martes, 27 de noviembre de 2012

ARENDT, LA SUMISIÓN Y EL DESEO


*Apunte sobre la anterior entrada: Algunos se han molestado (¿Porqué se darán por aludidos?) Otros me han amenazado diciendo que me atenga a las consecuencias (¿¿¿cómo??? Me interjeciono entera)… pero lo que realmente me ha impresionado, ha sido que me preguntaran si me refería a David Saavedra. Incluso me ha ofendido la pregunta. Primero porque la anterior entrada no se refiere a nadie en concreto, sino a un prototipo humanoide; y segundo, porque David Saavedra es un semidios. Quede clarísimo, por favor. Y conste que nunca respondo a los comentarios ni aclaro nada, pero cuando la ocasión lo requiere… 


Dicho esto, hoy he reunido fuerzas y ánimos para escribir sobre Hannah Arendt, una filósofa feminista que no se consideró ni filósofa ni feminista, pero, a la luz de la perspectiva temporal, no queda otro remedio que catalogarla como tal.

Si en las clases de filosofía se explicaran los idilios entre filósofos, sus amoríos, sus celos, sus rabietas y sus fobias, las teorías se entenderían mucho mejor.
Escuché hablar de Arendt en la facultad, a una lesbiana regordeta de mi clase. Discutía sobre el concepto de democracia y se ponía colorada mientras alzaba la voz. Obviamente no me pareció nada atrayente. Secretamente, yo me sentía atraída por los chicos más inteligentes de mi clase, como P.P.V. o A. F. Poco podía yo imaginar que Hannah Arendt llevó a extremo mi mismo síndrome de atracción-ensalzamiento sexual de hombres intelectualmente fuertes, superdotados y recios.
Ella provenía de una familia judía, (del mismo pueblo que Kant) y fue educada en un ambiente de respeto máximo hacia la cultura, llena de cariño y amor. Por consejo de su amiga Anne Mendelsshon -también judía y también brillante- estudió filosofía en Marburg, donde pronto la empezaron a llamar “La Chica Verde”, porque solía vestir un favorecedor vestido de ese color. (Abro aquí un paréntesis para recordar que mi abuela Guadalupe decía "la que con verde se atreve, por guapa se tiene". Me encanta). Hannah, no era ese tipo de filósofas dejadas, como la chica regordeta y sin cuello de mi clase; al contrario, era muy consciente del poder del atractivo femenino. En su ensayo sobre Rahel Varnhagen (una intelectual alemana del XIX, que le hizo cuestionarse las relaciones amorosas) escribiría “La belleza otorga a la mujer una perspectiva desde la que puede juzgar y escoger (…) Ni la inteligencia ni la experiencia pueden igualar esa perspectiva natural”. 
Muy consciente de su identidad como mujer, estos juicios entonces no se consideraban muy feministas (Me temo que aun hoy, muy pocas los entendemos así).
Hannah, con su vestido verde, su carisma femenino, su porte filosófico y su seguridad intelectual, se dejó anular sentimentalmente, en el momento en el que alguien desde una posición de superioridad (17 años biológicos y unos cuantos de estudio les separaban) se cruzó fatídicamente en su camino. Se trataba de uno de sus profesores, un pre-existencialista, si se me permite la expresión, contundente en su discurso y terriblemente atractivo en su atuendo, algo que no pasó desapercibido a la joven Hannah, muy atenta a los detalles estéticos.
Cayó rendida a una relación de poder y subordinación por parte de su profesor, casado y con dos hijos. Él le haría creer que sus pensamientos, escritos y elucubraciones, nunca serían tan elevados como los pensamientos, escritos y elucubraciones de él. Le escribiría apasionadas cartas de amor cuando quisiera tenerla y prescindiría de ella según sus apetencias. Sorprendentemente, ella acató enamorada y sumisa. Él era el profesor endiosado de fulgurante carrera; ella la chica de futuro incierto y sobresalientes capacidades para la discusión política. Él hacía respetar su autoproclamada integridad, ella debía obedecerlo y rendirle pleitesía como filósofo. Él, vestido siempre de color marrón, participaba en el Tercer Reich y alertaba de la “judaización” de las universidades alemanas; ella, bella adoratriz de origen semita, lo amaba sin queja ni exigencia; él era el profesor más célebre de la universidad: Martin Heidegger; ella la estudiante mejor abastecida neuronalmente y una de los pensadores más notables del siglo XX.
Mientras él menospreciaba e ignoraba las tesis de Hannah, ella, adorándolo y teniendo que vertebrar su pensamiento en torno al de su amado, fue gestando teorías políticas audaces y acertadas, fue creciendo filosóficamente sin el abrigo de su amante maestro.
Toda su vida viviría esclava de Heidegger. Aunque se libró de él durante un tiempo (en realidad él la sustituyó por otro recambio femenino en forma de amante) siempre vivió queriéndolo. Pero las circunstancias de uno y otra eran muy diferentes. Mientras ella se involucraba más en las teorías políticas y en la militancia judía, tuvo que huir a Praga. Allí se casó con un hombre sin amarlo, aunque al poco se separaron amistosamente, comprendiendo que aquello no tenía mucho sentido. 
Tres años después, en 1940 se casa por segunda vez, en esta ocasión lo hace enamorada de su marido, Heinrich Blücher. Sin embargo, a los pocos meses tuvieron que confinarse en campos de internamiento franceses. Según cuenta Elisabeth Young Bruehl , Arendt “insistió a sus compañeras de barracón para que conservaran el mejor aspecto posible, ya que si incorporaban la fealdad del entorno, su moral se hundiría”. Estos consejos tan de “Una rubia muy legal” para mí constituyen una radiografía clarísima del pensamiento moral femenino, desgraciadamente no muy integrado aun en el feminismo.
Después de penurias varias, se reunió con su marido y cuando las cosas se pusieron feas en Francia (el antisemitismo era por entonces una corriente europea imparable) emigraron a Nueva York, donde se instalaron y se espabilaron. Tuvieron que trabajar en una granja, y por supuesto aprender inglés. Como a tanta gente le ocurre hoy, cuando tenían edad, no tenían dinero para tener hijos. Cuando su situación era desahogada, ya fue tarde.
Heidegger, que seguía casado con su mujer de siempre, volvió a escena, a la vida de Hannah. Terminada la guerra, él necesitaba lavar su imagen, y para su reputación, nada como dejarse ver con la judía e inteligente Arendt que comenzaba a despuntar como un personaje relevante más allá de la intelectualidad. De hecho empezaba por aquellos entonces a ser conocida en ámbitos más sociales. Él la travistió por completo, y ella adoptó el color marrón en sus prendas, y en su corazón dominado aun por su ex profesor.


