martes, 9 de diciembre de 2014

MONIQUE WITTING Y LOS SOMBREROS

Tengo mil ideas en la cabeza y no sé cómo ordenarlas.

Cada vez veo más signos y más claros de que el término "mujer" es un invento lingüístico de la dominación hetero-capitalista.
"Mujer" es en este momento un adjetivo restrictivo, un ser sexual, un apaño dañino, un bien (un mal) de consumo, una paradoja del orden natural establecido por los otros (¡Ay no, que no hay otredad en nuestro mundo!)

En lugar de hablar de estas cosas, que no tienen mucho éxito, les voy a hablar de Monique Witting, alguien que pensó y ordenó magistralmente este tipo de ideas.
De hecho, luego hablaré someramente de sus teorías (de su vida, desgraciadamente sé muy poco). Pero, por hacer más ameno el trance, voy a comentar lo bien que le sentaban a esta mujer los sombreros.




¿Saben por qué? Se trata de un tema de proporción y elegancia.
Mientras que la ropa se utiliza sobre todo para disimular lo que se consideran imperfecciones; los complementos sirven para ensalzar virtudes. En el caso de los sombreros, gorras, y gorros, enfatizan cierto carácter.
Para empezar, hay que saber llevar un sombrero. Hay que tener cierta gracia en ademanes, miradas y psicomotricidad.

Un sombrero cubre la cabeza, representa la parte más intelectual de nuestro cuerpo; en cierto modo eleva a la persona. A la gente excesivamente alta o excesivamente baja no le suele sentar bien. Taparse la cabeza favorece al humano promedio.

Los sombreros con ala, como los que lucía Witting, sientan bien con media melena como la suya y también con pelo largo. Sin maquillaje alguno consiguen un efecto de fascinación absoluta. Pareciera que cualquier cosa que diga, iba a resultar de interés.

Con el pelo corto, Monique corona su brillante cabeza con una gorra, mucho más apropiada y coherente con el look que luce.

En general, cualquier efecto óptico que agrande la cabeza, resulta favorecedor: desde un cardado hasta una capucha esquimal. Desde siempre monarcas y dictadores se han empeñado en ponerse cosas en la cabeza para demostrar que detentaban algún tipo de poder. En el antiguo Egipto (por el que estoy cogiendo gran gusto últimamente) abusaban de la desproporción cefálica en sus representaciones artísticas.

Nosotros, los ciudadanos de hoy, herederos de un ingente legado de absurdos y confrontaciones intelectuales, deberíamos considerar el sombrero como la vivaz tapadera de nuestros atractivos cerebros racionales.

El mío, como les decía anda ahora disperso con esta tontuna de la diferenciación de géneros. Lo que viene a decir Monique, desde una perspectiva lesbiana es que la diferencia sexual es meramente política, no natural. Y por ende, las lesbianas no son mujeres; porque en el mundo heterosexualizado en el que vivimos, "mujer" está contrapuesto a "hombre". Y también de ahí, (y eso es un poco cosecha mía) que lo que hoy conocemos por gays y lesbianas sean una raza híbrida de heterosexuales: Luchan por el matrimonio gay, en lugar de abogar por la abolición del matrimonio como institución, que sería lo lógico.

Si les gusta leer sobre sombreros, den aquí por terminada su lectura.

