martes, 17 de octubre de 2017

ME HE COMPRADO UN DESPERTADOR

(Aviso que toda esta parrafada se resume en "Me he comprado un despertador". Lo advierto por si usted tiene faena).

Tendemos a resumir nuestra biografía en ciertos datos concretos que consideramos importantes. Al conocer a alguien en Tinder, por ejemplo, se suele preguntar por el trabajo. ¿Qué dice el trabajo de nosotros? En realidad son los detalles, las rutinas y las pequeñeces lo que nos humaniza y distingue...
Y voy más allá: No es tanto lo que nos ocurre como la forma en la que nos ocurre. Me da igual una historia concreta; lo que quiero es que me la cuenten de una forma sugerente y única.
Hoy me dispongo a contar una nimiedad, de esas que tal vez a ustedes les parezca una mierda seca, pero que supone un pudoroso desnudo integral por mi parte:

Hace casi 3 años pasé una muy mala racha en cuanto a tecnología... En 4 meses tuve 5 móviles y cuando me compré el sexto me prometí que me duraría. Lo cuidaría como una relación preciada, como un amante creativo, como mi garganta en invierno. Decidí que si lo perdía o se estropeaba, no volvería a tener móvil. Porque el destino me estaba suplicando de una forma nada sutil que cambiara de vida. Que no necesitaba un apósito inteligente que me traicionara geolocalizándome, manteniéndome disponible para todo y todos. La vida por caótica que sea, nos alerta con señales claras para abrazar el equilibrio. Perder y romper uno tras otro móvil era un signo certero y resolví tomar la decisión de comprar el último en un par de años.
En la Fnac se debían creer que traficaba con los terminales bq que compraba una y otra vez (Siempre esta marca porque las roturas eran fortuitas y la relación precio calidad es admirable). Cuando salí de comprarme el bq acuaris A4.5 me sentí derrotada. Como si fuera a combatir a una guerra que tenía perdida de antemano. Como si traicionara a mi madre. Como si fuera una inútil incapaz de mantener algo en mi vida. No tenía (ni tengo) pareja estable, no tenía (ni tengo) trabajo estable ¡Ni un móvil estable era capaz de tener!
Mi vida era pura fachada. Decía luchar por la libertad en toda su abstracción, pero tal vez fuera todo un escudo, una coartada. Mi incapacidad para afrontar rutinas era el motor de mi vida. Mi amigo Pepillo, tan ferviente creyente del psicoanálisis, diría que yo perdía o dejaba caer los móviles de forma inconsciente.


Mi vida era pura represión. En el fondo anhelaba ser funcionaria, tener un marido harto de follarme y cargar siempre con un puto iPhone. Si eso es la satisfacción ¿Por qué yo me resistía a ella? Me había fabricado teorías casi esperpénticas para justificar mi empeño de ir contracorriente.
Y ahí estaba yo, metiendo la tarjeta SIM (esa que no se debe tocar mucho, pero da igual porque muy manoseada también funciona) en mi bq blanco y reluciente.
Cuidaba mi móvil con temeroso mimo porque sabía que sería el último. Era como la política de un solo hijo de China, como un emperador mimado, estéril y tonto.

Y pasaron los días y las semanas. Pasaron los meses, los fríos y el calor. Me acostumbré a mi bq como quien se acostumbra a una postura sexual: Me solucionaba. Me resultaba cómodo, agradable y dejé de cuidarlo como si fuera de cristal de Bohemia.
Pasó el sol desértico madrileño, el otoño romántico y gris espeso y de nuevo el frío cortante y urbano. Mi móvil y yo cumplimos un año de relación.

Almacené fotos tontas y canciones bonitas, envié emoticonos a mi madre, compartí artículos, reservé hora en mi centro de fisioterapia, leí textos emotivos, estados de Raquel Piñeiro, inspiradas críticas de  desfiles de Carmen Mañana, subí fotos con filtro Valencia a mi Instagram, recibí declaraciones de amor y de la renta... Y mi vida podría parecer un anuncio de Orange, totalmente conectada con un mundo en constante cambio.
Como todas las relaciones sanas, mi móvil y yo establecimos unas pautas de necesidad y un conocimiento mutuo, casi sin darnos cuenta.
Cuando, por vicisitudes de la vida, acababa de madrugada notablemente perjudicada en Alcalá de Henares, un aviso en la pantalla anunciaba maternal: "Diana, en 35 minutos sale el último autobús a Madrid". Y me hacía pensar "Es verdad... Tengo más de 40 años, ni tengo coche ni sé conducir ¿Qué estoy haciendo con mi vida?"
Mi móvil nunca me diría "Eres una desgraciada, es martes y estás ciega cual piojo: búscate un trabajo normal". Él era tenue, perspicaz, cariñoso. Me decía los pasos que caminaba al día, me ponía al corriente de notificaciones y mails o me encontraba rutas para llegar a un bar donde se celebraba un cumpleaños.
Me confié.


