como su futura amiga, tenía una visión eminentemente artística de la vida y no estaba para tonterías, pero sí para vivir con intensidad. Por eso, cuando ese mismo año conoce (en sus actividades de apoyo a los republicanos) al poeta surrealista francés Benjamín Péret, claro, se enamora a lo loco. Está casi un año que si tú, que si yo, que si el otro… y finalmente deja a su marido y se va con Benjamín de nuevo a París. Nunca más volvería a pisar España.

Allí seguía su actividad: artística, política, laboral y de todo… Y ahí al fin, se conocieron Remedios y Leonora y se hicieron amigas.


Estudios, periodistas y crónicas del momento y posteriores, dan cuenta de las actividades que acometían una y otra. De Remedios decían: Le encantaba unirse a los bohemios surrealistas para fotografiarse vestida de torero, vender pasteles en la calle o mandar cartas a desconocidos cuyos nombres elegía al azar en el listín telefónico, uno de sus “actos surrealistas” favoritos

Remedios era más misteriosa, Leonora más expansiva. Ambas conectaban con (y eran en sí mismas) las vanguardias. Pintaban, paseaban, escribían y reían en un continuo que no separaba vida y obra, ocio y trabajo.
Aunque ambas coincidieron poco, obviamente conectaron enseguida… Eran jóvenes y hasta cierto punto inocentes. Pero sus vidas cambiarían trágicamente por experiencias muy bestias y por la invasión nazi que las separaría por primera vez (La segunda sería ya por culpa de la muerte).  

Remedios, por su parte, entre 1939 y 1940, fue encarcelada por el delito de encubrimiento, ya que ocultó en su casa de París a un soldado francés fugitivo. La prisión es un espacio físico, pero también mental que cambiaría la forma de leer el mundo de la artista ya para siempre. Finalmente y tras esta experiencia traumática de la que no habló jamás, Remedios tuvo que huir a Mexico.


Max Ernst, pareja de Leonora, fue declarado enemigo del régimen de Vichy, fue detenido y encarcelado en el campo de Les Milles. La pobre Leonora salió huyendo del nazismo y llegó a España, asolada por la guerra civil. Sus padres a través de la embajada británica dieron con ella y la encerraron en un sanatorio mental de Santander. ¿Se imaginan lo que tuvo que ser para ella? Duchas heladas, compartir vida con enfermos sin diagnosticar, desahuciados, retrasados abandonados y locos. Aquella experiencia le marcaría de por vida. En la clínica leyó a Unamuno, y se dedicó a hacer horóscopos diarios para el personal sanitario, que acabo prendado de su inteligencia. Como tenía experiencia de escaparse de los colegios, eso mismo hizo aquí. Se apoyó en toda su cordura, dijo adiós a los médicos y como lo más normal cogió un taxi y huyó a Lisboa: Pidió ayuda a Renato Leduc, un periodista que trabajaba en la Embajada de México de Portugal. Se casó con él ¿Por qué no? Y juntos fueron a Estados Unidos en 1942. Allí coincidió de nuevo con Max Ernst, pero él estaba ahora casado con Peggy Gunggenheim. Lo típico: Un ex que ha sido muy importante en la vida, de quien sabemos todo y con quien hemos vivido con intensidad y se transforma en un simple conocido. ¡Ay, la vida!


 (Leonora Carrington, La giganta, 1950)


                                 (Remedios Varo, Cazadora de astros, 1956)

Coincide con la crema cultural del momento: Breton, Chagall, Masson, Leger, Duchamp, Mondrian, Ozenfant, o Buñuel. Leonora estaba feliz, pero su marido Renato, mexicano de nacimiento le pidió volver a su país. Y ella, que era de talante abiertísimo, allá que fue.


Allí en Mexico las dos amigas se hacen ya inseparables. A Leonora, (que al poco se separó de su marido) le volvía loca la alquimia y contagió a Remedios de estos intereses. Ambas se recomendaban obras de literatura fantástica y utilizaban el ocultismo como pasatiempo. Les apasionaba la gastronomía y juntas inventaban recetas que probablemente tenían más que ver con el arte que con la práctica culinaria. Al unirse dos cerebros tan creativos, cualquier cosa podía salir de ahí.


