sábado, 23 de julio de 2016

APRENDA LO QUE ES LA MISOGINIA EN 10 MINUTOS

Contraviniendo toda legalidad y ética, me dispongo a copiar, palabra por palabra un texto de ese despojo sin alma que se dice literato y no es más que un ácaro infollable, un advenedizo de las letras, reconocido sólo por instituciones caducas de nabos malolientes. Se llama Arturo Pérez Reverte, y desde este humilde espacio de libertad y buen tono, le reto a un duelo que sé tiene perdido de antemano.

Lamentable fétida piltrafa, usted que se sitúa en una superioridad autoimpuesta, usted que necesita del aplauso ajeno para afirmase... Usted, pelotilla de mierda miope, ha entorpecido mi bienaventurada noche estival de brisa azul y candor intelectual. He llegado embriagada a mi excelso hogar en una noche de viernes, y -maldito sea usted, todos sus antepasados y su progenie- al abrir las redes sociales he topado con un link (para usted un enlace, que sé que su estrechez de miras contempla los anglicismos con el temor del cavernícola indocto que rechaza el conocimiento tachándolo de barbarie).

Para escarnio y sonrojo público, copio el texto que me ha amargado la noche templada y clara. Para que nuestra descendencia (la suya lo tendrá difícil con una genética tan obtusa) sepa cómo la civilización retrocede. Para que todas y cada una de las pupilas que por aquí paseen, se alarmen de que un primate tan rudimentario ande suelto por nuestra geografía. Para que los que tributamos con honra y decencia nuestros impuestos, sepamos que mantenemos acémilas de su calaña recibiendo esta bazofia a cambio. Y sobre todo, para responderle como merece, algo que intuyo, pocas veces ha conocido, pobre patán hijo del privilegio machuno.

Vean. Lean amigos y lectores, las mal satisfechas ínfulas de seductor de un pobre escritorcillo español. Comprueben la falta de integridad y el vínculo moral de este detrito vomitivo, al que yo, escribiré una réplica después. Aprendan todos, qué es y cómo se forja la misoginia. Sin disimulo, en crudo, en bandeja, a lo loco, bestial, impúdica, grosera, cutre, pueril. Hela aquí:



(El texto fue publicado originalmente aquí)

Muchas veces he dicho que apenas quedan mujeres como las de antes. Ni en el cine, ni fuera de él. Y me refiero a mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera. Lo comento con Javier Marías saliendo del hotel Palace, donde en el vestíbulo vemos a una torda espectacular. «Aunque ordinaria», opina Javier. «Creo que no lo sabe», apunto yo. Seguimos conversando carrera de San Jerónimo arriba, en dirección a la puerta del Sol. Es una noche madrileña animada, cálida y agradable, que nos suministra abundante material para observación y glosa. Yo me muevo, fiel a mis mitos, en un registro que va de Ava Gardner y Debra Paget a Kim Novak, pasando por la Silvana Mangano de Arroz amargo; y Javier añade los nombres de Donna Reed, Rhonda Fleming, Jane Rusell y Angie Dickinson, que apruebo con entusiasmo. Coincidimos además en dos señoras de belleza abrumadora, aunque opuesta: Sophia Loren y Grace Kelly. Al referirnos a la primera, Javier y yo emitimos aullidos a lo Mastroianni propios de nuestro sexo -no de nuestro género, imbéciles- que vuelven superfluo cualquier comentario adicional. Haciendo, por cierto, darse por aludidas, sin fundamento, a unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro «por allí resopla» va con ellas. Respecto a Grace Kelly, dicho sea de paso, me anoto un punto con el rey de Redonda -me encanta madrugarle en materia cinéfila, pues no ocurre casi nunca-, porque él no recuerda la secuencia del pasillo del hotel en Atrapa a un ladrón, cuando doña Grace se vuelve y besa a Cary Grant ante la puerta, de un modo que haría a cualquier varón normalmente constituido dar la vida por ser el señor Grant. 