(La foto de Debbie Harry es porque me mola. Sin más)

Pasaron más días, más semanas y más meses con sus fríos, lluvias y sofocantes calores.
Mi móvil y yo cumplimos al fin los dos años juntos. Toda una proeza después del descalabro digital que había vivido.
Todo iba bien hasta que este verano mi bq me dio un susto al reiniciarse solo y tardar casi media hora en actualizarse.
Fue una especie de aviso, una nota de obsolescencia programada que me anunciaba que su salud ya no era joven y lozana. Un poco como la mía.
Se recuperó bien. También como yo suelo hacer.
La batería cada vez duraba menos y todo iba un poco más lento.
Hace una semana le dio un ictus a mi móvil. La pantalla no respondía. Sólo podía dar al botón de apagar/encender.
Sentí ese frío sórdido de soledad inútil. Esa incomodidad primermundista y absurda de sentirme desamparada, como si las amenazas fueran otras al no tener móvil.
Incluso estuve tentada a poner en Facebook ese mensaje penoso que a nadie importa más que al interesado de "Estoy sin móvil, cualquier cosa, por aquí". Pero no lo hice. No tenía trascendencia estar sin movil. Sólo para mí y mi debilidad intelectual, especialmente maltrecha durante 24 horas. Cuando al fin se gastó toda la batería, con un extraño cariño más cercano a la necesidad egoísta que al amor, enchufé el cargador: Mi amigo se encendió, estuvo un buen rato actualizando y finalmente volvió en sí sin apenas secuelas. Sólo una batería cada vez más voraz.


Como me considero una mujer de recursos, fui a un establecimiento del ramo (qué preciosidad de expresión: "del ramo") y cambié la batería. Yo no, un joven de rasgos asiáticos. Abrió con soltura las vísceras de mi pequeño compañero y le transplantó su nuevo corazón.
Miré mi móvil, mi ya viejo móvil. Iba a luchar por él, se lo debía. Había aguantado mucho más que sus 5 predecesores, habíamos establecido una relación formal y respetuosa y me había hecho creer que soy idealista, que mi vida no es un desastre sino una lucha moral. Es más, que me apoyaba.
Y yo le iba a apoyar a él ¿Qué menos?

Arrastra una extraña secuela, sólo una: el reloj se queda de cuando en cuando parado, como si no quisiera que el tiempo, los días, las semanas, el calor y el frío pasaran por él. Es sólo una pequeña extravagancia... Y yo se la voy a permitir.
Me levanto todos los días de diario a las 7:45. Ahí el despertador del móvil me arranca de los sueños y me lleva a una vigilia cada vez más gastada y conocida. Pero en estos últimos días me he despertado yo sola. Mi cerebro me alertaba de que me esperaban mil batallas pequeñas y unos cuantos disgustos insignificantes y domésticos... El reloj de mi bq se "saltaba" el tiempo del despertador y se actualizaba después...

No podía dejar a mi cerebro como único responsable de levantarme a la hora. Soy una inválida sin tecnología digital. Reconozco mi necesidad y adicción y además la acepto gustosa.
Por eso tomé una decisión drástica y única: Me compraría un despertador.

En uno de esos paseos de fin de semana en los que confluyen recados, compra, urgencia consumista y relax laboral, pasé por una tienda de tecnología digital y analógica. En plena calle Fuencarral divisé un establecimiento con forma de túnel con las paredes rebosantes de artículos con números y carcasas. Encontré en seguida una estantería con despertadores. Despertadores. ¿Quién compra hoy despertadores? ¿A mucha gente le envejece el móvil y no lo quiere jubilar? ¿Hay abuelitos que no tienen móvil? ¿Para qué querrían madrugar?
Había un poso de tristeza hondo y ceniciento en esa balda polvorienta. Como suspendida en un olvido capitalista, se alzaba una ristra de despertadores olvidados por la tecnología, relegados a ese nicho y limbo de consumo en el que sobreviven buzones, cabinas de teléfono o casetes BASF. El mundo se ha vuelto vertiginoso y utilitarista. Mucho Instagram y mucho filtro, pero la belleza romántica de la sociedad analógica nos pasa desapercibida. Nuestras retinas obvian los cimientos intelectuales que nos han moldeado.

Una mujer con acento del norte me preguntó qué buscaba. "Un despertador" le dije decidida y me respondió que sólo tenían despertadores de viaje. El concepto "despertador de viaje" resuena en mi mente desde el sábado sin parar. Con reverb, con flangger, con delay y eco. ¡Despertador de viaje! Dan ganas de viajar a 1996, ser joven y tonta, sufrir por amor y necesitar un despertador de viaje. ¡Madre mía, qué concepto tan soberbio y cuántas cosas egregias encierra!