Esto es lo que dice Monique Witting:"Masculino/femenino, macho/hembra son categorías que sirven para disimular el hecho de que las diferencias sociales implican siempre un orden económico, político e ideológico. Todo sistema de dominación crea divisiones en el plano material y en el económico. Por otra parte, las divisiones se hacen abstractas y son conceptualizadas por los amos y más tarde por los esclavos cuando estos se rebelan y comienzan a luchar.
Sólo hay un sexo que es oprimido y otro que oprime. Es la opresión la que crea el sexo, y no al revés. Lo contrario vendría a decir que es el sexo lo que crea la opresión, o decir que la causa (el origen) de la opresión debe encontrarse en el sexo mismo, en una división natural de los sexos que preexistiría a (o que existiría fuera de) la sociedad. 
El destino de las mujeres es aportar tres cuartas partes del trabajo en la sociedad (tanto en la esfera de lo público como de lo privado), trabajo al que hay que añadir el trabajo corporal de la reproducción según la tasa preestablecida de la demografía. Ser asesinada y mutilada, ser torturada y maltratada física y mentalmente; ser violada, ser golpeada y ser forzada a casarse, éste es el destino de las mujeres. Y por supuesto no se puede cambiar el destino. Las mujeres no saben que están totalmente dominadas por los hombres, y cuando lo admiten, «casi no pueden creerlo». Por lo general, como último recurso ante la realidad desnuda y cruda, rechazan «creer» que los hombres las dominan conscientemente (porque la opresión es aún más terrible para las oprimidas que para los opresores). Por su parte, los hombres saben perfectamente que dominan a las mujeres («Somos los amos de las mujeres», dijo André Bretón) y han sido educados para hacerlo. No necesitan decirlo constantemente, pues rara vez se habla de dominación sobre aquello que ya se posee. ¿Cuál es entonces este pensamiento que se niega a analizarse a sí mismo, que nunca pone en cuestión aquello que lo constituye en primera instancia? Este pensamiento es el pensamiento dominante. Este pensamiento afirma que existe un «ya ahí» de los sexos, algo que precede a cualquier pensamiento, a cualquier sociedad. Este pensamiento es el pensamiento de los que gobiernan a las mujeres".

Creo que es el turno de las que somos culturalmente designadas como mujeres. Es más, de las no-lesbianas (entre las que veo muy pocas preguntas). Es hora de desmarcarnos de la cultura política de la dominación, es hora de pensarnos, es hora de admirarnos de nuestro poder, y si es con un sombrero puesto, mejor.

(Monique Witting nació en Francia en 1935 y el 3 de enero de 2003 su pareja, la directora de cine Sande Zeig, informó que había muerto de un ataque al corazón, a los 67 años en su hogar, en Tucson, Arizona)

Lo dice Diana Aller

6 comentarios :

MONO BLANCO dijo...

Otra digresión: déjame que puntualice algo más acerca de tu afirmación anterior “ser asesinada, torturada…”. Me parece muy injusto con la generación de nuestras madres (yo tengo 40), la tendencia actual a considerar que todas aquellas mujeres que entonces decidieron (condicionadas socialmente por el patriarcado, claro) dedicarse a cuidar de la familia, sean hoy consideradas unas frustradas. Y probablemente muchas lo estén, pero no porque el trabajo que realizaron (de incalculable valor) fuera en sí mismo insatisfactorio, sino porque la sociedad actual ha determinado que aquél era un rol frustrante, sin valor alguno, una ocupación deleznable, y ha emitido ese mensaje por todos los medios. Quiero decir que incluso en contextos sociales patriarcales, de supeditación oficial y legal, las mujeres no se han limitado a ser víctimas, siempre han buscado, dentro de los límites más o menos estrechos que les impusieran, adquirir poder, ser activas; sin ir muy lejos, creo que en la experiencia de muchos de nosotros tenemos algún ejemplo de cómo la mujer dominaba la relación: mi abuela lo hacía con mi abuelo, que le entregaba el sueldo a final de mes para que ella lo administrara. Y ojo, no estoy diciendo que ¡qué bien aquella época!, ni mucho menos, sólo que 1) criar hijos puede generar satisfacción y 2) que incluso en condiciones adversas las mujeres víctimas, con su fuerza e inteligencia pueden crear espacios benévolos. Pero todo el discurso del feminismo hegemónico obvia estos matices, que no le convienen para su objetivo final.
¿Cuál es ese objetivo final del feminismo hegemónico (el de los ministerios)? En mi opinión es el triunfo absoluto del patriarcado. Ése es mi punto: al contrario de lo que vocean por ahí las ministras del ramo y los directores de las ONG´s y las embajadoras de buena voluntad, y las cantantes concienciadas (con muchos millones de dólares), estamos en el triunfo final del patriarcado. Como bien ha entendido la antropóloga alemana Heide Goettner-Abendroth, lo que distingue el patriarcado del matriarcado es que los hombres ejercen el poder de manera jerárquica, donde hay una marcada estratificación social, con jefes y parias, y se recurre a la violencia para garantizar dicho poder. Las sociedades matriarcales, sin embargo, son sociedades horizontales, economías domésticas, donde las decisiones se toman mancomunadamente y se respetan y valoran géneros y edades diferentes, y no hay violencia. Según Goettner-Abendroth es un error pensar en el matriarcado como un sistema social especular al del patriarcado (la mujer guerrera y mandona, torturadora, que subyuga a los hombres). En general, cuando el pensamiento hegemónico habla de mujeres poderosas (míticamente) se refiere a las mujeres guerreras de la tribu tal, que ganaban guerras, o de las amazonas que se cortaban las tetas para matar. Pues vaya. Qué bien. ¿No teníamos suficiente ya con las guerras de los hombres? Pues no, ahora ellas también. El empoderamiento de la mujer actualmente pasa por una guerra civil: la búsqueda de la jerarquía política o profesional, mediante la competición (no sólo con los compañeros de trabajo, también con la pareja) y, en resumidas cuentas, el odio. El odio. Una sociedad que está basada en la competición es una sociedad basada en el odio. Si dos personas aspiran a un bien, en la competición una le va a negar a la otra el acceso a ese bien; ¿no sería más elevado una sociedad basada en el principio opuesto?