Pero no sólo era el cine, concluimos, sino la vida real. Los dos somos veteranos del año 51 y tenemos, cine aparte, recuerdos personales que aplicar al asunto: madres, tías, primas mayores, vecinas. Esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nostálgica. Esas siluetas, añado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas. Etcétera. No era casual, concluimos, que en las fotos familiares nuestras madres parezcan estrellas de cine; o que tal vez fuesen las estrellas de cine las que se parecían muchísimo a ellas. Hasta las niñas, en el recreo, se recogían con una mano la falda del babi y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda que obligaba a moverse de un modo determinado, caderas en las que nunca se ponía el sol y garbo propio de hembras de gloriosa casta. En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras. 

Con esa charla hemos llegado a la calle Mayor, donde se divisa por la proa un ejemplo rotundo de cuanto hemos dicho. Entre una cita de Shakespeare y otra de Henry James, o de uno de ésos, Javier mira al frente con el radar de adquisición de objetivos haciendo bip-bip-bip, yo sigo la dirección de sus ojos que me dicen no he querido saber pero he sabido, y se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo. Nos paramos a mirarla mientras se aleja, moviendo desolados la cabeza. Quod erat demostrandum, le digo al de Redonda para probarle que yo también tengo mis clásicos. Mírala, chaval: belleza, cuerpo perfecto, pero cuando decide ponerse elegante parece una marmota dominguera. Y es que han perdido la costumbre, colega. Vestirse como una señora, con tacón alto y el garbo adecuado, no se improvisa, ni se consigue entrando en una zapatería buena y en una tienda de ropa cara. No se pasa así como así de sentarse despatarrada, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace. Puede ocurrir como con ese chiste del caballero que ve a una señora bellísima y muy bien puesta, sentada en una cafetería. «Es usted -le dice- la mujer más hermosa y elegante que he visto en mi vida. Me fascinan esos ojos, esa boca, esa forma de vestir. La amo, se lo juro. Pero respóndame, por favor. Dígame algo.» Y la otra contesta: «¿Pa qué?... ¿Pa cagarla?».



A menudo pienso que no existen los varones. Ni en el cine, ni fuera de él. Y me refiero a esos héroes despreocupados que salvan el mundo sin esfuerzo. Hombres desinteresados y fuertes, capaces de soportar guerras y penurias. Lo comento con Araceli Segura, saliendo del Ritz cuando nos topamos con un prodigio de maromo cincelado con apetencia estética y urgencia armónica. "Es maricón" señala Araceli "No tendría posibilidad de existir si no" señalo yo. Seguimos conversando camino a Malasaña, nuestro feudo de franqueza y libertinaje. Es una noche sin estrellas, contenida, premonitoria; de esas que ofertan catálogos de masculinidades variadas. Yo me decanto por el Kevin Bacon más joven, el malogrado River Phoenix, James Dean, y en fin, todos aquellos cuyas formas gráciles recuerdan a una jovencita anhelante, y cuya delgadez marcaría sin duda el grosor de sus predispuestos y emancipados miembros. Araceli prefiere a Joaquin Phoenix, que es de mi quinta, a un más tópico e imposible Paul Newman, y en general, a hombres cuyos brazos ejercen de sillón tapizado de orejas. Ambas coincidimos en Johnny Depp, andrógino y varonil, camaleónico, harapientamente elegante... Pero Araceli y yo, además de bien parecidas somos asombrosamente perspicaces, despiertas y divertidas. Por eso, nos perdemos en una conversación fascinante sobre la no existencia del género masculino: Es una patraña, argumenta ella: Sólo existe el referente, pero no la realidad. Es verdad, intervengo: Yo todavía no he conocido varón, y no lo digo en el sentido bíblico, que como sabrás gozo catando variedad y cantidad.
Mi amiga conoce bien de mi ansia vaginal y mi capacidad para utilizar el esperma de tantos infelices como ambrosía de mi bien prolongada juventud. Ella, como yo, también sabe de la gran estafa de nuestra civilización, esos idolillos paganos que nos venden como medida del mundo y que sólo saben perpetrar guerras, luchar por el poder, asesinar, ordenar en jerarquías, ningunear a los débiles e imponerse por la fuerza.