La conversación con la mujer fue de un costumbrismo olvidado y tierno que de verdad necesitaba. Me contó que era de un pueblecito cercano a Llanes, que en verano se llenaba de madrileños. Yo le comenté que me apellidaba Aller, que es un concejo asturiano. Y para qué queremos más: Estuve casi media hora de charla con aquella galante mujer. Ella no sabía colocar las pilas ni poner en hora el despertador, eso sabían sus hijos, pero venían luego.
Pagué con la tarjeta de crédito, porque el datáfono sí que sabía cómo funcionaba, me dijo que había aprendido hacía poco.
Metió el despertador en su cajita, pegó con celo la garantía y cuando me ofreció una bolsa rehusé: "No es necesario" le dije.
Las bolsas de plástico se han convertido en una plaga sucia e innecesaria. Debemos evitarlas, sustituirlas, reciclarlas. Son una extraña herencia de un mundo poco sostenible, perezoso y extrañamente pragmático. Como la sociedad norteamericana, como una gasolinera o Arévalo: Cosas que no tienen sentido estético pero ahí están.
Marché de la tienda con el despertador en mi mochila sabiendo que una nueva etapa vital se alzaba ante mí.


Las instrucciones eran casi tan tan extensas como las de mi portátil y sólo faltaba el esperanto entre todos los idiomas a los que estaban traducidas. Puse las pilas, quité el precinto, me instruí sobre el funcionamiento y puse el reloj en hora.
Sentí esa satisfacción ególatra y llena de autoestima tonta que da el conocimiento, el verme sabedora y capaz de algo sin ayuda. Comprendía un reloj. Estaba preparada para programar la hora del despertador.
Firme y decidida, puse 7.45 en el dispositivo y coloqué el despertador en mi mesilla. Me gusta verlo ahí. Discreto, blanco y abatible.



(Sí, tengo gotelé. Y sí, tengo un portarollos y papel higiénico en mi cama. No es muy estético, pero sí profundamente útil. Piénsenlo. Bueno, mejor tampoco lo piensen demasiado).

El despertador sonó el domingo por primera vez.
La primera de muchas veces.
Tengo un despertador. Un despertador de viaje.
Estoy trabajando en un programa de televisión que me ocupará unas semanas, alterno amantes (pocos, la verdad) y sigo pensando en la libertad como meta vital e imposible utopía.

Mi móvil me observa y acompaña. Sabe que lo voy a cuidar, que siento respeto hacia los objetos inanimados. Y en su caso un cariño inerte pero geográficamente escarpado y pasional. No funciona bien del todo, pero somos como esas parejas que por pereza no rompen. Ya nos hemos hecho el uno al otro y nos compensa. Es un amor de necesidad, accidental pero honesto.

Cuando mi bq muera del todo, compraré uno nuevo. Pero seguiré usando mi despertador. Iré encadenando tecnología que me recuerde mi soledad, cuando no mi invalidez sentimental. Morirá mi móvil y me recordará que yo también me apagaré algún día. Y cada mañana me despertará mi pequeño aparato hasta que su vida útil, que es su vida, finalice. Ha venido para quedarse. Quiero agarrarme a los flecos analógicos que cuelgan en mi existencia. Quiero pensar que éstas son las cosas importantes de la vida. Porque lo son.

Cuando alguien me confiesa un secreto o algo personal, demasiadas veces me dicen "Pero no cuentes esto en tu blog ¿eh?" Como si me interesaran los datos jugosos o los chismes. No amigos, son las tragedias cotidianas y las alegrías pequeñas las que merecen la atención. Y cada vez más, me da igual lo que me cuenten. Lo que me importa es cómo lo hagan.

Hoy me he vuelto a despertar sola, una hora antes de que suene mi despertador. Entraba el primer frío de este otoño en mi casa. He pensado que a mi móvil bq y a mí nos queda un día menos de vida, y que lo iba a aprovechar con él. Puede que el apego a la inteligencia inerte sea inútil; pero a mí me llena. Bastante además.

Lo dice Diana Aller


5 comentarios :

sulfur dijo...

por favor, cuenta la historia de los conejitos de la mesilla de noche.

Anita Patata Frita dijo...

Me ha encantado, tal cual.

alakazaam! dijo...

De lo mejor que te he leído en meses (y no escribes poco) . Y en actitud ante la vida 12 sobre 10.

<3

Riberaine dijo...

Deberías dar clases de algo ,solo tu consigues que lea un texto tan largo .

bea dijo...

Buenísimo