martes, 4 de septiembre de 2018

JULIA PASTRANA Y LA INDIGNIDAD

Los humanos nos creemos sofisticados, ocurrentes y siempre respaldamos con la lógica y la ciencia nuestras decisiones.
…O eso creemos.

Desgraciadamente, somos productos de nuestro tiempo y vivimos presos de las ideologías imperantes (esas contra las que creemos que nos rebelamos, pero en realidad no).
La lógica de antaño a la luz de hoy es una atrocidad tras otra en nombre del progreso (y mucho me temo que así seguirá sucediendo por los siglos de los siglos, ¿amén?).
La historia de Julia Pastrana ilustra perfectamente la sinrazón humana que se ceba en la injusticia. Y no hace ni 200 años de su nacimiento.
Fue en 1834, aunque se desconocen los pormenores. Se cree que Pastrana nació en una localidad mísera y olvidada de Sinaloa (México) llamada Santiago de Ocoroni. Hasta los 4 años vivió en una cueva y no se sabe mucho sobre su infancia y juventud. La primera aparición en público de la que se tiene constancia fue en 1854, cuando la llevaron y exhibieron en la Gothic hall en Broadway. Pero vayamos con oden,por favor.
Imaginen por un momento qué duro debe resultar ser mostrada como un animal exótico y enjaulado, cuán humillante debe ser que el nombre con el que se anuncie sea “La mujer oso”. Y qué difícil vivir teniendo un propietario (Nos parece algo de tiempos remotos, pero hay demasiada gente propiedad de otra gente HOY).
Existe una enfermedad hereditaria, con el sonoro nombre de hipertricosis lanuginosa que se caracteriza por una cantidad excesiva de pelo en la piel de la cara, del cuello, tronco y extremidades. Es una enfermedad poco habitual, de la que apenas se han documentado unos 50 casos en todo el mundo desde la Edad Media. Puede estar asociada a otros problemas médicos como glositis ardiente, hipertrofia papilar de la lengua, diarrea, disgeusia, y también linfoma o cáncer en el sistema gastrointestinal, tracto urinario, pulmón, mama, útero u ovario. Es decir, una faena de enfermedad que además de acarrear problemas, otorga un aspecto extremadamente velludo y anómalo.


Por eso, en cuanto el citado señor M. Rates, administrador de la Aduana del puerto de Mazatlán, vio trabajando a Julia Pastrana como criada del gobernador de Sinaloa, no vio una mujer, ni una enfermedad, ni una trabajadora. Ni siquiera vio una persona. Vio un cheque al portador. Vio un circo, un ser para explotar, un objeto raro. Así que decidió hacer una gran inversión: Vendió un terreno para comprarla a ella y no tardó ni unas horas en empezar a presentarla como "El gran fenómeno de la naturaleza". Él mismo aseguró a los periódicos que era un monstruo, pero con una bellísima voz para para cantar.

Julia Pastrana no llegaba al metro y medio de altura, tenía la mandíbula deforme y su cuerpo, incluyendo la cara, estaba cubierto de pelo. La morbosa exhibición se coronaba con los dulces cánticos de la “mujer-mono” -como también se la conocía- mirando fíjamente al público, que miraba horrorizado al monstruo.
¿Qué podría hacer esa mujer? ¿Cómo y dónde escapar? Sólo podía tratar de mostrar con dócil dignidad su naturaleza humana.
Así lo hacía un día tras otro, una función tras otra, en una vida miserable sin derechos ni libertad. 

Julia fue vendida a otro empresario del mundo del espectáculo, J.W. Beach, que la llevó a Cleveland para mostrar un show un poco más elaborado: Aparecía, saludaba, cantaba y hasta bailaba. Las crónicas de la época aseguran que en una ocasión tuvo que bailar con varios soldados, que hicieron filas para tener la oportunidad de bailar uno a uno con este ser extraño ser único.