He encontrado un texto interesantísimo (aquí tienen el pdf) de María José González Madrid que recomiendo con fervor y que explica fenomenal la naturaleza de esta amistad:

En uno de sus escritos políticos, la poeta y ensayista feminista Adrienne Rich plantea la necesidad de hallar puntos de encuentro, lugares en los que puedan convivir la energía de la creación y la energía de las relaciones. Creo que Remedios Varo y Leonora Carrington encontraron y habitaron magistralmente esos lugares, y en muchos estudios sobre ambas artistas se destaca la importancia de su relación amistosa y creativa. En palabras de Whitney Chadwick, las dos compartieron un «largo e intenso viaje» de exploración tanto en su vida como en su pintura, y ello hizo posible que: …por primera vez en la historia del movimiento colectivo llamado surrealismo, dos mujeres pudieran colaborar en el intento de desarrollar un nuevo lenguaje pictórico que respondía más directamente a sus propias necesidades. Janet Kaplan dedica muchas palabras a esta profunda relación señalando que se basó «en los extraños poderes de inspiración que una y otra sentían con tanta fuerza, en la creencia de ambas en lo sobrenatural y en los poderes de la magia». Kaplan destaca que la relación entre ellas se sustentaba además en «una poderosísima capacidad de imaginación que ni una ni otra encontraba en otras personas», y que ambas tenían la impresión de que «compartían una sensibilidad única», algo que las hacía semejantes entre ellas y diferentes a los demás: Varo se consideraba una excéntrica que los demás no podían entender y veía en Carrington un alma gemela (…). Carrington compartía esa sensación de haber encontrado por fin una confidente en un mundo que, por otra parte, le era hostil. 
En México la relación entre ambas fue intensa, profunda y fértil. Ambas compartieron el interés por la magia, la alquimia, el ocultismo, el esoterismo y el misticismo. Sabemos que compartieron la lectura de Witchcraft today de Gardner, los libros de Aldous Huxley, el Popol Vuh y escritos budistas, entre muchos otros, y también prácticas brujeriles wiccanas. Participaron en los grupos de Gurdjieff establecidos en México y se divertían elaborando pociones mágicas y filtros contra el mal de ojo.

Leonora tiene una novela que se llama “La corneta acústica” que trata de su amistad y sus locuritas consumiendo drogas y haciendo prácticas chamánicas juntas. No la he leído, pero todo apunta a que refiere a eso tan femenino que es la hechicería: la práctica de la ciencia y la experimentación que al estar vetada a las mujeres, se llamaba brujería, se basaba en la experiencia, en la comunión colectiva con la naturaleza y en la comunión colectiva.

El citado estudio de González Madrid termina con una conclusión fabulosa:

En sus obras, Varo y Carrington cuestionaron y revisaron los estereotipos de género construidos en la tradición alquímica –y en otras tradiciones herméticas– y sus simbologías, y reclamaron el papel central de las mujeres: alteraron los modelos herméticos medievales y renacentistas y produjeron narrativas esotéricas alternativas, en las que expresaban sus experiencias, aspiraciones y deseos partiendo de la conciencia de la diferencia sexual. No solamente representaron figuras femeninas, sino que añadieron a la pintura y la alquimia –consideradas como materia y vía de conocimiento y las prácticas domésticas y culinarias consideradas tradicionalmente femeninas. Varo y Carrington emprendieron en relación un proceso de descubrimiento personal y creativo. Su relación fue de profunda amistad y –utilizando un término creado desde el feminismo de la diferencia– de «autoridad femenina». Es decir, cada una reconoció autoridad en la otra y se reconocieron entre ellas como interlocutoras magistrales. En palabras de Linda Nochlin, su relación permitió a cada una «encontrarse a sí misma» pero hacerlo «juntas». Ambas artistas se dedicaron con mucho interés a la búsqueda espiritual, a la lectura y al estudio de textos y de tradiciones místicas. Podemos pensar que consideraron la pintura también como una práctica mágica –y marcadamente alquímica por su cualidad matérica– que les permitía conjurar la realidad. Su objetivo, como el de los y las alquimistas a lo largo de la historia, fue el conocimiento y la sabiduría. La pintura fue su Obra.


A mí me parece que la base de toda relación magistral es precisamente esa: reconocerse desde la admiración, tanto en la amistad como en la pareja o en el formato de relación que se les ocurra. Tanto más al tratarse de dos genias como estas, claro. Aunque sus estilos pictóricos se parecen y mimetizan, es fácil vislumbrar el carácter de una y otra a través de sus cuadros.

Gracias a otra mujer aguerrida e inspiradora, Carmencita Whitetower, conocí los trabajos de Remedios Varo para Bayer (sí, la farmacéutica) y son una absoluta delicia. Le encargaron retratar enfermedades y males para los que la empresa sigue ofertando soluciones químicas. Nunca nadie ha representado tan bien, de forma tan certera y estética la angustia o el insomnio… Pero miren, miren qué gozo y que deleite para las pupilas, (y qué mezcla más bonita de sus intereses por la teoría psicoanalítica y la alquimia) por favor:

 Amibiasis, 1947

 Tiforal, 1947

 Angustia o pesadilla, 1947

 Paludismo, 1947

 Insomnio, 1947

 Insomnio II, 1947

 Vigor, 1947

 Dolor reumático I, 1948

 Dolor reumático II, 1948

 Dolor, 1948

 Cambio de tiempo, 1948

Vejez, 1948

Remedios en 1947 se había separado de Peret, (no el de la rumba, sino su marido Benjamin) que volvió a París, aunque siempre mantuvieron una buena relación (Incluso le ayudó económicamente y le acompañó en su lecho de muerte en 1959.
El caso es que en 1952 se casó con su tercer y último marido, Walter Gruen, un político refugiado austriaco que la adoraba y era fanísimo de sus dibujos hasta el punto de que la convenció para que se dedicase en exclusiva a la pintura.
(Leonora también se estabilizó en lo amatorio y se enamoró locamente de un fotógrafo húngaro, Emérico Weisz, "Chiki", mano derecha de Robert Capa, con el que tuvo dos hijos).

