miércoles, 18 de julio de 2018

LOS JARDINES

A vuestra edad imaginaba una vida ideal, cincelada de sueños importados de Hollywood. Pensaba un futuro perfecto, mío o de cualquiera: universal, con filtro Valencia, posible, bonito. Imaginaba que las relaciones eran monógamas y heterosexuales, que el esfuerzo tenía recompensa y la maldad contenía dentro su propio castigo.
Y el ideal de un hogar era una casa con jardín.



El jardín era indispensable en esa visión certera de la perfección vital.
Un jardín para cuidar, con plantas y puede que animales. Un seto frondoso, un rosal en un rincón... Tal vez incluso un pequeño huertecito con tomates y hierbas aromáticas.
La visión de un jardín me resultaba apaciguante, romántica, hogareña.
¿Qué podría haber mejor que mirar a través de la ventana mojada, la lluvia sobre el jardín? Los otoños  pausados y recogidos, y las primaveras embriagadoras, vivaces y desatadas.
Esa imagen de un jardín propio, no sólo para mí, era una utopía. Los dibujos infantiles están llenos de casas con jardín, la calma adulta se representa en un jardín y pareciera que la estabilidad mental se encuentra más fácilmente en un jardín.
El jardín es una meta, una aspiración, un sueño asumible... El jardín es la representación inocente de nuestras aspiraciones.



...Y como toda inocencia rebosa perversión:

El jardín en nuestra proyección puramente espiritual es en realidad un sucio símbolo de estatus y egolatría.
Una casa con jardín no es una casa con jardín: es una propiedad con naturaleza cercada para nuestro uso y disfrute. Es la soledad más absoluta, es el "tener" frente al "ser". Es la traición a nuestra propia sustancia mamífera. Es el hogar que se hacen los políticos cuando se olvidan del bien común. Es el condicional simple transmutado a presente continuo.


Un jardín propio es un pedazo de tierra que trabajar, que abonar, que decorar. Hemos de convertirnos en jornaleros de nuestra tierra, en mano de obra cualificada por la que nadie nos paga. Es más, pagamos en esfuerzo y euros por un pedazo de suelo que creemos que nos pertenece. Pero ¿Acaso nos pertenecen las estrellas que hay sobre nuestras hediondas cabezas? Un suelo con raíces, seres microscópicos, hierbas secas, hormigas... Retazos de naturaleza que nos empeñamos en considerar propiedades. Porque en nuestro jardín adulto y pagado hay derecho de admisión. Sólo entra quien nosotros queremos. Si es florido y hermoso como el mes de mayo, vendrá un jardinero a cuidarlo a cambio de parte de nuestro jornal, que tanto cuesta acumular. Si tiene piscina, requiere depuradora y cuidados. De nuevo dinero y preocupación. ¿Y si ponemos una parrilla para hacer barbacoas? Más tiempo y dinero que invertir en nuestro jardín que es sólo nuestro. Sólo nuestro. A nuestro jardín privado no vienen desconocidos inesperados. Sólo quienes decidimos en nuestra mierda de exclusividad pagada a plazos hipotecarios. Podemos celebrar cumpleaños o poner un árbol de navidad: así celebraremos nuestra soledad mugrienta y nuestra felicidad de primero de económicas. Una valla, un muro o una cerca separa lo mío de lo de los demás; lo propio de lo ajeno. Pero es por seguridad ¿eh? Porque en las roñosas estadísticas del capitalismo, lo que hay fuera es peligro y lo que hay dentro es seguro. Mi jardín anexo a mi casa, es también anexo a mi alma pequeña que necesita salir y admirarse de las posesiones y pertenencias que consigo acumular en mi vida finita y mortal. Porque para eso sirve una casa con jardín, para salir a respirar y admirarse de nuestra propia melancolía sin acompañamiento, de esa nostalgia aprendida que nos promete acercarnos la felicidad, que siempre es inalcanzable. Nuestro jardín es nuestro.

Y de nadie más.



En el parque del Oeste de Madrid hay mesas con bancos anclados en el suelo. También estatuas de personajes que no sabemos ni quiénes son. Y mucho césped. Hay plantas, hormigas y una vez en octubre vimos caracoles ¿Os acordáis? Igual no, porque erais muy pequeños.
Desde siempre nos gusta ir allí. A veces a celebrar cumpleaños, a veces a pasear o a hacer un picnic. Siempre suceden aventuras inesperadas, hay gente exótica que habla idiomas que no comprendemos, parejas que se besan como si lo fueran a prohibir, ancianitas que sujetan el mismo bolso desde hace 19 años... Incluso hay jardineros que saludan amables cuando nos ven leyendo recostados en una toalla.


Nunca nos ha gustado demasiado la naturaleza. A mí sobretodo me impresiona la mano del hombre, no la de Dios. La arquitectura, la música: obras sofisticadas que se yerguen para solaz de los humanos... Pero los parques y jardines tienen un poco de naturaleza divina y algo de artificio humano. El trazado es una proyección de alguien, de algunos, que decidieron reservar un trocito de suelo para que lo pudiéramos compartir en armonía.
Porque los jardines públicos son para todos. De todos.


El Parque del Oeste y el del Retiro, son nuestros. Nos pertenecen como nuestra piel, que nos es prestada durante nuestra estancia en este planeta. No pagamos por ellos, simplemente los podemos disfrutar: los jardines, los cuerpos... Emanan una belleza indómita que nos empeñamos en contener. Y celebramos fiestas y vivimos amores que creemos que durarán siempre. Todo sucede en los jardines sin vallas ni muros ni cercas. Jardines que no pagamos, que trabajan otros y donde podemos conocer gentes e historias increíbles. Todo es posible en un jardín público. Cualquier cosa puede suceder. Los jardines son nuestra extensión natural cuando disfrutamos de ellos. La posibilidad es futuro, es ilusión. Y es gratuita y universal. De todos. Para todos.


Gracias, hijos míos, por enseñarme tanto, por tener conversaciones tan fascinantes y hacerme ver la torpeza y necedad de los adultos en su relación con el mundo.
Nunca tendremos una casa con jardín privado, pero jamás nos privaremos de los jardines públicos.

Lo dice Diana Aller

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