Viajó por toda Norteamérica y fue creciendo su fama como ser mitológico, montruoso, sin que nadie se preguntara sobre su personalidad, su carácter, sus sentimientos, su vida o su forma de pensar y vivir. La “invitaron” a la Sociedad de Horticultura y la Sociedad de Historia de Boston. Se la estudiaba como un objeto exótico, como un material nuevo, como un metal desconocido.
La comunidad científica, con la arrogancia que le suele caracterizar “estudió” el fenómeno muy probablemente de una forma humillante e innecesaria, para concluir que aquel ser era un híbrido entre humano y orangután o bien que se trataba del eslabón perdido.
El propio Charles Darwin la describiría en su libro The variations of animals and plants under domestication, como: "Una mujer de muy finos modales con una densa barba masculina y una frente peluda".


Hasta Inglaterra llegó su fama y no tardaron en reclamarla. Se morían por ver en vivo a aquella rareza increíble, y pronto la empezaron a llamar "la indescriptible", refiriéndose a lo inexplicable de su naturaleza desconocida. Los periódicos publicaban muchísimas páginas a su costa, porque era un fenómeno parecido a un dragón o una sirena para la la gente en aquella época.
Julia Pastrana aprendió a hablar inglés y además era bastante buena y rápida aprendiendo idiomas, lo que acrecentó su valor como “bicho raro”. Pese a su nula formación y sus escasos conocimientos, dio cuenta de altas dotes intelectuales y curiosidad científica, por lo que ella misma se entregó voluntariamente a todos los exámenes médicos que se solicitaron.
Pasó después a manos de Theodore Lent, su nuevo propietario, que trabajó con ella un show más espectacular, con un amplio repertorio de bailes y canciones que interpretaría en el escenario. Julia resultó ser una cantante de primera y dejó de ser conocida solo por ser una "freak". De hecho, consiguió hacerse valer dentro y fuera del escenario: Podía cocinar y coser, hacer operaciones matemáticas, e incluso mantener una conversación lúcida que impresionaba a la nobleza, en una época (no hace tanto) en la que las mujeres no eran tratadas como seres inteligentes.
Julia estuvo de gira por Europa: En Berlín, ya no era considerada una atracción circense sino una actriz de teatro. Apareció en una obra llamada Der Curierte Meyer, que era una mezcla entre historia de amor y comedia.
Recibía muchas propuestas de matrimonio y cuando en una entrevista le preguntaron por qué no se había casado, ella, mordaz y sarcástica, respondió que sus pretendientes no eran lo suficientemente ricos. Eso le hizo a Lent acojonarse. Se dio cuenta de que si no quería perderla, debía casarse con ella.



Y así lo hizo en 1857. Además de ser su dueño, era su esposo, que prácticamente era lo mismo. Por supuesto no la quería de una forma diferente a cómo queremos nuestras nóminas. Por supuesto no tuvo ni un detalle de humanidad con ella y sí un trato denigrante. 
De hecho, Julia vivía en cautividad, porque su marido se avergonzaba de que le vieran con ella en lugares públicos. Es muy probable que la maltratara sistemáticamente y que su relación se basara en golpes y órdenes. Lent se volvió más y más agresivo, y cuando estaban de viaje por Polonia y Rusia, Julia descubrió que estaba embarazada, fruto sin duda de las violaciones. Esto era un desastre. No solo porque necesitara tiempo libre y perdiera dinero, sino porque Lent tenía pánico ante la idea de que su esposa-propiedad pudiera morir y dejarle sin ingresos. ¿Y eso donde lo dejaría a él? La llevó a muchos médicos diferentes que temían que no pudiera llevar a término el embarazo, porque creían que sus caderas estaban malformadas.
El 20 de marzo de 1860, Julia dio a luz a un niño. Estaba cubierto de pelo. Imaginemos la ilusión de Julia, igual a la ilusión de cualquier madre primeriza. Imaginemos cómo lo miraba con amor, acaso más que a un niño sin dolencias médicas. Probablemente ella se plantearía qué sería de su hijo, tildado de monstruo por toda una sociedad.
Era igual que ella físicamente, ojalá que en el carácter también, porque el padre dominante y agresivo no tenía una genética que mereciera perpetuar.