MONO BLANCO dijo...

ESTA ES LA TERCERA PARTE, ¿HABRÁ LLEGADO?
El fenómeno que está teniendo lugar ahora mismo es la culminación del patriarcado: las mujeres son ahora patriarcales porque asumen el rol que siempre habían desempeñado los hombres. La expresión “igualdad de género” es correcta: los dos géneros de antaño se igualan en uno, el masculino. ¿De verdad alguien piensa que existe la mínima diferencia entre Helmut Kohl y Angela Merkel? ¿Entre Kirchner y Fernández? ¿Entre Thatcher y Blair? ¿Roussef y Lula? No. Se trata de la misma gente desalmada que una vez se mete en el poder se dedica a luchar por el poder. La estructura jerárquica de lucha por el poder es masculina/hombre, el hombre es agresivo (opresor) y ahora la mujer también.
¿Qué hubiera pasado si en vez de “igualdad de género” hubiera habido un proceso de “igualdad de los géneros”? Es decir, por ejemplo, que socialmente se hubiera valorado el trabajo de las mujeres en las labores domésticas mediante un salario tan alto como el del marido fuera de casa. Es decir, que el trabajo de reproducción biológica no sólo tuviera el mismo prestigio (en diarios, películas, ministerios) que el de producción económica, sino que además estuviera pagado exactamente igual? ¿Se imaginan cuántos hombres estarían deseando mandar a su mujer a la fábrica, o a la oficina para quedarse ellos cuidando niños y cocinando? ¿Cuántos hombres desearían ingresar en las filas del rol femenino en ese contexto? ¿A cuántas mujeres ni se les ocurriría irse a pelear a cualquier oficina con gente indeseable?
Y voy concluyendo: el movimiento de la liberación femenina, cuyo último episodio es la igualdad de género, no tiene unas raíces morales. No avanzamos este camino porque sea “moral”, porque estemos en busca del “bien”. Lo que pasa es que la gente común está moralizada (el cristianismo se ocupó de ello durante siglos, ahora tenemos Hollywood), le han repetido que todo lo que sucede políticamente es en la búsqueda del bien moral, etc…Cualquier proceso social se vende moralmente pero lo que subyace es un proceso económico: PODER. Aquí lo que hay es el capitalismo patriarcal absorbiéndolo todo, los géneros, las culturas. Las mujeres no comenzaron a votar en Inglaterra porque hubiera una lucha moral de unas precursoras valientes, sino porque la industria de aquel entonces necesitó de la mano de obra de las mujeres, y las pagaba y poco a poco adquirieron poder, y no hubo más remedio que legitimar su posición en el espacio público, donde ya estaban (y un razonamiento parecido se podría hacer sobre la revolución francesa o cualquier otra lucha social). Lo que sucede ahora es que el sistema capitalista, jerárquico, violento, agotador de los recursos naturales (y causante de tanta insatisfacción en la gente, hombres y mujeres), está completamente desbocado y necesita poner a su servicio a todo el mundo, y necesita cambiar comportamientos de antaño (de género, de consumo, de vida en general). Y para ello recurre a la moral; qué risa. ¡Pero si el poder es inmoral! ¡Cómo va a hablar de moral una gente que ha adquirido sus privilegios (dinero, poder) en un sistema que se gestó y se mantiene con la violencia y la desigualdad!
FALTA LA ÚLTIMA PARTE

