jueves, 9 de mayo de 2013

MODA Y MUJERES QUE DECIDEN


“La moda sigue un ciclo edípico; los diseñadores jóvenes siempre intentan recuperar la primera imagen femenina que les marcó” –Christian Lacroix (diseñador de moda, Arlés, Francia, 1951-)

"Ser mujer es fascinante, constituye una aventura que requiere considerable valentía, un desafío que nunca llega a aburrir". Oriana Fallaci (periodista y escritora, Florencia, 1929-2006)

Hace días (apenas horas cuando escribo esto) se ha celebrado una gala en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MET) bajo el nombre “Punk, from Chaos to Couture”. En teoría se trataba de un homenaje al punk, pero se convirtió en un bochornoso espectáculo que no entendió ni como referencia lejana ninguno de los preceptos del punk: Madonna, a sus 54 años, se preocupó más de sorprender por su impostada rebeldía y su belleza de botox perdurable, que por aquella desobediencia inocente que en su día la encumbró. Lució un conjunto de Givenchy Haute Couture by Riccardo Tisci que incluía una jartá de accesorios supuestamente punkis como cadenas, tachas, cuero, medias de red o guantes negros. Es decir, un modelo como de Partyfiesta, pero de miles de dólares, un disfraz a su medida para recrear algo que en su día tuvo tanto peso como incomprensión.
Como ella, Miley Cyrus o Sarah Jessica Parker se atrezzaron para la ocasión con prefabricados estilismos al gusto pretendidamente insurrecto. ¿Esto es moda? ¿Representa una época? ¿del punk? ¿de ahora? ¿Qué transmiten y qué pretenden transmitir estas mujeres a través de su indumentaria?
Aunque no soy experta en moda ni en feminismo, ambos temas me interesan desde una vertiente tan teórica como ideológica. Me he sorprendido en mi búsqueda sobre las conexiones de una y otra disciplina, por los ramplones y vacíos argumentos al respecto de la poca bibliografía existente.
Normalmente, quienes han abordado el tema –de soslayo siempre- se han limitado a definir el corto de las faldas, los materiales menos nobles o atuendos deportivos, con periodos de liberación femenina, entendiendo ésta como una mera necesidad de trabajo no intelectual. Es decir, se suelen limitar a asociar ropa cómoda con momentos de crisis económicas y guerras o inconsciencia social femenina; mientras que las florituras engorrosas en las prendas de vestir pertenecen a momentos de bonanza económica y aburridas damas de clase alta.
En el siglo XX, se suele acotar la relación entre feminismo y ropa con simples anécdotas (quemas de sujetadores, implantación del pantalón…) de una muy cercenada historia de la moda y las mujeres como meros maniquíes sin voluntad.
Nadie –recalco: nadie- se ha molestado en entender los vaivenes y tendencias en el atuendo desde el punto de vista de sus portadoras/consumidoras. Una industria hoy casi tan importante y dañina como la armamentística, necesita de una explicación o al menos una pregunta al respecto. Como mucho, se menciona a Coco Chanel como una visionaria que liberó a la mujer siendo (¡oh, milagro!) ella misma una mujer.
Sistemáticamente, se ha obviado el papel de la propia protagonista de la historia de la moda: la mujer. La base biológica de la moda, consiste, como no, en propiciar la atracción sexual. Los machos de nuestra vil especie se encienden sexualmente sobre todo por el sentido de la vista. De ahí que los maricas se arreglen sensiblemente más que los heterosexuales; y de ahí también que mujer se las haya ingeniado para seducir con unas proporciones curvas y sensuales a través de la ropa a lo largo de siglos y siglos de instintos pasionales.
Es decir, partimos de la base –obvia, sí, pero necesaria- de que la ropa es un instrumento cuya función principal (cubrirse, abrigarse) añade prácticamente desde el principio, el sentido del pudor, y por tanto de insinuar, gustar y atraer por aquello que cubre.
Sobre lo que sí se ha tecleado y escrito mucho, es sobre la politización y la conciencia de poder sexual de las mujeres. Bien, pues desde aquí enuncio que el vestir es el instrumento más importante de nuestros días a la hora de posicionarse con respecto a la condición femenina. La ropa es hoy el último bastión de definición feminista. (Si lo piensan, no hay muchas más formas de manifestarse todo el día).