Probablemente, todo esto pensaba Julia Pastrana mirando a su bebé, y probablemente se desmoronó cuando falleció a las 35 horas de vida.
Imposible saber si fue esto lo que le tocó directamente o las
complicaciones del parto, que le dejaron secuelas. Tal vez sería la mezcla de una salud débil y una pérdida de motivaciones vitales, el caso es que 5 días después, Julia estaba ya muerta también.
Así termina la vida triste e indigna de esta mujer. Pero sólo la vida. La humillación continuó. Lent vendió su cuerpo y el del bebé a un profesor de la universidad de Moscú. Los disecaron y momificaron para poder exhibirlos cual ardillas. Después de unos cuantos meses bañándolos en resinas, los pusieron en el Museo de la Universidad, donde atrajeron a grandes multitudes.
Pero la cosa no terminó ahí. Lent se enrabietó vivo al ver que otros estaban ganando dinero por sus monstruos y él no, así que llevó el caso a los tribunales para conseguirlos de nuevo. Tuvo éxito. En 1862, Julia volvió a Inglaterra. Mostrada y degradada, Julia estaba vestida con uno de sus trajes de baile.
A su hijo velludo y pequeño lo colocaron
en un pedestal vestido de marinerito. Y claro, fue todo un éxito, ver disecados a aquellos seres deformes. La gente se contaba por miles, pagando hasta un chelín para ver a la pobre mujer y a su bebé.
En algunas crónicas se dice que Lent se casó con otra mujer que se parecía a Julia, y terminó admitiendo que era la hermana de Julia. Su nombre era Zenora Pastrana. Cuentan que volvió al museo donde estaba exhibida Julia, y se la llevó de gira con él y su nueva esposa. Una gran familia feliz. Con el tiempo, Lent y su nueva esposa se retiraron a San Petersburgo, y abrió una tienda en un pequeño museo de cera.
Cuando Lent murió, esta segunda esposa se ocupó del negocio, hasta que finalmente se cansó.


Los cuerpos fueron pasando por distintos dueños hasta que los compró el noruego Haakon Jaeger Lund. De éste pasaron como propiedad a su hijo, que siguió con el negocio hasta 1973, cuando una ley local prohibió la exhibición de cuerpos humanos. (¿Recuerdan ustedes “el negro de Bañolas”? Eso fue después)
Los restos de Julia y su hijo permanecieron entonces en una bodega hasta 1976, cuando alguien entró a robar y desaparecieron misteriosamente. 
Al poco reaparecieron. El cuerpo del bebé fue devorado por ratones en un terreno abandonado. Y el de Julia, ya sin un brazo, quedó guardado en el Instituto de Medicina Forense de Oslo. En 1990, encontraron a Julia en el sótano del Instituto de Medicina legal en Oslo, Noruega. Hasta 2012, el instituto no se comprometió a devolver su cuerpo a México. 


Finalmente, en 2013, a 153 años de su muerte, su cuerpo fue enviado a México, donde finalmente fue sepultado.
Ya en los años sesenta, el director, guionista y actor italiano Marco Ferri, llevó a la pantalla La Donna Scimmia, inspirado en la historia de Julia Pastrana.
El dramaturgo mexicano David Olguín recreó en La Belleza la vida de Pastrana. Mientras que en su natal Sinaloa se exhibe La repatriación de Julia Pastrana, que también recoge pasajes de su historia.
La artista visual Laura Anderson Barbata conoció el caso de Julia mientras trabajaba en Nueva York y gracias a ella, comenzó el difícil proceso de repatriación, con trabas, ya que no se tenían actas de nacimiento y defunción, era un caso nuevo para las embajadas.
Anderson siguió luchando hasta que en febrero de 2013, después de 153 años, Julia Pastrana regresó a Sinaloa, donde se le dio sepultura y se dio a conocer su historia.
Los humanos nos creemos sofisticados, ocurrentes y siempre respaldamos con la lógica y la ciencia nuestras decisiones.
…O eso creemos.

Desgraciadamente, somos productos de nuestro tiempo y vivimos presos de las ideologías imperantes (esas contra las que creemos que nos rebelamos, pero en realidad no).

(Varios días después de escribir esto, María Zapico me ha hecho llegar estas fotos impresionantes. Gracias, de corazón)



Lo dice Diana Aller

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