Recordamos todas y cada una de las películas con las que nos han adoctrinado desde niñas, con señores bien vestidos que sudan por donde tienen que sudar, sin barriga ni gafas. Señores de mirada penetrante, cuellos esbeltos y largura perfecta del pantalón. Un gruñido nos alerta. Son dos muchachos obesos, de pelo mal cortado, espinillas y camisetas de cuñao. Uno lleva un tatuaje maorí sucio y deshilachado en el cuello. El otro porta unos belfos desmesurados e impúdicos con boceras blancas en las comisuras. Es imposible no poner cara de asco. Los muy cretinos creen que nos importan, que merecen nuestra atención, que tienen posibilidad de algo. Y me niego siquiera a pensar qué incluye ese "algo", porque vomito el arroz con boletus deshidratados que hemos cenado.

Los hombres no existen, no. Acaso existieron en algún momento, tal y como atestiguan las fotos sepia de nuestras nobles familias. Nuestros antepasados, esbeltos, con tirantes y pipa, con mirada tranquila y directa... esos eran hombres, y no las birrias que desfilan altivas por la calle Valverde en esta noche sin estrellas. ¿Qué se creen estos mastuerzos que a duras penas respiran?

Le pregunto a Araceli si no cree en los machos, en qué habríamos de depositar nuestra fe. Me responde que si no creo yo, qué albergo de tanto en tanto con fruición entre mis piernas. "Spiritus promptus est, caro autem infirma" me disculpo.

Y así, nos encaminamos las dos hacia otra noche de exaltación femenina, de diversión libertaria, de complacencia natural, de comunión y éxtasis vital. ¡Cuán cómoda sería la vida si existieran los hombres de verdad! Hombres con gusto y barba bien cortada, con olor a vida y capacidad de sacar, no ya civilizaciones, sino familias adelante. Ojalá hubiera muchachos capaces de mantener una conversación cubista e ingeniosa, sin tratar de venderse a la mínima. ¡Cómo disfrutaríamos con machos hermosos y de hipófisis proporcionadas!

Señor Pérez Reverte,
Pese a lo que pudiera parecer por mi prosa, en la realidad me niego a juzgar a los varones por cualquier rasgo físico porque detesto que se nos someta a tan estricta medida a las mujeres. Intuyo que cuando usted lo hace, es para compensar la deficiencia de algún apéndice suyo. Eso no tiene solución. Pero no se preocupe: tal vez lo de su misoginia sí. Ánimo pues. 

Lo dice Diana Aller

27 comentarios :

Unknown dijo...

Algún profesor de Periodismo en la universidad contaba las argucias y patéalas de éste cuando era corresponsal de guerra. Fingimientos , pago a pobres desgraciados de la guerra para que le montaran el escenario al mierdeciila...

Sergio Dominguez dijo...

Con el mayor de los respetos, si fuera misógino no escribiría las maravillas de las que habla sobre las "mujeres de antes". Le puede a usted gustar más o menos él, pero a mi modo de ver, no hay misoginia, ya que misoginia trata sobre todas las mujeres, así, en general. Cierto es que tampoco debe de hablar de esa manera para aquellas mujeres que no visten, calzan ni se comportan como las de antaño, porque hay mujeres (y hombres) que se pueden enojar (con toda la razón del mundo), pero a mi modo de ver, usted se ha puesto a su altura o incluso más bajo por soltar todo lo que ha soltado. Dónde está esa escritura basada en el respeto?? A mí me parece un escritor muy bueno, con un conocimiento de nuestro idioma muy superior al resto (yo también soy defensor de nuestro idioma, aunque no intento hacer caza y captura de todo aquel que use anglicismos), y hay millones de libros vendidos que indican que también tiene un público (bastante extenso, en el que yo me incluyo).