MONO BLANCO dijo...

ME HA SALIDO TODO DESORDENADO, QUÉ PENA. ÉSTE ES EL CUARTO Y ÚLTIMO. ¡MENUDA PARRAFADA!
En los discursos hegemónicos se habla del empoderamiento de la mujer sobre todo para referirse a la ocupación de puestos de responsabilidad en la función pública o la empresa privada (y el dinero que se percibe a cambio). Y la gente se lo cree porque se lo repiten un millón de veces. ¡Pero si esas funcionarias y ejecutivas (hombres y mujeres, qué más da), lo único que hacen es obedecer! Siempre hay un jefe, siempre hay una ley, un horario. Liberación de la mujer: en vez de estar supeditada al padre o al marido, estar supeditado al jefe. Recuerdo esa foto de hace unos años de Zapatero con los consejeros delegados o presidentes de las 35 del IBEX: ¡todos hombres! (y daría igual si fueran mujeres, la misma chusma).
No hay libertad ni poder para mujeres ni para hombres en esta sociedad totalitaria. Libertad, ja, ja. La única libertad posible, el único poder, autonomía e independencia es la siguiente: poseer un territorio propio (que no forme parte de ningún estado) y los medios de producción para explotarlo y obtener alimento, resguardo de las inclemencias del tiempo, medicina. Lo demás son engaños interesados por una sociedad basada en la violencia y la destrucción de la naturaleza.
Y con esto me he quedado a gusto y te dejo que viene mi jefe y me echa (pero soy libre, ja, ja).

MONO BLANCO dijo...