Fue la primera mujer catedrática de la universidad de Princeton (impartiendo seminarios de Christian Gauss), aunque estuvo a punto de rechazar el trabajo cuando empezó a oírse que le ofrecían la plaza precisamente por su condición femenina. Finalmente aceptó, alegando que no le preocupaba en absoluto ser mujer catedrático. Dijo “porque estoy bastante acostumbrada ya a ser mujer”.
Los entresijos filosófico carnales de Hannah se desgranan en miles de cigarros que fuma a todas horas y cientos de cartas con Heidegger, con Jaspers, la mujer de éste, su propio marido Heinrich Blücher y Mary McCarthy la dama negra de la intelectualidad neoyorquina, de la que hablaré algún día con calma, porque lo merece todo el rato. Con McCarthy mantiene una relación sáfica-intelectual muy interesante, y es una especie de alma gemela que dio a conocer y ordenó toda la correspondencia de Arendt una vez muerta. Precisamente, en una de estas cartas a su marido, la filósofa parece caerse -un poco nada más- del guindo con su adoración a Heidegger. Le dice “Desde siempre he estado prácticamente mintiéndole sobre mí misma, fingiendo que no había escrito ningún libro, que mi nombre público no existía, y que no podía, digamos, contar hasta tres sin implicar en ello una interpretación de su obra”(*1).
En 1958 aparece La condición humana, su obra filosófica más conocida y también la más relevante. Su visión de politóloga avezada –esa que defendía la bollera colorada de mi clase- describe y ensalza con maestría la libertad como equivalencia natural de la política. Dice Con la creación del hombre, el principio del comienzo entró en el propio mundo, que, claro está, no es más que otra forma de decir que el principio de la libertad se creó al crearse al hombre, no antes. … El hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe esperarse de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable.
Terminó sus días siendo una auténtica y reconocida eminencia, rulando por Universidades de todo el mundo y dedicada a su teoría política. Su marido murió de un paro cardíaco, ella rechazó la propuesta de matrimonio de un pretendiente, y probablemente nunca reconoció que Heidegger, el genio, el maestro, minó su vida sexual y sentimental.
Hannah nunca se consideró feminista, pero continuó defendiendo posturas impopulares en política, luchando contra totalitarismos y plantando cara a todo y a todos… Menos a Martin Heidegger. En 1975 fue a visitarlo por última vez. Se vieron, hablaron, fumaron, ella le volvió a mostrar su admiración y él hizo que no la apreciaba. Así terminó su historia, porque al poco Hanahh Arendt murió repentinamente.
Recuerdo desear desconsolada y pasionalmente a P.P.V. cuando le oía debatir sobre universos inalcanzables, o cuando de juerga por Alonso Martínez no me atreví a abordarlo. Por suerte lo hice bien, y una vez segura de mis capacidades intelectuales (muy por debajo de las suyas en cualquier caso), el destino me ofreció en bandeja un encuentro casi carnal con él. Fue algo muy sexual, fantástico, y con un punto político-intelectual embriagador.
Queridas muchachas, cultiven la belleza, y harán del mundo algo bello.

Lo dice Diana Aller

*1: Ettinger “Arendt and Heidegger” pag 116

4 comentarios :

C. Maltesse dijo...

Creo que cuando Arend menciona el aspecto físico y la moral en el campo de concentración se refiere a la supervivencia más que a la estética. Y aquí coincide con la apreciación de Primo Levi, quien prontamente, había notado que en Auschwitz los que abandonaban los hábitos de cuidado personal e higiene eran los primeros en sucumbir.

Tampoco estaría mal mencionar “Eichmann en Jerusalén” libro esencial de Hannah Arendt; un descorazonador, pero apasionante también, viaje a las tinieblas del genocidio; el inteligente intento de adentrarse en la personalidad de alguien capaz de enviar al exterminio a cientos de miles de personas.

Marta Olaso dijo...

Pues no hay tantos críticos musicales para esta oleada de agravios. Probablemente haya mucha gente que se haya reconocido en el "modus follandi".

Azahara dijo...

A este artículo ya te referiste en algún momento no muy remoto respecto del de apertura del blog. Sigue tan candorosamente resolutiva. Un saludo desde Las Palmas (alrededores baldíos del Delta, aquél local influyente, chocho ahora, pletórico siempre)

la Condesa Descalza dijo...

Oh, no lo conozco, investigaré...