Yo no voy a intentar defenderlo, porque sé que él defiende perfectamente, pero sí me gustaría abogar por el respeto mutuo. No me ha gustado nada ni lo que usted escribe sobre él ni lo que él comenta sobre las mujeres de ahora.

Edgardo Donoso Santini dijo...

Es raro el modo tiene el escritor de referirse a ese pasado mitificado. Hay como un desprecio por si mismo (imagino que a su edad la educacion parece ser lo único que puede conservarse en condiciones pues lo demas va a decrepitud) y nostalgia por su madre (que mucha falta le hace ahora) Ni la elegancia va con la vejez ni la ignominia con la juventud. Pero aceptarse a sí mismo puede ser un buen comienzo para el caballero (macho) y la dama (hembra)-sin dejar de considerar las infinitas variables.

MONTAÑADEODIO ... dijo...

Sergio, seguro que esta mujer agradece que le expliques lo que es la misoginia, que sabrá ella

MONTAÑADEODIO ... dijo...

Menos mal que está aqui Sergio para explicar a las mujeres lo que es la misoginia. Qué sabrán ellas.

Juan del Sur dijo...

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¡Cosa curiosa!: generalmente no tengo coincidencias con Pérez-Reverte, y el texto que copia Aller no es la excepción.
Sin embargo, me gusta su comentario (aunque no me gusta que no sea capaz de escribir bien su propio apellido).
Es que, le seré franco, la nota de Aller primero da asco, pero luego empeora parejo hasta el final.
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Arthur dijo...

Madre mía, el texto de Aller parece un auto de la Santa Inquisición. Los españoles hemos cambiado poco. Antes sentenciaba el clero, ahora lo hacen directamente las brujas.

El Analandés dijo...

Cuando se va de sobrado es normal quedarse corto. Has detectado y criticado con reducción a lo estúpido magistral una nueva cagada machuba de nuestro Arturito tan educadamemte soez casi siempre pero por otro lado genial desde la simplicidad.

Macarena Cebrián dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jazmín Yannel Martínez dijo...

Narcisista al 100. Y como dato curioso, un infeliz ladrón de historias que plagió el texto de una escritora mexicana, mujer inteligente y hermosa que fuera mi maestra en un diplomado de Creación literaria, y poseedora de un talento que a este hombrecillo rabo verde no puede conseguirle el asiento que "ocupa" en la Real Academia Española.

Bertowulf dijo...

He leído ambos textos. Y no me parecen ofensivos. Ni el suyo ni el de Reverte. El texto de Reverte, antes que verlo como un tratado sobre la misoginia, lo encuentro como una crítica mordaz, si bien algo extremada, (habitual suya, por otra parte) a la ordinariez. Echa de menos a las damas, en contraposición a las chonis. Me parece bastante mas amarga su decepción por las formas de desenvolverse de la gente, que por su físico en sí. Pero no soy mujer, así que, descalifico, supongo, para opinar sobre éste tema y sentirme ofendido, o no, por este particular. Sin embargo, al ser hombre, supongo que sí debería haberme sentido muy ofendido y repugnado por su respuesta a Reverte. Y no. Lo he intentado, de veras, pero no. Ni el lenguaje vulgar, ni las referencias al feminismo radical, ni siquiera su promiscuidad declarada, o los comentarios sobre la forma física de los sujetos puestos a examen, ofenden. Lo siento, pero con todo el veneno que ha usted sin duda destilado cariñosamente y dedicadamente en su réplica, tratando de dar escándalo, de incluso generar dolor en el lector masculino... No consigue ofender.