Y ESTA ERA LA PRIMERA PARTE. ¡GRACIAS!
Buenas tardes.
Me gusta tu blog pero no estoy muy de acuerdo con algunas de las afirmaciones que haces en este artículo. Especialmente me parece un poco confuso el uso de los términos sexo y género, que no son, en absoluto, equivalentes. El término mujer es un invento lingüístico, como el término mesa, o el término perro, pero no de la dominación heterocapitalista. No le he seguido bien la pista etimológica pero me da que es una palabra que existía mucho antes del nacimiento del capitalismo. Mujer es el término que se aplica a aquellas personas que nacen con una condición biológica determinada, que podríamos resumir en: tiene el doble cromosoma XX, y por tanto cuenta con vagina, y lo más habitual es que pueda quedarse embarazada, llevar un ser en sus entrañas, parirle y amamantarle. Eso es el término mujer cuando se aplica para distinguir una condición biológica de otra (la XX de la XY, y si me permites, de la XXY y toda una serie de sexos extra que nuestra sociedad categorizó en hermafroditas, aunque ahora sabemos que son distintas las variantes, que hay más de dos y más de tres sexos). El sexo es una condición biológica (una condición, que no una condena), por eso afirmar que “la diferencia sexual es meramente política”, me parece poco acertado. Lo que sí tiene un carácter político, y económico y social, es el género, que no debe confundirse con el sexo. El género es un rol social que se atribuye a cada uno de los sexos (dos o tres o más, hay ejemplos etnográficos en muchas culturas de terceros sexos, con roles específicos).
Creo que en tu razonamiento, como en el de ciertos movimientos feministas (no todos, pues hay feminismos de muy diverso tipo) existe una contradicción muy curiosa: por una lado se niega que exista cualquier diferencia entre mujeres (XX) y hombres (XY), pero por otro el análisis siempre se basa en la distinción entre los hombres (XY, opresores) y las mujeres (XX, víctimas). Eso ya me parece a mí establecer una diferencia crucial: los hombres son violentos y abusivos (malos); las mujeres son víctimas y trabajadoras (buenas). Hay movimientos feministas que aseguran que este patrón opresor/oprimida es universal, y yo no estoy de acuerdo, pero eso es otro argumento. Sin embargo, esto sería reconocer implícitamente que el género masculino opresor, está estrechamente vinculado al sexo hombre XY. Y por tanto se reconoce una diferencia sexual de partida (de nacimiento).
En mi opinión, la condición biológica condiciona (valga la redundancia). Para mí sí hay un “ya ahí”, para mí sí las mujeres y los hombres somos diferentes desde el punto de salida. Otra cosa es que en base a esa condición biológica se nos obligue a encarnar un determinado rol social y se nos castigue duramente (desde la condena a muerte hasta la marginación social) por no cumplir dicho rol.
Obviamente en la sociedad capitalista patriarcal el rol femenino ha estado supeditado (subyugado) por el rol masculino. Aunque tal vez la afirmación: “Ser asesinada y mutilada, ser torturada y maltratada física y mentalmente; ser violada, ser golpeada y ser forzada a casarse, éste es el destino de las mujeres”, sea un poco exagerada (no voy a decir que errónea desde luego), pero es una afirmación que se podría enmarcar, más que dentro de un análisis certero del pasado, dentro de la búsqueda de un futuro para el rol femenino: lo de antes no vale (es horrible), hay que buscar un nuevo escenario.
Una pequeña digresión: generalmente esos mismos análisis feministas olvidan señalar que los hombres eran carne de cañón, que la Europa patriarcal ha sido un puto campo de batallo regado por la sangre de decenas de millones de hombres-parias que no tenían las menores ganas de irse a morir a las trincheras; es decir, que ser hombre en la época en la que esas cosas les pasaba a las mujeres no era una fiesta de la libertad, ni mucho menos.

MONO BLANCO dijo...

