martes, 10 de julio de 2018

¿QUÉ LE IMPORTA AL ESTADO LO QUE TENGO ENTRE LAS PIERNAS?

Al abordar el binarismo de género, desde siempre hay una desincronía atroz y ofensiva entre la teoría académica (de la medicina, la política, la psicología, las ciencias sociales, etc) y el activismo de la calle, que elabora un discurso notablemente más avanzado y certero, desde la demanda social.


En nuestra civilización se entiende que hay dos géneros: masculino y femenino. Esta dualidad obvia a intersexuales, agéneros, trans o fluidos y construye solo dos identidades excluyentes la una de la otra. 
(Creo que a estas alturas a nadie se le ocurriría decir, por ejemplo, que hay 3 razas en el mundo: blanca, negra y amarilla y sólo se puede pertenecer a una).

Desde el activismo, y concretamente desde los márgenes de los colectivos LGTBIQ+ se lleva años luchando por la inclusión de identidades de género no binarias en el relato teórico. Son movimientos minoritarios, todavía marginales, y sin demasiados referentes académicos (Simone de Beauvoir “abrió el melón” al decir que se aprende a ser mujer y esta idea de “aprender en y desde el genero” la retomaron Deleuze, Derrida, Foucault o Judith Butler para terminar -Paul B. Preciado- definiendo el género como una “ficción política encarnada”).

El academicismo, siempre desde la cis-heteronorma, legitima una imagen higienizada de las identidades de género. Como mucho, comprende y acepta a gays y lesbianas, pero espera de ellos que se adapten a la visión binaria y estrecha que se promociona tradicionalmente: hombres masculinos y mujeres femeninas (y mejor cuanto más guapos y ricos sean, claro).
Las reivindicaciones de travestis, latinos, lesbianas masculinizadas, trans, maricas con pluma, obesos, etc, se quedan fuera de esta visión heteronormativa y profundamente fascista.

El género binario es una de las mayores opresiones (si no la mayor) que existe en nuestra civilización, y sin embargo, se considera como algo marginal esta lucha desde la disidencia.

La teoría Queer, que recoge estas demandas sociales del género, es relativamente nueva, y aun siendo atinada en su enfoque, todavía tiene mucho recorrido por delante y ciertos escollos -en los que no me voy a detener ahora- por resolver.

En cualquier caso, y por lo que hoy me siento frente a mi portátil es para lanzar una propuesta, que dados mis escasos medios, es lo único que se me ocurre hacer al respecto.

Puedo entender (aunque no comparta) la diferenciación de género. Puedo comprender que las familias o los médicos decidan qué género debe tener un sujeto intersexual (aunque me parezca una atrocidad). Y puedo advertir que se defina el género conforme a unos genitales (aunque en absoluto estaré de acuerdo con esto).

Pero lo que no tiene ningún sentido a día de hoy, es que en nuestro dni ponga si pertenecemos a un género o a otro, de la misma forma que no tendría lugar decir a qué raza pertenecemos.

Primero: Porque excluye a realidades intersexuales, agénero, trans, etc.
Segundo: Porque se entiende como una categoría estrictamente genital que no tiene porqué corresponderse con el género del sujeto.
Y tercero: Porque en una sociedad que aspira a ser igualitaria no debería tener relevancia ninguna el género de cada individuo. ¿Qué le importa al estado si me leo como hombre, como mujer, como ambas cosas o como ninguna? ¿En qué afecta y en qué importa para tener que llevarlo grabado en un documento de identidad?

Por eso, he creado este Change. org Es el primer paso que se me ha ocurrido para intentar pedir a quien corresponda la supresión de la categoría de género en el DNI. Pero estoy abierta a cualquier otra forma de lucha en este sentido y gustosa escucharía propuestas.
Si en algo comulgan con esta idea, les ruego que firmen, tal vez así consigamos llamar la atención sobre otras realidades del género, mermar las injusticias ligadas a los roles sociales de masculinidad y feminidad y construir un mundo más igualitario y diverso.
Gracias.


Lo dice Diana Aller

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