No me siento representado por su caricatura. No hablan de mí, ni de mi realidad. Supongo que este sentir podría extrapolarse al artículo de Reverte sobre las "Damas vs Chonis", y quizás, sólo quizás inspirar la misma indiferencia emocional, que derive en análisis de ambos textos. Pero creo que, precisamente, ésta ausencia de implicación emocional, se debe a que no estoy en guerra con nadie. A que no necesito demostrar nada a nadie. A que no padezco mentalidad de asedio respecto a mi género o al opuesto. A que no tengo miedo.

No lo sé. La verdad, no sé que te ha motivado a reaccionar así con tu réplica. Meo de pie, y no te puedo entender, supongo, en mi brutal y primario acercamiento a la realidad. Pero me pone triste ver como un texto de 2007 puede ser desenterrado casi una década después para ser puesto al servicio de ésta, tu causa. Me pone triste ver como Reverte, a través del velo oscuro de los años...aún te apuñala, y te duele. Y no es compasión heteropatriarcal, ni paternalismo machirulo, no creas, es simplemente empatía humana. No me publiques cuando moderes, si no lo consideras necesario. Yo no me dedico a esto, y no me hace falta. Esto lo he escrito para tí, y sólo para tí.

David Cuchillo dijo...

Que lastima Diana, ocasión perdida. Más suerte en la próxima. Te puede gustar o no, pero no son "formas"

David Cuchillo dijo...

Que lastima Diana. Ocasión perdida, más suerte la próxima vez. Te puede gustar o no. Pero no son "formas".

Marigu López Larrubia dijo...

llegué aquí por casualidad, y con intención decidida he salido nada más ver el pie de tu Blog..."para gilipollas como usted"... Háztelo mirar, nena

Unknown dijo...

Soy un fiel seguidor de Diana Aller, pero no tengo ni idea de quien ese tal ¿Pérez Reverte? Seguro que es algún aporreateclas que utiliza los nombres y las referencias a otros más conocidos para conseguir visitas en su blog...

Fdo. Javier

Eve Fox dijo...

Bravo Diana. Gracias por no callarte.

George Innes dijo...

Gracias, Aller, por ilustrar con su estilo pontificante, su supuesta superioridad moral y su odio indisimulado lo que es ser hoy, en nuestro siglo un inquisidor; ese tipo que quisiera desatar el pogromo o encender la pira. Es fácil entender de qué lado estaría Vd. en caso de conflicto o revolución; cómo encontraría sus iguales entre verdugos purificadores o aquellos que llenasen las cunetas de cadáveres. Todo mi asco y toda mi lástima por semejante pieza... y mi asombro ¿Cómo consiguió salir de las tinieblas del XVI...? Quizá quiera algún día explicárnoslo...

Linda Inés dijo...

¡Bravo, Diana! ¡Bravo por tu maestría para vomitarle en la cara su propia mierda! Y, sobre todo, gracias en nombre de todas las mujeres.

Cristina Segura dijo...

Estos son los tipos que después de admitir almóndiga, cocreta y sólo sin tilde se llevan las manos a la cabeza por desdoblar el lenguaje en ciudadanas y ciudadanos o por usar el femenino genérico para dirigirse a mayorías. Todo cuadra.

isaac mantiñan fernandez dijo...

Hola Bertowulf,prefiero decir ordinarieces a hacer criticas mordaces como tú le llamas,lo que mas coña me hace es lo de «dolor en el lector masculino»
Ole por tu empatia!!!

Mateo dijo...

No son formas te dicen por ahí, Aller. Ya sabes, una señorita tiene que ser siempre educada y no levantar la voz.

Si total, son 4 dias... dijo...

