viernes, 14 de septiembre de 2018

EL AMOR EN OCCIDENTE


¡Qué vacío se siente a veces desde la plenitud!
Cuántos horrores guardamos las personas fuertes.

...Cuántas cosas mal aprendidas nos empujan a la dependencia, al miedo, a la autocompasión más rastrera. Qué horrible la soledad cuando tenemos que decir que es elegida.
Pero luchamos y nos construimos fuertes. Hacemos doscientostreintaitrés cursos de primeros auxilios para prodigarnos autocuidados, protegernos de golpes y heridas. Nos prometemos no volver a caer. 


 Ya sé cómo se pervierte todo después. Sé que la atracción es un anzuelo biológico que hay que controlar para que no vaya a más. Lo sé de sobra. Sé que dar un paso más supone renuncia. Sé también que las relaciones igualitarias no existen. A lo sumo un equilibrio entre partes grandes y pequeñas de dos personas diferentes. Es una utopía preciosa responsabilizarse y comprometerse y a la vez vivir y darse libertad. Es el gran reto imposible por el que luchan civilizaciones históricas y mamíferos de gran formato. Sé que una mujer fuerte es deseada pero no querida y que a muchos tíos les incomoda triunfo, el dinero o el tono altísimo de voz de de las amazonas y luchadoras. Sé que siempre elegirán a una chica sin estridencias, metida hacia dentro y que quede bien en una mesa de navidad. Claro, que también sé que esos mismos tíos se acuestan con mis amigas o sueñan con hacerlo: Con alcohólicas divertidísimas dueñas de su destino, que en lugar de protegerlo en preciosas cajitas de nácar, lo tiran por la ventana un domingo de resaca siciliana. Sé lo que pasa después de discutir: que viene una reconciliación y con ella se refuerza la necesidad y también los roles del esotérico dibujo del amor. Y una y otra discusión perforan a cada pareja, convirtiéndola en dos personajes de ficción que a su vez interpretan un papel cada vez más alejado de lo que les unió hace 8 meses, 3 años, 12 segundos, 4 días y una hora. Sé, porque lo he aprendido, que al principio todo es enigma y nuestro cerebro rellena las incógnitas de ilusión. Entonces las expectativas nos rocían de endorfinas locas ¡Oh, joder.... Joder qué sensación tan soberbia! Es droga el amor. Lo sé. Lo sé de sobra. Droga colombiana y clara. Euforia adictiva. Sé lo que va después. Sé muy bien que tras la primera y el verano, vienen el otoño y el invierno. Y peor, que siempre va a suceder así. ¿A qué intentar salirse de ese pentagrama lineal? Sé que cualquier formato nuevo, no encaja en esta televisión. Sé igualmente que el esquema narrativo tiene que ser presentación, nudo y desenlace y subvertir ese orden diabólico siempre va a estar penado, no hay economía que pueda pagar esos impuestos. 



Qué mierda el amor, cuando es amor. Cuando no hay aniversarios ni suegros, ni enfados ni esperanza. Cuando no hay un otro esperando para cenar, correspondiendo afectos o diciendo por WhatsApp "Buenas noches, me encantas. Hasta mañana. Pienso en ti". 
Qué bien me sé la teoría y cuántas mentiras habré memorizado ya. 

Y luego veo parejas que se abrazan, se besan y se quieren de verdad. Y me pregunto por qué yo no puedo llegar ahí. Qué me falta, qué me sobra, qué debo estudiar y en qué facultad puedo matricularme. Por qué no encajo en nadie. 
Si hay que organizarse a pares por un mandato que desconozco ¿He de quedarme descolgada sólo por no comprenderlo? 
Veo un beso y pienso "Quiero que me besen así a mí". Pero cuando beso a alguien, yo no beso así. Se evaporan como espectros mis amantes. Como si pertenecieran a otro mundo, que es muy visible pero a mí me está vetado. Soy presa de mil maldiciones ancestrales que hoy se llamarían psicoanálisis.


Maldita imposibilidad. Qué feliz soy y qué fuera estoy de esa cartografía occidental del amor. Qué gusto mis desgracias de pija aburrida. Qué bien lamentarme por no encontrar lo que no buscaba. O por perder lo que encontré sin querer.

Y qué reluciente y puro es el amor. Qué bonito, que indómito. Qué cercano parece. Me cago en todo, joder.

Lo dice Diana Aller

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