La ropa, no sólo abriga y cubre; desde tiempos inmemoriales, se encarga de seducir precisamente “tapando la carne” y marcando la epicúrea silueta femenina. Después se añadió un factor artístico y después netamente contestatario
Las mujeres, queridos todos, exponen (y han expuesto) su posición social, sus convicciones, intereses, gustos, adhesión política o simple negación y pasotismo… por medio del vestir.
Todo esto ha sido un camino cada vez más vertiginoso (y auspiciado por una amoral y devoradora industria textil) que nos ha llevado al momento actual: el de la urgencia de la moda, un sinsentido lleno de revivals; intereses simplemente monetarios; gurús sin cultura, pasado ni capacidades; personas con un inusitado sentido estético; mujeres débiles y garrulas que no comen; gente permanentemente insatisfecha y estresada; jóvenes con extraordinaria e innata elegancia; diseñadores sin talento y complicados sistemas de manofacturas en Bangladesh sin responsabilidad penal.
Que venga ahora el listillo de turno a decir que los corsés (por ejemplo) son una forma de opresión, como comprenderán, no tiene ninguna fuerza ni sentido. La moda, se ha de entender como un fenómeno sujeto al sujeto, y no como un hábito colectivo, aunque en apariencia así sea. Para resumirlo de forma gráfica: la moda tiene que ver tanto con la psicología como con la sociología.
Miles de chicas de cuestionable gusto y evidentes lagunas culturales, actualizan cada día sus egoblogs de moda. Y no sólo eso: De manera exponencial, muchas más, los leen y consultan. El poder globalizador, empobrecedor, y casi siempre borreguil, que se genera de esa obscena relación, tiene tanta o más fuerza que cualquier proclama política.
Desde aquí, quiero pedir un seminario en el IED o en cualquier centro especializado en moda para que se dé la oportunidad de entender a los futuros profesionales del sector la condición primaria, secundaria y terciaria de, por ejemplo, la hombrera: El momento álgido de la hombrera, fue a finales de los años 30 y primeros 40 y posteriormente los 80. El efecto óptico al ensanchar los hombros es estrechar las caderas; pero a la vez otorga una evidente masculinización de la figura femenina. Curiosamente, en ambas épocas de esplendor, occidente se recuperaba de (y precedía a ) una crisis y trataba de sentar ciertas bases de igualdad asumidas por la sociedad sin necesidad de grupos de mujeres insurrectas, sufragistas o “quemasujetadores”. Las hombreras fortalecen, agrandan y amplifican una suerte de poder femenino, que se da por implantado.
Los retratos de Tamara de Lempicka, grandilocuentes, hiperbólicos y de evidente carga sexual de dominación, son toda una oda a la hombrera en plenos años 30-40. Ella, como mujer fuerte y capaz de decidir, buscar y elegir su sexualidad (era bisexual confesa), pintaba personajes agresivos, conduciendo, fumando o mirando con displicencia y cierta superioridad el mundo… Y con exageradas hombreras, que bien podrían haber pasado por iconos ochenteros al ritmo de plateados sintetizadores.
En efecto, en los 80, cuando muchos de ustedes nacieron, se estrenaban películas como “Armas de mujer” sonde se proponía un modelo femenino de agresiva igualdad y de adaptación a un boyante sistema masculino de poder. En Gran Bretaña prácticamente durante toda la década, gobernó Margareth Tatcher, que no sólo era apodada como la “Dama de Hierro”, sino que ejecutaba un poder netamente masculino e incluso sanguinario, muy apropiado en los cuadros de Lempicka y tan sobrio y frío como ellos.
…Y todo esto, planteando el significado de las hombreras.
¿Qué decir, por ejemplo, del aspecto voluntariamente desharrapado de los hippies de los primeros 70 y su revival con el grunge de los 90? ¿Nadie se ha parado a estudiar porqué el pelo rapado se asocia a la violencia (icono netamente masculino) y la melena a la pasividad (imagen 100% femenina)? Tanto en un momento cultural como en otro, algunos varones y mujeres mostraron su indolencia luciendo pelo largo y prendas sueltas. Aunque en ambos casos fueran evidentes minorías, la historia (y los disfraces) han dado como válidos e hijos de su tiempo a esos looks dejados y apáticos. Por supuesto, en ambos casos son respuestas antibelicistas, que pese a no ser la norma, han pasado a la historia como el atuendo icónico pacifista de momentos de máxima tensión militar.

