lunes, 3 de octubre de 2016

UNA PARTE DE MI VIDA

Hace un tiempo comencé a escribir mi autobiografía, algo que a priori no tiene demasiado interés más que para mi descendencia. Sin embargo hoy la he encontrado, perdida por mi ordenador, y me he decidido a copiar aquí un trozo. Espero que les guste:

Además de la masturbación, la música y la tele, ahora tenía otra ventana al mundo: a los horizontes madrileños. Veía el parque de atracciones, el ejército del aire, torres blancas, la Torre de Valencia, el edificio Windsor, Plaza de Castilla e incluso montañas casi siempre nevadas al fondo. Siempre he sentido cierta envidia de quienes dicen haber tenido infancias muy felices, que invariablemente alegan que se criaron en la calle. Esa privación del espacio público a mí me supuso un engorro importante: Yo no sabía nadar, no sabía montar en bici... No sabía hacer las cosas que hacen los niños.

La geografía urbana actual se sustenta en modelos arquitectónicos cerrados, en el feudalismo cutre de la propiedad privada, en el boom del ladrillo. La edificación estrella es la urbanización. Familias que se hacinan en torno a un espacio común, cerrado y generalmente inaccesible para el que no es propietario o amigo de propietario. Se trata de una arquitectura cerrada, práctica y excluyente. Las urbanizaciones, cual fortalezas en serie, se yerguen orgullosas y cerriles a lo largo y ancho de cada localidad.

Cada pequeño propietario, agasajado con sinónimos biensonantes de "inversor", se siente amo y señor de un feudo amargo y solitario. De hecho es muy raro poder asumir una deuda hipotecaria con un solo sueldo, lo que conlleva el compromiso capitalista, generalmente con la pareja sentimental. Y las hipotecas, tal y como están las cosas en España, se alargan bastante más que el amor a lo largo del tiempo. El piso de la urbanización se convierte entonces en una ratonera sentimental, en un vertedero de afectos, de familias desengañadas, que aguantan porque no tienen escapatoria, y porque el modelo que sin saberlo se han impuesto creyéndose libres, los encadena a un banco, a una descendencia, a una casa y a una pareja estable. Salir de todo ello es como salir del alcohol, el caballo y el tabaco a la vez. La urbanización, como averno neurálgico de nuestra sociedad ombliguista, abraza con sus pecaminosos tentáculos a individuos adocenados, incapacitados de ver la salida de tan compleja estructura. Adultos rodeados de su propia miseria, de frustración, de pistas de paddle, tarima flotante y primeras calidades.

Lo que ocurre de puertas hacia fuera es un mundo sórdido y lleno de peligro: los informativos dan florida cuenta de atracos, pederastas y aparatosos accidentes... Se invita a comprar seguridad, alarmas y suplementos vitamínicos. Las familias, esos núcleos humanos no elegidos, se tienen que soportar y hacer fuertes conjuntamente en el territorio que dentro de muchos años terminarán de pagar. El sistema, siempre hambriento y devorador ofertará miedo y venderá seguridad; atrapará de por vida a un montón de infelices que se creen inversores, ávidos superhéroes y burgueses acomodados, llevando la más miserable de las existencias. Con sus gimnasios cutres, su piscina y su garaje, con sus deseos no consumados, con sus vacaciones en la Comunidad Valenciana.

Los individuos se juntarán solo con sus iguales, con clase trabajadora y aspiracional, con gente con nómina, hipoteca, pareja estable y coche, todo en el mismo esquema lineal de podredumbre contenido entre los muros de la urbanización. Cerrados a la cultura, al mestizaje, a los espacios públicos, al olor embriagador de la libertad, a la improvisación.

La urbanización propone una vida reglada, bienpensante, esclava. Un sistema del que los hijos deben aprender y perpetuarán ordenadamente. Niños que bajan al jardín cuando hace sol, que viven grandes aventuras en los mismos metros cuadrados día tras día, año tras año. Niños privados de mucho, dentro de una propiedad privada de todo.
Quienes crezcan en estas luciferinas edificaciones padecerán parecida infancia a la mía: recortada del tejido social, autónoma, ficcionada, temerosa.

