miércoles, 27 de junio de 2018

ESO DE LOS PERMISOS IGUALES PARA MADRES Y PADRES ME PARECE UN DESATINO




En la transición democrática de España sucedió una cosa espantosa y misógina que sin embargo a día de hoy se sigue leyendo como un logro feminista. Se hablaba de libertad, pero en realidad se abría una brecha horrible entre el género masculino y el femenino (antes no había más). Me refiero al DESTAPE. Hoy nos puede hacer cierta gracia -ya saben qué bien vende la nostalgia y lo retro, que desde el presente se percibe siempre con inocencia- pero a mí me parece un dramita bastante gordo.

Las mujeres jóvenes eran obligadas a desnudarse por exigencias de un caprichoso guión de un cine que por supuesto escribían, dirigían y consumían hombres. Muchos de ellos pasaron a la historia de la cultura con un intachable prestigio. Ellas tuvieron que limpiar su imagen con desigual fortuna, pero el ser "mito erótico" no les sirvió más que para enfangarse de cara a los demás. Su misión era estar al servicio del placer masculino. (Los cuerpos de las mujeres estaban para el beneficio masculino).



Unos años después se popularizó masivamente la PÍLDORA ANTICONCEPTIVA. De nuevo se vendía como un triunfo feminista. Se trataba de alterar nuestro sistema hormonal, a veces con cuestiones tan peregrinas como "mejorar la calidad capilar" con depresiones, ansiedad, cambios de humor y tantas otras dolencias físicas, para "tener la libertad" de practicar sexo con hombres sin quedar embarazada. (Ya que hoy estoy tratando temas tan impopulares, recuérdenme que les hable del descrédito organizado hacia los métodos anticonceptivos naturales; que nos alejan del consumo y la mercadotecnia, y sobre todo, del conocimiento de nuestros propios cuerpos. Métodos que tienen que ver directamente con la ciencia femenina comúnmente tachada de hechicería). Por supuesto, la píldora masculina no prospera, porque ellos no van a pasar por eso. (Los cuerpos de las mujeres son para beneficio masculino).


Y así llegamos a 2018, donde se ha votado en el congreso la propuesta de igualar permisos de maternidad y paternidad. De nuevo se nos vende como un triunfo feminista y encima con unanimidad de todos los partidos políticos. A priori parece un adelanto en pos de la libertad, como lo era mostrar desnudos en el cine o  controlar la natalidad con una pastilla. En su día lo planteó Podemos en una proposición de ley y hace unas horas la idea de igualar permisos de paternidad a los de maternidad hasta las 16 semanas de forma intransferible y remunerada al 100%, ha sido apoyada por todos los grupos.


Y aquí llegamos las locas de siempre -ya saben ustedes: histéricas o feminazis, cuando no madres alienadas que (pobrecitas) nos hemos jodido la vida y el cuerpo pariendo-.
La posible confusión (o bien de una abrumadora mayoría o más probablemente mía) viene de la acepción tradicional del feminismo, que desde la óptica capitalista, alumbró la idea de la maternidad como estigma, como tara económica, como menoscabo del sistema económico.
Desde plateas feministas se sigue dando por sentado que la maternidad es una forma de control sobre las mujeres, que con ella las mujeres se apartan del mundo laboral, económico o intelectual.

La maternidad en nuestra época se entiende de una forma perversa, absurda, incapacitante... Y lo más terrible: en soledad y con ofensivas y constantes muestras de misoginia.
El foco de nuestra sociedad no está en crear y formar individuos de la mejor forma posible, si no en extraer de ellos una fuerza de trabajo y un capital mejor cuanto mayor sea.

Recordemos que lo que se pretende es igualar el permiso paternal -de los padres- al supuesto  privilegio del permiso maternal. He aquí la trampa con la que topamos:
Bajo el epígrafe "¿No queréis igualdad? Pues toma" se desestima que vivimos en una sociedad estructuralmente injusta que ayuda, proyecta y soluciona antes a los ricos que a los pobres y antes a los varones que a las mujeres. La "igualdad" de permisos paternales no tiene en cuenta que hay familias no bi parentales, que los sueldos de las mujeres son sustancialmente más bajos o que -de nuevo- el monstruoso capitalismo impide de sibilinas y retorcidas formas la lactancia durante los primeros años de vida, tan necesaria y silenciada para crear individuos resilientes, sanos y empáticos. (Recuérdenme también que hable de lactivismo próximamente).

Pero esas personas del congreso no son madres agobiadas, aisladas en un sistema cerril que las separa y parcela y les obliga a consumir y a desear "soltar" a los niños en una guardería o en un zoo o en una cuneta... (También les tengo que hablar otro día de las atrocidades niñofóbicas de nuestra sociedad: Gente que se descojona al decir "odio a los niños, qué asco" pero que encarcelaría a quien en lugar de "niño" dijera "negro").

Las mujeres que gestan, paren y crían, están desconectadas del tejido social, centradas en comprar estupideces que no necesitan sus bebés en El Corte Inglés y obsesionadas con miedos irracionales en un mundo asfixiante y pequeño, repleto consejos de pediatras, fotos de sus cachorros en redes sociales y fregando los baños cuando al fin éstos se acuestan.

Llámenme loca -lo acepto de muy buen grado- pero aquí veo que una vez más los cuerpos de las mujeres son para beneficio masculino.
Me encantaría hablarles a ustedes de la atávica -y natural- envidia masculina por la capacidad de gestar y parir (mientras se populariza esa chorrada de la envidia al falo ¿Para qué quiero yo un falo? Me quedaría fatal). Me encantaría meterme en las ponzoñas jurídicas que llevo evitando toda la vida (Mi familia quería que fuera notaria o registradora de la propiedad) para comprender el alcance legal de todo esto. Me encantaría hablar con propiedad desde el feminismo, pero les aseguro que a este respecto soy bastante inepta.
...Pero sobre todo, me gustaría ser Patricia Merino Murga, que firma este texto de Píkara Magacine donde explica magistralmente todo lo que yo quisiera contarles aquí, pero me falta discurso (y tiempo también).


Deseo ante todo, que nadie se ofenda con este texto. Pido perdón de antemano si así sucediera y agradeceré profundamente otras miras y paradigmas.
Para mí la maternidad no sólo tiene un valor extrínseco, social y humano. Para mí, es una fuente de sabiduría, una excusa para generar comunidades y tribus, un inagotable manantial de placer y una oportunidad fascinante de conectar con la espiritualidad y salir del aquí y el ahora. De hecho, ser madre (junto con aquella vez que me encontré 50 euros en una cabina telefónica) es lo mejor que me ha pasado en la vida. Lo tengo clarísimo.

Lo dice Diana Aller

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