jueves, 16 de julio de 2015

MATRIX, EL ARBOL DE LA CIENCIA, KANT, SUEÑO Y DMT

No voy a hablar de moda, ni de heroínas pisoteadas por la historia, ni de fobias, ni de lúbricos intereses sexuales, ni de mis míseras alegrías. Voy a hablar de algo que me da auténtico pudor y de lo que temo no estar a la altura. De metafísica.

Padezco de siempre un evidente complejo frente a mis colegas filósofos, y nuca me atrevo a cuestionar como ellos, a elucubrar como ellos, a exponer mis ideas como ellos. Siempre pensé que el conocimiento se escurría entre mis manos sin que pudiera siquiera definirlo.

Además, como casi todas las mujeres tengo interiorizado ese freno a la promoción de mis ideas, ese miedo infantil al rechazo, esa autoestima que parte de un número negativo... 

Así que llevo toda una vida almacenando críticas y elaborando sinergias conceptuales en secreto. He terminado por tejer de forma casi inconsciente y probablemente a la defensiva, juicios de los que desconozco su verdadera validez formal. Pero esta actividad la he venido desarrollando en paralelo a mis afectos, mis intereses y el exasperante devenir del tiempo y sus rutinas. Por tanto no sé hasta donde alcanza la influencia de mi vida en mi pensamiento y viceversa. De hecho, pido perdón por adelantado por lo cubista de mi exposición: se que a ratos seré repetitiva y a veces pasaré muy por encima de cosas importantes.

A mí como a la mayoría de mis coetáneos, me gustó bastante Matrix, (1999) una revisitación del mito de la caverna, de la duda cartesiana y de la imposibilidad kantiana de conocer el mundo real. Matrix es una película de referencia distópica, un escenario de ficción que recrea la metáfora del fenómeno y el noumeno, y todo con un Keanu Reeves frío, follable y expectante, que ejerce de conciencia.


El Matrix en el que vivimos tiene todas las trazas de ser como el de la película: una simulación meramente social y utilitaria de la existencia. Y ahí entra el solipsismo: solo existe un sujeto de conocimiento. Estoy sola y no tengo forma de comprobar si el mundo que conozco es una proyección de otra cosa. No sé si la gente que conozco, la gente que me lee, la gente que me abraza, existe o es un reflejo, una metáfora, una definición más o menos tosca de la realidad. Estoy sola, lo que percibe mi cerebro es solo mío. Y es la existencia misma.



¿Por qué íbamos a necesitar un simulador? ¿Por qué "lo real" tendría que ser tan enrevesado e inaccesible? ¿No es más fácil creer en la vida sensible y en un principio generador de todo? Al fin y al cabo la civilización y su pensamiento racional se ha articulado en torno a estas nociones lineales de física (sustancia aprehensible por los sentidos) y Dios (sustancia inmaterial).
En este punto tan cartesiano de no tener certeza alguna, topamos con un pensador audaz y fascinante, que para compensar llevaba una vida metódica y aburrida. El genial Immanuel Kant.
Se suele decir que Kant es difícil, pero en absoluto lo es. Es un pesado, un tiquismiquis que no quiere dejar ningún cabo suelto; y puede resultar farragoso seguir sus razonamientos, que operan desde la lógica pero sin ninguna certeza, algo que le debía poner muy nervioso.
Kant es original, transgresor, valiente y profundo, y es quien abre un túnel por el que se filtra un hilo de luz que atraviesa la oscuridad en la que vivimos. Pero no es difícil, lo único que hace es descubrir aquello que todos intuimos, pero nadie ha expresado hasta entonces (estoy hablando del siglo XVIII).
Para entender su pensamiento se suele partir de un ejemplo muy gráfico. Imaginen ustedes un árbol en mitad de un desierto. Desierto significa que no hay ningún ser vivo allí, solo arena y calor seco y árido. El árbol cae al suelo. ¿Hace ruido?



