miércoles, 8 de agosto de 2018

SANTIAGO POR LA TARDE: DESPEDIRSE DE UNA AMIGA

En estas fechas si viajo es para veranear, o para -como en esta ocasión- recoger a mis hijos de su galaico veraneo.
He decidido venir con tiempo a Galicia, para despedirme de una amiga. 
También para reconciliarme con mis ancestros y visitar la tierra de mi padre muerto. 
No creo en el poder de la sangre más allá de las transfusiones. Mi familia es la que me ha tocado sin posibilidad de elección y es difícil saber donde empiezan los afectos y donde el mero síndrome de Estocolmo.
A pesar de todo, esta tierra verde del norte habla bastante de mí, de cómo sin necesidad de abono crece la vida a mi alrededor, frondosa, exuberante, sensual. 

Mis amigos, amantes y familiares algunas veces creen que paso de ellos.
Tengo cercenada la capacidad de reacción afectiva.
Sé mostrar mis sentimientos sin problema, pero me paralizo o huyo cuando detecto confrontación, pérdida o enfado. 
Me importan tanto que no sé actuar.
Nunca he pedido perdón a mis padres. Y eso que les hecho sufrir bastante. Tampoco les he dicho que les quiero. Ni a mis amigos. Esas cosas sólo se dicen en las películas americanas, donde los niños se enfadan porque su padre no va a verlos al partido de baseball. Aquí, en el mundo real decimos “te quiero” de una forma monotónica, aprendida y regalada en la intimidad de la pareja y a veces a los niños porque dicen los psicólogos que hay que reforzar su seguridad.

Pero querer, del verbo amar es algo tan grande y fuerte que no cabe en una frase, que no puede pronunciarse con voz humana o escribirse desde cualquier lenguaje articulado.
Es una ráfaga vandálica del interior de nuestras entrañas, irracional, perfecta, arrebatada.

Conocí a Carmucha en una notaría, que me parece un lugar excelente para conocer a alguien que iba a ser importante en mi biografía.
Antes del boom inmobiliario mi madre me ofreció darme la herencia de mis abuelos, pero sólo si la invertía en algo. Eran los 90 y me dijo “Cómprate un piso, que van a subir mucho. Mira lo caro que está el suelo en París [donde vivía mi hermana]. Te doy el dinero pero por favor, no te lo gastes en ZARA”.
Así que allí estaba yo con menos de 20 años en una notaría con mis futuros vecinos firmando las escrituras de una promoción de viviendas en Chueca, antes de que Chueca fuera Chueca. Antes de que fuera un parque temático.
Sobre todos ellos se alzaba, con un carisma arrollador y una mirada felina y clara, Carmucha, una mujer de más de 60 años que hablaba con unos y otros y protestaba por todo lo “protestable” con un indisimulado acento gallego.

Vivía en Salobreña, Granada, pero según me contó -nos contó a todos- vino a Madrid a visitar a una amiga pintora en la calle Barbieri. Entonces vio el piso en promoción de la calle Infantas y dijo “Qué bien vivir aquí. Me lo compro”. Vendió su anterior casa y compró esta. Más tarde me contaría que anteriormente había ido a visitar a una amiga en Salobreña, se había visto a sí misma en aquel lugar y vendió su anterior propiedad para irse a Granada.

Así era Carmucha: Una, grande y libre.
Ingobernable, resuelta, abierta, decidida.

El ilustre notario iba llamando, entregando llaves y escrituras de forma desmanejada y caótica, con dni´s desordenados en la mesa de su despacho.
Carmucha, con el remango que siempre le caracterizó se puso a protestar. No como se quejan las señoras de cierta edad. Ni siquiera como lo hacen los humanos cuando están molestos. Se puso como un ser mitológico, como un Ares furioso escupiendo fuego desde la garganta.
Exigió que se nos atendiera por orden de llegada y nos fueran liberando conforme acabáramos cada uno.
El notario, achantado y muerto de miedo, la obedeció.

Entonces supe que íbamos a ser amigas.

Carmucha ha vivido mis amores y rupturas sin juzgar, regaba las plantas de marihuana cuando me iba de vacaciones y me bordaba cojines de punto de cruz con mi nombre, con el de mis parejas y los nombres de mis hijos. 
En mi primera boda me propuse cumplir el protocolo de llevar algo viejo, algo nuevo, algo azul y algo prestado. Esto último fueron unos pendientes de oro blanco que me dejó ella.