El urbanismo post crisis está compuesto por ciudadanos cautivos de sus hipotecas, sus miedos y sus mundos reducidos. Estos trozos de ciudad hacen que la gente se relacione solo consigo misma y con sus iguales, produce una segregación social que a la larga genera desconocimiento y miedo a lo otro. Los lugares de encuentro ya no son las plazas a las que se accede caminando. Ahora son las gasolineras y los centros comerciales, lugares de paso donde no da tiempo a interacciones, solo a consumir, y dependiendo del transporte privado.

España se ha llenado de guettos sin relación, sin proyecto común, sin herencia colectiva. 


Yo jugaba casi siempre sola. Con muñecas diminutas. Siempre féminas. También disfrutaba dibujando en papel cuadriculado planos de internados, cárceles, conventos y sectas. Me fascinaba el hacinamiento ordenado. Diseñaba dormitorios mínimos e individuales, una plaza central donde socializar y desempeñar labores de trueque, deporte y organización. Y estancias para el recogimiento, la lectura o los premios. En mis mundos ideales había premios pero no castigos. Sin saberlo, diseñaba metáforas de urbanización, de especulación salvaje. Estaba creando el epítome mismo de la arquitectura de la alienación que décadas después eclosionaría en España.

Veía películas, series, programas de entrevistas... La televisión me parecía muy nutritiva, y comencé a verla a escondidas por las noches. Desde mi cama, poniendo la cabeza en el lado de los pies, si estaban ambas puertas abiertas, se veía la tv del cuarto de estar. Mi hermana mayor y yo veíamos Anillos de Oro, la serie de Ana Diosdado que nuestros padres no nos dejaban ver. En el primer episodio se suicidaba Jorge Sanz ahorcándose. Nos impresionó mucho. Entre otras cosas porque Jorge Sanz era semivecino nuestro.

El mundo se dibujaba ante mí como algo muy ajeno y despegado a mis intereses, que apenas había explotado. Comencé a escribir un diario a los 8 años, y desde entonces no lo he dejado jamás. Era una necesidad, al principio muy tosca y sin definir, pero en la adolescencia se había convertido ya en un instrumento tecnificado, prólijo e indisoluble de mis pulsiones. Mi primer diario era color lila, cuadriculado y tenía el dibujo de una niña cabezona con sombrero en cada página. 

La vida transcurría macilenta y espesa durante el curso. El colegio me parecía un horror, pero mi casa lo era más. Era una niña callada y obediente, con miedo a hacer las cosas mal. Tenía el pelo y los ojos negros del todo. Veraneaba en Santander con toda mi familia verano tras verano. Allí el tiempo pasaba más despacio todavía y detestaba las vacaciones. Madrid era mi colegio, mi casa y lo que alcanzaban mis ojos negros por las decenas de ventanas de mi casa. El gigantesco salón comedor, el despacho y una galería aledaña era territorio exclusivo de mi padre. Ahí no entraba ninguna mujer. Entre las 4 nos repartíamos el resto de la casa.



Vivía en el número 5 de la calle, y en clase yo era el número 5. Me empecé a obsesionar con los números. Les atribuía propiedades mágicas en cuanto se repetían o seguían un patrón. Nací el día 11 del mes 11 del 74, que suma 11. Mi madre contaba divertida que ingresó aquel día a las 11 en la habitación 111 de la Clínica Nuevo Parque, donde nací (a eso de las 4 de la tarde). Yo solía escribir secuencias de números en las que añadía una complicación en cada tanda. Fue así como aprendí a despejar una incógnita numérica. Aprendí por aburrimiento a hacer ecuaciones de primer y segundo grado. Sin embargo las matemáticas no se me dieron bien jamás. Ni las matemáticas ni las demás asignaturas. Cuando tenía que estudiar me bloqueaba. Me costaba comprender conceptos que por lo visto eran fáciles, pero a mí no me lo parecían. 

Lo dice Diana Aller

1 comentario :

la diletante dijo...

Interesantísimas reflexiones. Por favor, busque mas fragmentos de autobiografía y compartalos con sus lectores. Yo, al menos, los espero con ansiedad. Muchas gracias.