Razonen la respuesta, por favor. Deténganse a pensar un momento. Tienen un árbol cayendo en un desierto ¿Creen ustedes que hace algún ruido al caer?
La respuesta es un rotundo "no". Para que haya cualquier sonido, tiene que haber un oído que escuche. Es decir, las cosas no existen si no son "captadas" (aprehendidas) por los sentidos. Facilito de entender ¿no?: (lo explico todo deforma muy básica, y puede que les suene manido, evidente o primario, pero solo sé hacerlo así). 

Todo lo que conocemos del mundo, es a través de nuestros sentidos, coordinados por nuestro cerebro. La vida existe solo en tanto nosotros la captamos como sujetos. Esta es la idea doliente y pesimista de El árbol de la ciencia, de Pío Baroja. En la novela, Andrés Hurtado, el protagonista (y alter ego de Baroja) comenta "Para mí es un consuelo pensar que, así como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás ¿Pero eso qué importa si no es el nuestro, que es el único real?" (pág.169 de la edición de Letras hispánicas, Cuarta parte: Inquisiciones; capítulo I, Plan filosófico)

Me voy a detener en El árbol de la ciencia, porque merece la pena ahondar en el verdadero significado del libro.

Tradicionalmente se estudia la novela como precedente del existencialismo literario europeo que abanderarían Sartre o Camus. En general, en el 98, hay un extrañamiento hacia la realidad, y éste es uno de los ejemplos más característicos del pesimismo intelectual de la época. Si tuviera que definir con una sola palabra el argumento, yo diría "Desilusión". Desilusión, y no desencanto, porque tal y como comentaba un Panero, para estar desencantado, hay que encantarse primero (El desencanto, Jaime Chávarri, 1976).  


Andrés Hurtado vive en una permanente desilusión; en la que, de vez en cuando percibe cierto optimismo de la mano de la ciencia, a la que se agarra como paradigma para dotar de coherencia las cosas.

Les resumo por si no han leido el libro: Es la biografía de un hombre (una metáfora poco trabajada del propio Pío Baroja) desde sus años de estudiante hasta su madurez. Además, es un retrato doloroso de una España que ni siente ni padece. Y sobre todo, es un diálogo entre el conocimiento sin posibilidad de acción y el pragmatismo filosófico.


Tiene una composición simétrica: Una primera y tercera parte en la que desfilan personajes, críticas y geografía española, y una parte central en la que Andrés tiene una conversación con su tío Iturrioz, que sirve como interlocutor para desgranar la relación conflictiva entre el hombre sensible y el mundo; la conciencia y la realidad... es decir Schopenhauer y "El mundo como voluntad y representación" a saco. 



De hecho, a los escritores del 98 se les presupone cierta impronta de Naturalismo Schopenhauerista. Sí, el Arbol de la Ciencia bebe de esta obsesión de matar la voluntad, es evidente. Pero esa es una lectura demasiado lineal. Hay varias pistas que nos adentran en la antinomia kantiana y en las ataduras de la realidad. La novela, en realidad, se cuestiona, como ya hiciera mi idolatrado Immanuel por qué el mundo como concepto no es una percepción del entendimiento, sino una válvula de escape del excedente de pretensión sintética de la razón pura. El protagonista -recordemos, un Baroja transmutado a personaje literario- se cuestiona la percepción  de objetos en cuanto a una totalidad, algo a todas luces imposible. Presuponer todas las percepciones fenoménicas posibles es algo que corresponde a la noción de Dios antes que a un ser no omnisciente. Él (Andrés Hurtado/Pío Baroja) se desespera ante la síntesis excesiva de la razón, incapaz a su vez de percibir como totalidad fenoménica. Este atolladero, esta indemostrabilidad del mundo, paraliza hasta la ataraxia al pobre protagonista, cuya biografía es un tira y afloja de la ciencia y el conocimiento abocada a perder.
Los grandes problemas de la metafísica (Dios, libertad e inmortalidad) no se pueden resolver operando con la inteligencia... Al menos esto dice "El árbol de la ciencia". Y es lo que viene a contarnos la Crítica de la Razón pura, para mí, el cúlmen de la osadía filosófica, el lugar al que más lejos podemos llegar operando solo con el pensamiento. (Si me lo permiten, la Crítica de la Razón práctica, es una pequeña traición "para salir del paso" y que todo cuadre; ya que utiliza las nociones de libertad, de inmortalidad y de Dios  como postulados a los que asirse, una trampa para poder seguir tejiendo sin caer en una existencia sin sentido).