ELOGIO DE LAS SEÑORAS DE VERDAD

Cierta noche madrileña, venía paseando Alatriste con su protector el conde de Guadalmedina por la carrera de San Jerónimo ; se conocía a tiro de ballesta que la pareja de alguaciles habían estado trasegando de lo caro por las tabernas de poco nombre y menos fuste que se esconden a traición en los callejones de ese madrid, que de tan barato, te puede costar un ojo de la cara si no andas madrugador en sacar la faca cuando vengan tres a cantarte las cuarenta.
Caminaban con rumbo torcido, mientras se limpiaban de piquillo la sangre de las cuchilladas regaladas y de los bajonazos recibidos por esos campos de Europa infestados de herejes. Como los ánimos vienen calientes y el puterio a la vista era numeroso, la parla guerrera que traían, fue a morir en las ingles de las hembras que al paso les salían.
Curiosamente Alatriste, que había pasado media vida arrastrándose por el fango, de trinchera en trinchera, cargando arcabuces para los militares de grado, pero siempre en retaguardia aunque sucio y harapiento como el que más, gustaba de hacerse el señorito y tiraba siempre a las señoras de postín, esas que le quedaban lejos de apellido, de bolsa, y de maneras.
Tanto el Conde de Guadalmedina como Alatriste coincidían en gustos y siempre que vaciaban un puñado de jarrillas, acababan nombrado a todas las cortesanas de alcurnia que les calentaban la sesera y les dejaban los pies fríos. Al nombrar Guadalmedina a la hermana de la de Osuna, hizo Alatriste sonoro aspaviento de regocijo, haciendo creer a unas verduleras que por allí pasaban, que eran sus mañas y figuras las que hicieron al macho berrear.
Fue tal la carcajada que Alatriste perdió el sombrero mientras comentaba:
- Señor Conde, la puta de oros nos libre, de caer en las garras de esos despojos, desechos de tienta y sus ropillas remendadas con capas robadas a borrachos.
- Me amargas la noche solo de pensarlo Alatriste, en cuanto sale uno de palacio y de Aranjuez….solo se ven burras rebuznando, Y es que Alatriste no hay señoras ya en Madrid...señoras de verdad, como nuestras madres y hermanas, como la de Alba, la de Osuna...y alguna más que sabe lucir el paño caro y moverse en consecuencia.
- Si por mi fuera señor Conde pondría escuelas para aprender a ser mujer, a ser !señora! que esto que se nos echa encima aquí, no pasa de ganado...

Iban los dos ya casi haciendo zigzag y no por falta de aguante, si no por el derroche de lo caro con que se habían hidratado, cuando los ojillos rápidos y vivarachos de Alatriste divisaron una torda espectacular, cuyas formas desmentian el invento de su disfraz:
Bonita cara y mejores senos para amasar dijo finamente Alatriste y añadió:
- Pero mira no tiene garbo, y ni se levanta los bajos del vestido, que negros de barro los lleva. Mi nobleza me empuja a librarla de su miserable existencia..igual que se mata a un caballo para que no sufra, ganas me dan de desperdiciar una buena perdigonada de arcabuz, en su espalda para que no lo vea venir y no escuchar sus berridos. Y lo peor es una ordinaria y no lo sabe.
- No como nosotros Alatriste, no como nosotros….

Si total, son 4 dias... dijo...