ESTA ERA LA PRIMERA PARTE
Buenas tardes.
Me gusta tu blog pero no estoy muy de acuerdo con algunas de las afirmaciones que haces en este artículo. Especialmente me parece un poco confuso el uso de los términos sexo y género, que no son, en absoluto, equivalentes. El término mujer es un invento lingüístico, como el término mesa, o el término perro, pero no de la dominación heterocapitalista. No le he seguido bien la pista etimológica pero me da que es una palabra que existía mucho antes del nacimiento del capitalismo. Mujer es el término que se aplica a aquellas personas que nacen con una condición biológica determinada, que podríamos resumir en: tiene el doble cromosoma XX, y por tanto cuenta con vagina, y lo más habitual es que pueda quedarse embarazada, llevar un ser en sus entrañas, parirle y amamantarle. Eso es el término mujer cuando se aplica para distinguir una condición biológica de otra (la XX de la XY, y si me permites, de la XXY y toda una serie de sexos extra que nuestra sociedad categorizó en hermafroditas, aunque ahora sabemos que son distintas las variantes, que hay más de dos y más de tres sexos). El sexo es una condición biológica (una condición, que no una condena), por eso afirmar que “la diferencia sexual es meramente política”, me parece poco acertado. Lo que sí tiene un carácter político, y económico y social, es el género, que no debe confundirse con el sexo. El género es un rol social que se atribuye a cada uno de los sexos (dos o tres o más, hay ejemplos etnográficos en muchas culturas de terceros sexos, con roles específicos).
Creo que en tu razonamiento, como en el de ciertos movimientos feministas (no todos, pues hay feminismos de muy diverso tipo) existe una contradicción muy curiosa: por una lado se niega que exista cualquier diferencia entre mujeres (XX) y hombres (XY), pero por otro el análisis siempre se basa en la distinción entre los hombres (XY, opresores) y las mujeres (XX, víctimas). Eso ya me parece a mí establecer una diferencia crucial: los hombres son violentos y abusivos (malos); las mujeres son víctimas y trabajadoras (buenas). Hay movimientos feministas que aseguran que este patrón opresor/oprimida es universal, y yo no estoy de acuerdo, pero eso es otro argumento. Sin embargo, esto sería reconocer implícitamente que el género masculino opresor, está estrechamente vinculado al sexo hombre XY. Y por tanto se reconoce una diferencia sexual de partida (de nacimiento).
En mi opinión, la condición biológica condiciona (valga la redundancia). Para mí sí hay un “ya ahí”, para mí sí las mujeres y los hombres somos diferentes desde el punto de salida. Otra cosa es que en base a esa condición biológica se nos obligue a encarnar un determinado rol social y se nos castigue duramente (desde la condena a muerte hasta la marginación social) por no cumplir dicho rol.
Obviamente en la sociedad capitalista patriarcal el rol femenino ha estado supeditado (subyugado) por el rol masculino. Aunque tal vez la afirmación: “Ser asesinada y mutilada, ser torturada y maltratada física y mentalmente; ser violada, ser golpeada y ser forzada a casarse, éste es el destino de las mujeres”, sea un poco exagerada (no voy a decir que errónea desde luego), pero es una afirmación que se podría enmarcar, más que dentro de un análisis certero del pasado, dentro de la búsqueda de un futuro para el rol femenino: lo de antes no vale (es horrible), hay que buscar un nuevo escenario.
Una pequeña digresión: generalmente esos mismos análisis feministas olvidan señalar que los hombres eran carne de cañón, que la Europa patriarcal ha sido un puto campo de batallo regado por la sangre de decenas de millones de hombres-parias que no tenían las menores ganas de irse a morir a las trincheras; es decir, que ser hombre en la época en la que esas cosas les pasaba a las mujeres no era una fiesta de la libertad, ni mucho menos.

MONO BLANCO dijo...

Y ÉSTA ES LA ÚLTIMA PARTE
En los discursos hegemónicos se habla del empoderamiento de la mujer sobre todo para referirse a la ocupación de puestos de responsabilidad en la función pública o la empresa privada (y el dinero que se percibe a cambio). Y la gente se lo cree porque se lo repiten un millón de veces. ¡Pero si esas funcionarias y ejecutivas (hombres y mujeres, qué más da), lo único que hacen es obedecer! Siempre hay un jefe, siempre hay una ley, un horario. Liberación de la mujer: en vez de estar supeditada al padre o al marido, estar supeditado al jefe. Recuerdo esa foto de hace unos años de Zapatero con los consejeros delegados o presidentes de las 35 del IBEX: ¡todos hombres! (y daría igual si fueran mujeres, la misma chusma).
No hay libertad ni poder para mujeres ni para hombres en esta sociedad totalitaria. Libertad, ja, ja. La única libertad posible, el único poder, autonomía e independencia es la siguiente: poseer un territorio propio (que no forme parte de ningún estado) y los medios de producción para explotarlo y obtener alimento, resguardo de las inclemencias del tiempo, medicina. Lo demás son engaños interesados por una sociedad basada en la violencia y la destrucción de la naturaleza.
Y con esto me he quedado a gusto y te dejo que viene mi jefe y me echa (pero soy libre, ja, ja).
¡GRACIAS!