La novela -y advierto que me dispongo a destriparles el final- es una suerte de cuesta arriba en la que todo lleva a la decepción (Schopenhauer 100%). Tras la conversación con Iturrioz, en la que se apunta la posibilidad de la verdad científica como única solución ética, se inicia una cuesta abajo cruel, representada en la incapacidad de adaptarse a la circunstancia que le rodea. Culmina con la muerte del protagonista. Además por suicidio. Es una muerte voluntaria. El anhelo de la no existencia. Parece que esta narración paralela a la filosofía, es un fracaso de la razón, que la vida esforzada de conocimiento del doctor Andrés Hurtado es estéril y resignada, que el mundo que conocemos supone una autoridad incuestionable y que por mucha ciencia en la que nos apoyemos, no podemos aspirar más que a una ataraxia contemplativa y triste. Es imposible salir de Matrix, amigos.


Pero esa rendija de luz que Kant tuvo a bien abrir en esta tiniebla atemporal, también se intuye (se desea sobre todo) en El árbol de la ciencia. Es una frase. Una humilde, escueta y reveladora frase. Alguien apunta a la muerte del protagonista que en él "había algo de precursor".
Algo de precursor. ¿Qué ha aportado Pío Baroja-perdón, el doctor Hurtado- con una vida mísera y sufriente? ¿Porqué este activismo nihilista tiene algo de precursor?

La ciencia no puede dar sentido a la vida, porque tal y como se nos ha enseñado en el Génesis, del árbol de la ciencia está prohibido comer ¿no?. (De ahí la contraposición de Schopenhauer de ciencia y vida; y de ahí el título de la novela, obviamente). Pero no está todo perdido, hay algo, puede que una simple necesidad para articular el fenómeno desde el noúmeno. Cuando Andrés muere, mueren las ataduras de la realidad. ¿Acaso cuando lo que conocemos termina, perece también la realidad que desconocemos? Si salimos de Matrix ¿No existe la posibilidad de permanecer desenchufados en el mundo real? Morfeo consigue sacar a Neo. Kant vislumbró el agujero...

Julio de 2015, Madrid: Diana Aller se encuentra postrada ante un portátil escribiendo. Esto no es real. Según Kant espacio y tiempo son meras coordenadas metafísicas para ordenar el caos que conocemos. Ni es Julio de 2015 ni estamos en Madrid. La sustancia "Diana Aller" es un simple atributo de la inteligencia, pero no de la realidad. La certeza cartesiana de mi propia existencia es el único punto de partida que tengo para conocer, lo que viene a ser muy poco o nada, pero es.

¿Por qué necesito este mundo tosco y meramente sensitivo? ¿Para qué vale ordenar cronológica y espacialmente las cosas? ¿Qué soy si de lo único que tengo conciencia es de que soy?


Pongamos que lo que provoca mis experiencias es una realidad abstracta e informe (fenómeno), que yo, una simple humana atrapada en la realidad percibo a través de mis sentidos (noúmeno). Pongamos que esa realidad "verdadera" carece de espacio, tiempo y causalidad. ¿Cómo podría existir  yo en esa realidad? ¿Qué hay en ese noúmeno? Tal vez algo que no alcance a ver desde aquí, desde mi parcial y sesgado conocimiento sensible.

 ¿En qué momento mis percepciones/pensamientos no están sujetos a espacio, tiempo y relaciones causales? ¿En qué lugar existo sin otra referencia más que mi propio sustrato? Fuera de la vida, fuera de los límites de lo científicamente demostrable... Piensen ¿Qué lugar es ese? ¿cuándo? ¿Porqué?