ELOGIO DE LAS SEÑORAS DE VERDAD

Cierta noche madrileña, venía paseando Alatriste con su protector el conde de Guadalmedina por la carrera de San Jerónimo ; se conocía a tiro de ballesta que la pareja de alguaciles habían estado trasegando de lo caro por las tabernas de poco nombre y menos fuste que se esconden a traición en los callejones de ese madrid, que de tan barato, te puede costar un ojo de la cara si no andas madrugador en sacar la faca cuando vengan tres a cantarte las cuarenta.
Caminaban con rumbo torcido, mientras se limpiaban de piquillo la sangre de las cuchilladas regaladas y de los bajonazos recibidos por esos campos de Europa infestados de herejes. Como los ánimos vienen calientes y el puterio a la vista era numeroso, la parla guerrera que traían, fue a morir en las ingles de las hembras que al paso les salían.
Curiosamente Alatriste, que había pasado media vida arrastrándose por el fango, de trinchera en trinchera, cargando arcabuces para los militares de grado, pero siempre en retaguardia aunque sucio y harapiento como el que más, gustaba de hacerse el señorito y tiraba siempre a las señoras de postín, esas que le quedaban lejos de apellido, de bolsa, y de maneras.
Tanto el Conde de Guadalmedina como Alatriste coincidían en gustos y siempre que vaciaban un puñado de jarrillas, acababan nombrado a todas las cortesanas de alcurnia que les calentaban la sesera y les dejaban los pies fríos. Al nombrar Guadalmedina a la hermana de la de Osuna, hizo Alatriste sonoro aspaviento de regocijo, haciendo creer a unas verduleras que por allí pasaban, que eran sus mañas y figuras las que hicieron al macho berrear.
Fue tal la carcajada que Alatriste perdió el sombrero mientras comentaba:
- Señor Conde, la puta de oros nos libre, de caer en las garras de esos despojos, desechos de tienta y sus ropillas remendadas con capas robadas a borrachos.
- Me amargas la noche solo de pensarlo Alatriste, en cuanto sale uno de palacio y de Aranjuez….solo se ven burras rebuznando, Y es que Alatriste no hay señoras ya en Madrid...señoras de verdad, como nuestras madres y hermanas, como la de Alba, la de Osuna...y alguna más que sabe lucir el paño caro y moverse en consecuencia.
- Si por mi fuera señor Conde pondría escuelas para aprender a ser mujer, a ser !señora! que esto que se nos echa encima aquí, no pasa de ganado...

Iban los dos ya casi haciendo zigzag y no por falta de aguante, si no por el derroche de lo caro con que se habían hidratado, cuando los ojillos rápidos y vivarachos de Alatriste divisaron una torda espectacular, cuyas formas desmentian el invento de su disfraz:
Bonita cara y mejores senos para amasar dijo finamente Alatriste y añadió:
- Pero mira no tiene garbo, y ni se levanta los bajos del vestido, que negros de barro los lleva. Mi nobleza me empuja a librarla de su miserable existencia..igual que se mata a un caballo para que no sufra, ganas me dan de desperdiciar una buena perdigonada de arcabuz, en su espalda para que no lo vea venir y no escuchar sus berridos. Y lo peor es una ordinaria y no lo sabe.
- No como nosotros Alatriste, no como nosotros….

Maria Teresa Chaves Montoya dijo...

Completamente de acuerdo Sergio Domínguez y Bertowulf. Y desde luego me parece mucho más misógina la señora Aller, porque no nos hace ningún favor a las mujeres con esa desesperación suya por pillar que a veces ya es ofensiva. Por eso no la sigo ya. Me ha llegado por otros circuitos el artículo de Pérez Reverte (que no es santo de mi devoción) y, en efecto, lo único que hace es añorar el glamour, el buen gusto, el saber pisar con tacones (algunas parecen Chiquito de la Calzada) y deplorar la ordinariez y la chabacanería. Tutto qua

Ignacio de Guzmán dijo...

Sangras por la herida.

luciajg dijo...

Que poca empatía y poco amor propio por parte de las señoras que defienden una sola palabra del artículo del señor Pérez Reverte.
A mi no me ofende que la señora Aller escriba sobre el amor,el sexo y la vida,si no qué me inspira aún más a expresarme y obrar con libertad y naturalidad y a observar y disfrutar
la belleza de las cosas cotidianas y sencillas.
Mi más sincero agradecimiento por este blog y por compartir sus ideas y sus fotogramas del mundo.

Guillermo de anjou dijo...

Jaja.Debería d retitular blog "para gilipollas como yo".Tiene ud.sra Diana una gran cantidad de idiotez en su cerebro