La mujer ha ido (y va) adaptando sus formas, sus cejas, sus hombreras, sus hechuras, y absolutamente todo al momento vital que le toca vivir como unidad, como persona. Puede que el imaginario cultural recuerde los noventa o los dosmiles de una determinada forma; pero cada mujer crea una imagen muy precisa de lo que es, lo que desea ser, el pensamiento sociopolítico, la clase social e incluso el día que tiene, a través de cada prenda de ropa y la forma de hacerla suya. Cada una “tiende” a un estilo. 
Los varones también se adhieren a modas y tendencias, por supuesto: Pero la base biológica y lael pensamiento heteropatriarcal, marca que las mujeres no seleccionan por el aspecto, sino por la capacidad del hombre para procurar una vida con abundancia. Es decir, que si la ropa marca que estamos ante un alto ejecutivo y no un vendedor de fruta, la mujer se sentirá más atraída… hasta que se muestren las capacidades económicas (en potencia, no en acto). Ahí la fémina se olvidará del traje de chaqueta o el mandil y se volcará en el más capaz para sustentar a una posible progenie.
De ahí que la moda masculina esté tan poco evolucionada. El deseo sexual (que freudiano queda esto) determina al final cada detalle de la moda en varones y mujeres.
Por eso, es de gran zafiedad y falta de horizontes, recurrir al punk como excusa para lucirse en un evento de moda; porque precisamente el punk propugnaba el feísmo, se trataba de la transmisión de valores (en realidad de no-valores) a través de iconos que subvertían su significado (las esvásticas, por ejemplo). Si Madonna hubiera asistido sin depilar, vestida con harapos y una parka militar de una charity, sería un poquito punk, o al menos una digna revisitación del movimiento. Pero hacerlo de forma tan desacertada y grandilocuente es una broma de mal gusto.
Mujeres que se consideran liberadas, apuntan a veces que nosotras nos vestimos al dictado de los varones. Diseñadores homosexuales y al parecer pérfidos y misóginos que nos quieren hacer sufrir por medio de la ropa. Creo que esto, pertenece a esa corriente de mujeres lloronas que entienden el feminismo desde la victimización, no desde el éxito. ¿No creen -pregunto desde la más sincera de las curiosidades- que los hombres trabajan a nuestro servicio, para que nosotras, ¡oh, puro intelecto! decidamos qué imagen queremos dar? 
No solo no somos maniquíes (aunque a algunas así les guste sentirse) sino que como sujetos activos, ofrecemos la imagen que en cada momento queremos dar.
Dado el espesor y lo prolongado del tema, propongo un próximo texto, ameno a modo de alivio intelectual y cuajadito de fotos que lo ilustren. Se trata de desentrañar la fascinante personalidad de Agueda A., alias “La Duquita”  por medio de su armario.
Ella, lejos de salir de él, está dispuesta a mostrarlo al mundo, como mujer liberada e intelectualmente emancipada que es. Águeda se dedica a la moda, es conocedora de tendencias, particularidades y pormenores del sector; y sin embargo, le resbalan cual pastilla de jabón mojada. Próximamente, aquí.

Lo dice Diana Aller

*Lecturas recomendadas: 
Cualquier Historia de la moda

1 comentario :

Víctor dijo...

El mejor punk es el espunk!