Estoy hablando, queridos todos, del sueño, los sueños, las proyecciones que se denominan "ensueño" y son involuntarias,  (¡ay, la voluntad!) hablo de la muy poco desarrollada onirología. Tradicionalmente se ha querido interpretar los sueños para desgranar, explicar y predecir la realidad. Desde aquí, desde nuestra caverna, pretendemos descifrar mensajes más o menos ocultos de la ensoñación (lapsos de tiempo que aquí tienen duración determinada, pero que ahí están suspendidos en un continuo anárquico). Pensemos por un momento que es al revés: Que en efecto la experiencia sensible no es más que el reflejo de otra cosa. Vivimos en Matrix, y el mundo real sería el que intuimos en la ensoñación, mientras aquí estamos dormidos. ¿Es el sueño de verdad una percepción o es la realidad?

Sigamos operando en la suposición: Si la existencia real es la de los sueños ¿Qué sentido tiene esta caverna de experiencias? Si estamos solos con y en nuestra ensoñación ¿A qué necesitamos un mundo social e interrelacionado? ¿Para qué tenemos una vida abúlica, cutre, llena de luchas estériles y sufrimiento? Necesitamos de este espacio, este tiempo y esta causalidad para fijar un lenguaje: lo que vemos lo que tocamos, olemos, lo que aprehendemos son meras figuras para codificar lo verdadero, lo real. ¿Cómo soñaríamos entonces si no tuviéramos conocimiento del mundo material?

Esta vida (ruin y barojianamente vacía) no es más que un código para articular los sueños, la existencia, el fenómeno, la verdad. Y nosotros como sujetos de conocimiento seguimos siendo la única certeza que vincula uno y otro mundo.

De los sueños se sabe poco. La ciencia como mucho se pregunta por qué soñamos, aunque tal vez la pregunta debiera ser para qué vivimos, cuya respuesta sería "para alimentar las ensoñaciones, para dotarlas de un lenguaje que pueda articularlos.

Nuestra aliada la (torpe) ciencia, ha determinado que existe un alcaloide responsable de dar plasticidad cognitiva a las ideas, o lo que es lo mismo: que es capaz de producir imágenes en nuestros sueños. La DMT, que es como se llama, sería la puerta que pone en contacto nuestra experiencia sensible y el mundo de las ideas; lo que conocemos como realidad, y la "verdadera" realidad. Hace ya bastante tiempo que ciertas corrientes espirituales entienden la dmt como ventana a una conciencia diferente. Lo que pasa es que este hippismo filosófico orientalista, tiende a someter el conocimiento a la nada o el vacío. Aspira a una quietud endógena, por lo que, lo que ocurre "de puertas para dentro" en el individuo es la única verdad revelada. 

Si seguimos imaginando como la dmt facilita la interacción de la física con las ideas, estableceríamos un diálogo entre la realidad del sueño y su proyección sujeta a nuestras leyes metafísicas. Esta dimetiltriptamina (que es su nombre) se segrega en muy pequeñas cantidades en el cuerpo humano -desde la glándula pineal-, en el de animales y plantas (es decir en claros ejemplos de vida) al nacer y al soñar; y sin embargo, no hay consenso sobre su "utilidad" verdadera en los organismos. 

Se puede sintetizar artificialmente convirtiéndola en una droga alucinógena muy parecida a la ayahuasca. Existe un documental muy recomendable al respecto que se llama "DMT, la molécula espiritual", y que puede arrojar cierta luz sobre el tema, y que recomiendo con interés. También se la conoce como "la molécula de Dios", ya que en cierto modo el proceso bioquímico que produce la dmt es un viaje místico que recrea la propia esencia de un Creador. Tras una fase psicodélica, su consumo produce un viaje interior que se sirve de las imágenes del mundo que conocemos desvirtuándolas en colores y efectos caleidoscópicos. Después, la noción de espacio y tiempo desaparecen, y en un tercer momento suele darse el conocimiento de otros seres dimensionales y sociales: duendes, extraterrestres, animales, ángeles... lo que fuere. A veces, éstos comparten conocimientos muy complicados sobre la esencia filosófica y el principio generador de las cosas. Siempre lo hacen en un idioma "diferente" que el sujeto bajo los efectos de la dmt, sorprendentemente comprende sin problema. Es decir, el conocimiento se transmite gracias a la noción misma, el lenguaje es un mero vehículo para vertebrar la comunicación entre uno y otro mundo.