Ella contaría así su etapa mexicana: "En México me casé con Chiqui Weitz, amigo de Breton, que llegó al país con otros refugiados de la guerra en un barco portugués que había zarpado de Casablanca. Conocí entonces a Octavio Paz, a Diego Rivera, a Frida Kahlo y a José Clemente Orozco. La verdad es que no me interesaron ni Orozco ni Rivera, que eran muralistas políticos. Sí, en cambio, Frida, que empezaba a ser ya una mujer cargada de sufrimientos. Yo había estado en su segunda boda con Diego y mi última secuencia de ella fue verla ya enferma en la cama".

(Foto del día de la boda de Leonora y Chiki)

Remedios Varo lo estaba petando con sus pinturas, aunque no consiguió nunca vivir en exclusiva de ello. Pero su vertiente escultórica, poco conocida, es acaso tan interesante como sus cuadros:  Elaboraba piezas a partir de huesos, espinas de pescado y toda suerte de restos orgánicos, alambres, cuerdas... Muchas de ellas podrían pasar por efectos especiales de inquietantes películas, con apariencia de fósil, de esqueleto animal o tótem tribal. 

Llegada a su etapa de plenitud creativa, con 55 años sufrió un fulminante paro cardíaco y dejó a Leonora sola en el mundo. Sola de verdad porque ni amigos ni hijos ni familia, pudieron llenar el hueco de su alma gemela.


Leonora al final de sus días dijo: No sé si sigo siendo una surrealista. El surrealismo era un movimiento en donde se usaba la imaginación para responder a la naturaleza de forma diferente a como se concibe desde el ser humano. Hoy, ya vieja, tal vez soy sólo lo que pasa inmediatamente en mí. Creo que la vida dura poco tiempo, pasa rápido. Es insuficiente, al menos para mí, este tiempo de vida que tenemos, porque deja un gran vacío y no permite que se satisfaga la curiosidad y el conocimiento por muchas cosas que, pese a la edad, comienzan también a fascinarnos a los viejos".


Vivió en Chicago, fue condecorada con premios y reconocimientos, se dedicó a esculpir bronce y vivió con pasión arrebatada hasta el 25 de Mayo de 2011. Era una ancianita de 94 años, rebelde y genial.


En otro estudio sobre ambas amigas, de Zaira Torroella Posadas, leo esto:
La amistad que se consolidó entre ambas fue crucial en sus carreras, pues se influenciaron mutuamente. Juntas se entregaron a la libre experimentación artística, que centraron en dos temas: la metafísica y los sueños. Tanto Varo como Carrington conquistaron un estilo íntimo y personalista, inscrito en la corriente surrealista pero con un sello personal. Las pintoras plasmaron mundos donde sus inquietudes, temores, sueños y anhelos lograron encontrar un medio de escape y expresión.
La influencia que ejercieron la una en la otra se ve reflejada en elementos comunes que aparecen en sus pinturas. Por ejemplo, las dos utilizaron como protagonistas a animales o a mujeres con rasgos animales. En el caso de Leonora, se representaba a sí misma como un caballo blanco: símbolo inequívoco de libertad. Ambas dotaron su arte de un profundo elemento psicológico a fin de plasmar una catarsis personal, la válvula de escape para liberar distintas experiencias y angustias vividas en Europa antes de su llegada a México; algo que, sin duda, resultó fundamental en la construcción de su psique artística.


Remedios y Leonora tuvieron mucha suerte de encontrarse en la vida, de disfrutar de su mutua compañía e ingenio, de compartir los auténticos secretos de belleza que nos deberían importar a las mujeres. 

(*1) Allí se pasaban el día con Louis Aragon, Paul Éluard, Marcel Duchamp y Andre Breton. Por aquel se la calificó como “la musa” de ese elenco de artistas, término que Leonora con mucho criterio detestaba y consideraba humillante. «Prefiero que me traten como lo que soy: una artista», aseguró en una entrevista en El País en 1993. (Ya saben ese empeño que hay en que las mujeres en el arte están relegadas al papel de musas y gruppies y rara vez se las percibe como artistas) 

Lo dice Diana Aller