Carmucha tenía un gato bizco, Pascua, bastante siamés. Pongamos un 83,7% siamés. Y un perrito “palleiro”, Toy. Mi perro Crispín enseguida intimó con ellos, sobre todo con Carmucha a la que idolatraba sobre todas las cosas.
Toy le enseñó a Crispín a rascar la pared antes de cagar, como haciendo fuerza con las patas y el estómago. Pascualín (como le llamaba Carmucha) le enseñó a frotarse por entre las piernas para pedir caricias y comida.

Carmucha año tras año entraba en mi casa con su llave mientras yo estaba trabajando, recogía a Crispín y estaba con él y con sus animales hasta que yo regresaba a casa y le recogía.
Me recibía moviendo el rabito, mostrando mucha felicidad. Incluso parecía que me sonreía. Pero luego al llegar a la puerta de casa se volvía corriendo a la puerta de Carmucha. Quería tenernos juntos a todos, quería estar conmigo pero también con ella.

No sé cuánto dinero pagaría por vivir una sola vez aquello.

Carmucha era la musa del diseñador Jesús del Pozo. Probaba y hacía túnicas sobre su cuerpo elegante y menudo. Como tenía el taller cerca de casa, iba a echarse la siesta al sofá de Carmucha, mientras ella dormía en la cama. Toy se subía a la cama de Carmucha y Crispín al sofá con Jesús del Pozo.

Todos los días Carmucha venía a mi casa e iba yo a la suya, pero nunca nos quedamos más de 5 minutos. Las dos éramos demasiado emancipadas y detestábamos la dependencia. 
Alguna vez paseábamos a los perros juntas, eso sí.
En esos paseos me contaba de sus andanzas o me confesaba datos aterradores que yo desconocía. Me decía “También salen canas ahí abajo” y al ver mi cara de estupor, remataba: “Y no sólo canas. El pelo también se cae, aunque ahora te parezca imposible”.

Nunca nadie me ha explicado estas cosas. No hay un relato íntimo de una generación a otra, no hay vínculo ni grupos de amigas donde medien más de 40 años.

Murió Jesús. Murió Toy.
Carmucha enloqueció.

Salía a la calle sin rumbo y parecía una niña pequeña, perdida y sola.
Se le pasó cuando llegó Froilán a su vida, un perrito con un tío lejano de apellido Terrier.
Crispín le enseñó a Froilán a rascar la pared antes de hacer caca, Pascua a solicitar mimos y alimento rozándose contra las piernas… Y al fin se integró en las rutinas y la vida de Carmucha, que recobró el carácter flojo y fuerte de antaño, como un encefalograma con bajadas y subidas vitales.

Era extraño tener una amiga así. 
Era extraño que una mujer de esa edad no hubiera tenido ni marido ni hijos.
Había trabajado, se había ido a París a vivir (a lo mejor fue a ver a una amiga y se imaginó viviendo allí, no lo sé) y había forjado unas amistades por todas partes. Los domingos alguna vez iba al rastro, solo a veces. Pero sus amigos siempre. Y habían inventado una tradición maravillosa: juntarse después a tomar el aperitivo o la comida o un vino o lo que fuera, en casa de Carmucha. Ella era la anfitriona ideal. Les cuidaba y servía, les daba conversación y hablaba sin permiso de censuras ni buenos tonos. Y cuando se cansaba les decía “Iros ya”, y obedecían y se marchaban.

Carmucha compraba el ¡Hola! cada semana y después de leerlo me lo pasaba a mí. Era muy “devota” de la familia real, porque según decía, su madre le había enseñado a serlo. Defendía a los Borbones como si le importaran, pero no, en realidad le daban igual.

Antes de tener Alzheimer, las conversaciones con Carmucha se fueron tornando más cerradas y repetitivas. Me daba el parte de cómo cuándo y con qué consistencia y volumen había hecho Crispín sus deposiciones y me repetía las mismas frases, como si no quisiera pensar otras nuevas.
Su mejor amigo desde que no tenía a Jesús, era un cura de 32 años que la visitaba a diario.
Carmucha, con su porte aristocrático, sus ojos verdes como ríos gallegos y su bordería fina y chispeante, se hacía mayor.
Murió Pascua después de arrastrarse famélico por entre las piernas de Carmucha. Ni ella sabía los años que tenía ese gato. Se lo regalaron unos niños que ya serían adultos en la puerta de su casa de Salobreña.