Si a estas alturas, usted sigue leyendo, puede que simplemente comprenda la extrañeza que produce la vida si la entendemos desde Matrix, como un mero trámite que dota de un código particular nuestra verdadera creación-existencia, en un indefinible noúmeno; o bien puede parecerle aventurado otorgar al sueño desatado y libre la noción de realidad. No deja de ser una lisérgica ida de olla, lo reconozco.
En cualquier caso, es menester partir del sujeto de la representación y el objeto de la misma como elementos condicionados por esta engorrosa atadura de espacio, tiempo y causalidad. Resulta natural entonces, constatar que desaparecen por completo en el sueño, allí donde la ciencia no puede estudiar ni definir. Y a partir de ahí, solo podemos elucubrar, pero la ventana está abierta.

Kant considera al fenómeno inasible e incognoscible, pero la necesidad humana de conocimiento y de sostenerse sobre la fe, que explica perfectamente, no tiene en él un elemento trágico, sino que al crear un intrincado sistema de categorías y conceptos evita caer en el sentimentalismo que heredarían sus teorías el voluntarismo y el pensamiento dialéctico. Él se moja como el que más, pero solo intentando que le cuadre, que haya un cierre. Lo cierto es que todo lo intrépido que fue filosóficamente resulta inversamente proporcional a lo aburrido y lineal de su existencia. Por cierto, la mente más avanzada de la historia (lo admito: para mí) murió demente perdido. Si tuviera la facultad para ello, resucitaría a Kant y le drogaría con DMT.


La única verdad que puedo suponer es que la vida es sueño. Intento que no sea así, pero en unos 30 minutos, cuando esté inconsciente y dormida, utilizaré los elementos que me funcionan en la vigilia, y mañana comprobaré, sin tristeza ni religión, que la certeza es una simple posibilidad. 


Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.



 (Monólogo de Segismundo, La vida es Sueño, Calderón de la Barca)

Prometo escribir de irrelevantes accidentes emocionales en mi próxima entrada. De ko que me llena de verdad...

Lo dice Diana Aller


2 comentarios :

Lula P. dijo...


No hay que fiarse mucho de los filósofos, al final, como decía Deleuze (lo mencionas en tu texto?) eslo que realmente hace un filósofo es inventar, inventar, inventar, inventar. Un filósofo es un gran inventor, un inventor de nociones, de conceptos... y, es más, rizando el rizo, un filósofo inventa hasta las maneras de percibir esas nociones!

Leyéndote hoy me he acordado de los trabajos infumables que escribía cuando estaba en la facultad. A pocos filósofos se les puede leer realmente con placer (salvando a Nietzsche, a Schopenhauer y a la mayoría de los griegos), así que poca gente los lee directamente a ellos y casi todos tiran de manuales.

Lo único que puedo decir es que después de todo, después de leer (y estudiar) la Crítica de la razón pura, Leviatán, la Fenomenología del espíritu (por cierto de Hegel sí recomiendo sus cartas con Hannah Arendt)... sólo se me ocurre decir que casi toda esa consciencia de la vida, la física y la metafísica está también en la literatura rusa, sólo que mucho mejor contada. A Dostoievski (bien traducidos), sí se le lee con placer.

Lo bueno de hacer luego periodismo es que aprendes a separar el trigo de la paja, o eso creo. Aunque al final el periodismo, como la filosofía, se basa en preguntas.

Normal que sientas pudor al hablar de metafísica, las personas de bien deben sentirlo. Lo demás es pose y pedantería. Además, con la filosofía me pasa como con la moda: puedo pensarla, leerla y hasta escribirla. Pero no hablarla.




C. Maltesse dijo...

De Matrix recuerdo que nos salimos del cine a mitad de la pelicula. Pero Melancolía quiero volver a verla. Dos párrafos de Nietzche son suficientes para dormir inquieto pero tener cortos y hermosos sueños. La literatura rusa (exacto: bien traducida) lo comprende todo y más. E intentaré volver a ver Matrix aunque sólo sea por descubrir porqué no la terminé.