sábado, 17 de agosto de 2013

ALMA MARIE SCHINDLER

Aunque defiendo, creo, veo y disfruto del feminismo de la diferencia, admiro con devota pasión cada frase, pensamiento y coma de Amelia Valcarcel. Ella suele postular que las atribuciones femeninas, lo son por una heterodesignación duramente tabicada en la cultura.
Se nos define antes como madres de, hijas de, hermanas de, esposas de, que por nuestra entidad.
Alma Mahler, ha pasado a la historia como amante de hombres rebosantes de genialidad. Y no es que yo pretenda negar su biografía. Lo que creo es que ser musa de mentes creativas (adjetivo que en realidad me repugna, la verdad) requiere de una inteligencia más allá incluso de las propias obras que inspira.
Su vida se suele entender vertebrada en torno a los hombres que la amaron. ¿Porqué no leerla desde sus propios sentimientos y las consecuencias que tuvieron?

Alma Marie, como tantas mujeres fascinantes, fue educada en un ambiente cultural y abierto. Sus padres, tolerantes y artistas, gustaban de rodearse de libros, amigos y tertulias. Todo esto en la Viena de finales del siglo XIX, imagínense. Su padre era pintor, y cuando murió, la madre se casó con uno de los discípulos de aquél. Así que Alma, creció rodeada de arte y curiosidad. Precisamente, conoció los placeres sexuales gracias a una fugaz relación con un amigo de su padrastro, que se llamaba Gustav.
Alma era muy guapa, buena conversadora, con muchísima sensibilidad y realmente interesante. Así que Gustav, que se apellidaba Klimt inmortalizó en un cuadro llamado El Beso, precisamente eso, un beso de la joven (muy joven aun) Alma. Sin embargo aquélla no fue una relación seria ni duradera. Ni la que tuvo al poco tiempo con un -entonces muy famoso- director de teatro, Max Burckhard. Ni la que vivió con Alexander Von Zemlinsky, un compositor y músico de cierta relevancia.
De hecho, Alma tenía muy buen oído y tocaba con gusto y sensualidad varios instrumentos. Empezó a experimentar con la música, a componer, y a describir sentimientos por medio del arte.
Esto fascinó a otro Gustav, 20 años mayor que ella, que se sentía rejuvenecer y muy inspirado a su lado. Porque este Gustav, que se apellidaba Mahler, era un compositor bohemio y exitoso del que todos los lectores de este blog han oído, leído o escuchado algo.
Como en tantas parejas, lo que al principio era fascinación se fue tornando rutina, y al casarse, Gustav pidió a Alma que abandonase su labor musical para dedicarse de lleno al matrimonio y la familia. El no soportaba que su mujer compusiera, y la necesitaba como musa. Se dice que la quería mucho, que le obsequió con hermosísimos retratos musicales, que la veneró cada día y cada hora... Pero yo no me lo creo demasiado. Si el amor existiera sería una cosa bien diferente. Así lo debió ver ella también, porque se aburría soberanamente haciendo de secretaria y esposa de Gustav. Y también de madre, porque tuvo dos niñas, María y Anna. La mayor murió con 5 añitos, y Alma cayó en una profunda depresión. Le costaba encontrarle la gracia a la vida, así que se recluyó en un balneario para buscar la paz espiritual. La encontró de la mano de un arquitecto alemán lleno de ideas y juventud. Este se llamaba Walter. Walter Georg Gropius, que a ustedes, versados lectores les sonará porque años más tarde revolucionaría el diseño, montando la famosa escuela de la Bauhaus.
Vivieron una historia de amor apasionada, que cultivaban con citas ocultas y encendida correspondencia... Hasta que una misiva para Alma llegó en un sobre a nombre de Mahler. Se dice que el arquitecto lo hizo adrede para destapar su relación. Sin embargo, el marido, tal y como los cánones reproducen una y otra vez, entendía el amor como una posesión, y en cuanto vislumbró la posibilidad de que Alma le abandonara se desesperó. Sin embargo, hizo algo novedoso para la época. Acudió a una cosa rara llamada "sesión de psicoanálisis" que impartía un tal Sigmund, de apellido Freud. Aunque las psicoterapias de entonces rozaban la aberración, a Gustav Mahler le sirvió para calmarse. Estaba enfermo y mayor, así que no sólo le pidió a su mujer que no le dejara. Comenzó a valorarla y a interesarse por su obra. Ella volvió a la música, al piano y a sus composiciones, y esperó paciente a quedarse viuda, cosa que ocurrió al poco tiempo. Entonces se cruzó en su camino un pintor, de nombre Oskar, paradigma de artista arrebatado y pasional hasta la violencia. Kokoscha, que este era su apellido, era pintor, y aquí, hago un inciso a modo de alivio musical, para que escuchen al grupo homónimo y este su gran hit, mientras leen el resto de la entrada:


Oskar se obsesionó hasta la locura. Primero retratando compulsivamente a Alma, y después cimentando una relación pasional e incluso violenta, con continuas peticiones de matrimonio, abortos, éxtasis, tormento, promesas y numeritos de todo tipo. La cosa duró dos años. Él pinta su obra culmen, la novia del viento: un cuadro de pincelada retorcida que muestra un encuentro de pareja entusiasta, azulado y delirante, y que por supuesto es un autorretrato arrobado y sexual de Kokoschka con su musa.
Ella no sabía como deshacerse de aquél novio obsesivo, masoquista y celoso e hizo lo imposible porque se enrolara en el ejército. Él, ya en la caballería del ejército austrohúngaro, es herido de gravedad y suplica ver a Alma. En cuanto le hacen llegar el mensaje, ella no le cree.
Oskar se fue recuperando, mientras ella volvía con Walter Gropius, con quien se sentía plena y feliz.
Kokotscha, más enloquecido y obsesionado que nunca, no para hasta dar con una mujer, Hermine de apellido Moos que vivía en Munich y fabricaba muñecas. Le encargó una a escala y con la apariencia de su amada Alma. La correspondencia que se conserva resulta muy clara al respecto: le pide caderas anchas y "orificios practicables".Tras casi dos años y un dineral, el pintor recibe su muñeca a imagen y semejanza de la pianista, y comienza una relación con ella. Se pasa un tiempo viviendo con su maniquí (este de la foto), la lleva incluso al teatro, la retrata, la penetra con frenesí, y un buen día se harta de ella para siempre.
...Hasta que la recupera en una fiesta enloquecida de sexo, alcohol, amigos y música. En un momento de enajenación, saca la muñeca al jardín y le corta la cabeza con una botella de vino. A la mañana siguiente, un vecino había denunciado que había una mujer decapitada y allí aparece la policía tratando de resolver el lío.
Alma, casada ya con Gropius, tiene una niña, que moriría a los 18 años de poliomelitis. El matrimonio pasa unos primeros años muy felices, pero la relación se va hastiando, y Alma simultanea a su marido con un amante Franz, que era escritor y se apellidaba Werfel. Incluso se queda embarazada de éste, y tiene un niño que muere poco antes de cumplir un año. Entonces se separa de Walter Gropius y se casa con Franz Werfel. Esto ocurrió en 1929, año de la profunda crisis económica y también momentos convulsos en Europa.
Viven en aparente tranquilidad... Hasta que ella organiza una cena con altos dignatarios eclesiásticos. Uno de los sacerdotes asistentes tiene un atractivo especial y la pianista no puede dejar de mirarlo y desearlo. Johannes, que así se llamaba (y además se apellidaba Hallnsteiner) también se olvidó de su fe y de dios mismo al cruzar su mirada con la de Alma. Vivieron un idilio paralelo, que a él le costó el Arzobispado de Viena, que lo tenía a la vuelta de la esquina; y a ella habladurías de todo tipo. Pese a la desgarrada pasión que vivieron, ella continuó con su matrimonio como si nada.
De hecho en 1938, la pareja se ve obligado a huir, por la procedencia judía de Werfel. Y tras varios tumbos por Europa y Estados Unidos, se instalan en Los Ángeles. Son reposadamente felices y están maduramente enamorados. Cuando él muere en 1945, Alma se traslada a Nueva York, donde vive 9 años más, perteneciendo a la alta sociedad, tocando el piano y siendo muy respetada, por su pasado, sus amantes y sobre todo su atractivo. Concretamente, el de su cerebro.
Composiciones musicales, cuadros, delirios, amor, y hasta muñecas decapitadas. Hay que ser muy especial para inspirar tanto...
Lo dice Diana Aller

3 comentarios :

Ses dijo...

El mejor atractivo está en nuestro cerebro, es evidente.

Lunas de Fuegos dijo...

Gracias por esto, en la dichosa academia aún no entran las condiciones de posibilidad, que dieron pie a la creación de las obras de arte.

Lunas de Fuegos dijo...

Gracias, en la dichosa academia no les interesa que entren las condiciones de posibilidad que dieron pie a las obras de arte.