Después llegó la enfermedad, monstruosa, cruel, arrasando de menos a más un cerebro y un cuerpo privilegiados por la naturaleza y la cultura occidental. Ponía una cazuela a hervir sin darse cuenta de que tenía otra ya en el fuego; andaba despeinada cuando su coquetería jamás se lo había permitido hasta entonces… Incluso tuve que cambiarle la cerradura porque se dejó las llaves dentro de casa.

Yo estaba en contacto con sus cuidadoras: las de la empresa privada y las de la pública… Hasta que un día cuando fui a verla me dijeron “Carmucha ya no está. Se la han llevado a una residencia”. Y era verdad. Carmucha ya no estaba. Ya no iba a estar nunca más.

Pasaron semanas y meses. Tal vez se pueda contar con años.
Mantuve el contacto con su familia. Un contacto cordial con alguien que no he visto nunca.
Hasta este enero en que murió Crispín. Mi Crispín, tan loco y alterado siempre. A Crispín sí que le dije que le quería, aunque no hacía falta. Le di un abrazo suave y un beso profundo en su pelito suave de cachorro cuando le pusieron la inyección para dormir, previa a la inyección para morir.

Crispín se había ido y Carmucha ya no estaba. 
La vida es una mierda. Una auténtica mierda, joder.

He venido a Galicia a recoger a mis hijos, a solucionar ciertas cosas y a despedirme de Carmucha.

Está en una residencia preciosa con un montón de trabajadores cariñosos y llenos de respeto y amor. Hay plantas y da el sol en el jardín. Pero huele demasiado a muerte y a ausencia.

Carmucha era un poco Carmucha todavía. Pese a estar consumida del todo, mantenía su porte aristocrático, sus ojos verde musgo pontevedrense y su olor a colonia buena. Estaba vestida con gusto y con pendientes de oro blanco, como los que me dejó en mi boda.

Llegué a la hora de la merienda, mientras ella masticaba y tragaba perfectamente las galletas machacadas en leche que le daban.
No me conoció. O igual sí, no sé.
No hablaba. Le preguntaban las cuidadoras “¿La conoces?”; “¿Sabes quién es?” y también “¿Te duele algo?” pero ella no respondía. Lanzaba sus ojos a un punto que no estaba ahí y a ratos a la realidad.
Sólo cuando le dijeron “¿Carmucha? ¿Carmucha?” ella con el poco genio que le quedaba dijo gritando enfadada como si se dirigiera un notario desordenado ¡¿Qué?!
Después la subimos a una silla de ruedas y me senté con ella en una galería acristalada llena de luz y macetas.

Le dije todo lo que no le he dicho nunca.
Todo lo que no le he dicho a nadie.
Lo que nos deberíamos decir a diario.

Le di las gracias por haber sido un referente en mi vida, por haberme cuidado cuando creía que tenía gripe A y resultó ser una vulgar sinusitis, por haber querido a Crispín, por haber estado a mi lado sin juzgar, por haberme contado qué es ser mayor. Y sobre todo por ser mi amiga.
Por ser amigas.

Yo la abrazaba llorando, explicándole todo lo que la echo de menos, todo lo que me falta, lo que ha sido. Le dije “te quiero Carmucha. Te quiero” y entonces ella se puso a llorar.

Daría yo qué sé por escucharla una vez más, por sentir que nos tenemos, que somos amigas.
Pero ella ya no está.

Volví andando y llorando desde Teo a Santiago. Casi dos horas que me convirtieron en la peregrina más rara de 2018.
Es horrible decir adiós y que sea para siempre. Es horrible que nos ahogue esta mortalidad insultante. Y que se conviertan en verdades todos los tópicos de “No somos nada” o “Hay que disfrutar la vida”. Porque no queremos creerlo. Es demasiado terrible llorar una ausencia porque es demasiado grande el amor.

Duele tanto…



Pido perdón por mi aparente frialdad con mis allegados. Prometo enmendarme.
Voy a dar las gracias siempre. 
Hay que quererse, hay que sentirlo, hay que decirlo.
La vida es esto. Esto de aquí que se escapa por entre nuestras manos. Sólo nos queda vivirla.



Lo dice Diana Aller

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