jueves, 6 de octubre de 2016

ACABA NO QUE VERANO EL

Ilustración de Laura Berger

Tengo la sensación de vivir un verano eterno. El verano es ese momento de eclosión, en el que rompe reventona toda la pasión que mantenemos en barbecho durante la primavera. Porque en primavera surge todo, nace ese remusgús (término casi onomatopéyico acuñado por mi hermana María) que nos tiene locos. Nace la vida, rebelde, dispar, intratable, egoísta. Y cuando la sangre se contonea por las arterias a un extraño ritmo vital recién aprendido, entonces llega el verano, abrasador, arrasador, insomne, amarillo. Y todo es verano. Se alarga el día y se ralentiza la noche. Y aprendemos a amar. Con palabras nuevas. Con experiencia y sin esperanza, porque ya sabemos de qué va la cosa. Habitamos un presente espeso e indoloro. Y nos convertimos en esas pandillas de amigas de Guadalajara, que van a pasar un fin de semana a Londres, vestidas de arriba a abajo de Inditex y se sienten cosmopolitas en Marble Arch. O en el conserje de casa de nuestros padres (porque nosotros, el precariado, vivimos en casas sin conserje) cuando baja al bar en Gandía, palillo interdental en ristre, y siente que las vacaciones le inundan en su mísera alegría. Somos un verano huecamente feliz, que se prolonga en la meseta y en el tiempo. Somos un atardecer sobre los tejados del extrarradio. Y una brizna de pasto seco en el césped de la piscina municipal. Este verano de octubre es complacencia pura, es una adolescencia que no hay manera de que termine. En Madrid hace un calor apocalíptico y raro. Los insectos despistados zumban sin mirar al frente. Mi tiempo se ha vuelto elástico y dúctil. Y sigo en mi verano, irreal, dadivoso, extrañamente juvenil. Los eclipses han trastocado incluso el panorama político. Estamos sin gobierno oficial, en un letargo dulce y mamífero. Gozo de la no acción de Podemos, porque la Gürtel y la desintegración del PSOE ya lo hacen todo. Nos dejamos llevar, olvidando horarios y convenciones. Reinvento mi heterosexualidad. Sudando, caminando, a golpe de whatsapp. Con cerveza y sin tabaco. Ya vendrá el dolor o la gloria. Pero hoy nos mantenemos en esta densidad cómoda y flotante, en este verano eterno y ligero. Estoy viviendo mil vidas rotas y cubistas a lo largo de este estío estanco. Estoy extra estimulada, pero estoica; en éxtasis, pero estable. Estoy sin estar del todo. Es común a todos, lo sé: este bochorno gualdo le afecta también a usted, que está transitando por una vida prestada. Como si todo fuera lejano e inconcreto, como si tuviera más años o muchos menos. Con la feliz indiferencia de la marihuana, de la niñez, de un sábado a la hora del vermú. ¿Qué es esto? ¿Qué nombre poner a este azote de calor sumiso? ¿Con qué elemento nos están fumigando? Hasta mi perro anciano tras estar gravemente ingresado ha decidido posponer su muerte. No sé si quiero ponerme el jersey. A veces mola demasiado no avanzar. Tumbarse boca arriba y dejarse penetrar. Que baraje las cartas el propio destino. Ya me correré otro día. Hoy es verano. Tardío y seco. Vago y maternal. ¡Ay, no sé qué me pasa! Pero sé que a usted le sucede también.

Lo dice Diana Aller

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