lunes, 5 de julio de 2010

CATALINA DE ARAUSO

En el siglo XVI las cosas debían ser muy raras. La religión estaba integradísima en las preocupaciones más mundanas, y que una chica del País Vasco quisiera entrar en el ejército, de tan éxotico, resultaba normal. Tal es la historia de Catalina de Erauso, que de haber nacido en nuestros días, tendría este aspecto:
Pero no. Nació en 1581, en San Sebastián, y a la edad de 4 años la metieron en el convento de las Dominicas donde era priora su tía. En aquellos entonces era relativamente normal hacer estas cosas... La niña pasaría toda su vida allí, cosiendo, rezando y consagrando su vida a un Dios que nadie puede asegurar siquiera que exista. Catalina sin embargo dirigió su vida de forma bien distinta a cómo estaba proyectada. Disfrutaba peleándose con sus compañeras monjas, y precisamente después de una paliza con una de ellas- en la que resultó triunfal ganadora, claro- escapó del convento en el que vivió sometida. Robó las llaves y algo de dinero y huyó. No sabía manejarse en el mundo, desconocía cómo funcionaba todo... y sin embargo se las apañó vistiéndose de chico y aceptando trabajos de todo tipo, con sólo 15 años. Consiguió así que no la encontraran ni las monjas, ni su familia ni la Inquisición. Como sabía leer y escribir pudo trabajar como escribiente, pero después de viajar por toda España, sus ansias de lucha y aventura le impulsaron a embarcarse hacia la nueva América. La monja, convertida en grumete mantuvo su identidad oculta durante todo el -largo- viaje a la tripulación, y al capitán, su propio tío, al que robó un dinero al llegar a suelo americano para emprender una nueva vida. En Lima se mete pronto en líos, porque -vestida de chico todavía- se pelea amenudo, y la encarcelan. Un mercader para el que trabajaba, paga una fianza para que la suelten, porque su hija se ha "encaprichado" del guapo español.

Al parecer resultaba muy atractivo para las mujeres, que según cuenta ella misma en su biografía le acosaban de continuo. Lo que no cuenta es si llegaban a consumar y qué cara ponían sus amantes al contemplar su anatomía.
Va después a Chile, donde se convierte en soldado, cumpliendo así uno de sus sueños de siempre. Es valerosa en la lucha, y le encanta la violencia. Convive durante tres años y medio con su propio hermano, sin que éste se de cuenta de la identidad del muchacho con el que comparte techo. Catalina, finalmente le ve morir en una reyerta. Para entonces la monja es más bravía y cruel que ningún otro soldado.
Va después a Argentina, donde de nuevo le acosan las mujeres, lo que al parecer le molestaba un poco, porque le "apartaba" de sus intereses: la lucha, los viajes y la pelea.

Recorre toda América dedicándose a tales menesteres, que recoge en su biografía sin la menor afectación: "Yo saqué la daga y allí cayó muerto" o "...Con la mano clavele la mano contra la mesa".

Así, con una vida menos rutinaria que la de cualquier abertzale de hoy, un día decide confesarle su identidad a un obispo. Éste, incrédulo, manda a dos matronas para que la escrutinen. Confirman que es mujer y además virgen (No quiero ni imaginar en qué consisitiría el examen) y le colocan de nuevo un hábito y la envían al convento de Santa Clara, todavía en aquél lado del Atlántico. Pero ya es famosa y todos quieren conocerla, verla y tocarla. A ella le da vidilla todo el trajín que se monta a su alrededor. Todos conocen de sus sanguinarias gestas y se admiran de la novicia... hasta que se cansa de la fama, de las monjas y de América. Se pone entonces su traje de marinero y llega a Sevilla donde se le hace este bonito retrato.
Es difícil saber si era un varón con cuerpo de mujer o una lesbiana valerosa y luchadora. En cualquier caso, Catalina se refiere a sí misma en sus memorias siempre en femenino, contando a la vez sus episodios más violentos como si nada.
Pasa por Madrid, Pamplona, Francia, y finalmente Italia, meca de la cristiandad. Catalina, creyente y devota como ella sola, pide ser recibida por el papa. Urbano VIII, comprensivo, la recibe. Ella pide permiso para vestir de hombre y él se lo da, aunque le dice que puede seguir luchando, pero que intente no matar.

Se queda a vivir en Nápoles, donde es recibida por los reyes como un auténtico portento. El propio rey la nombra alférez y es conocida desde entonces como la monja alférez. Cuentan que "paseando por el puerto de aquella ciudad, refiere ella misma en sus memorias, unas jovencitas acompañadas de unos mozalbetes quisieron burlarse de ella, diciéndole: "Signora Catalina, dove si cammina?" A lo que ella respondió: "A darles a ustedes unos pescozones, señoras putas, y unas cuchilladas a quien se atreva a defenderlas.""

Vuelve a México, donde se va retirando de las armas y la lucha; se hace llamar Antonio y se dedica al comercio. De ella se dijo "Resulta de su vida que le gustaban no los hombres, sino las mujeres, y entre éstas las bonitas, y no las feas" (a lo que yo añado: ¡pues claro!). Al parecer se enamoró de una dama, que era pretendida por otro. Catalina se batió con él y por supuesto ganó. En 1650, cuando trabajaba como arriera, muere en el camino de ciudad de México a Veracruz.

Si esta aguerrida vasca hubiera existido en nuestros días ¡cuan diferente sería su historia!


Lo dice Diana Aller

3 comentarios :

Yo también soy del 72 dijo...

Unas cuantas como esta nos harían falta hoy en día............y que cada uno piense lo que quiera.

Johnny dijo...

Es Catalina de Arauso o de Erauso. En el título pones Arauso, pero en el artículo Erauso. En Google aparecen más resultados como Erauso

Roberto dijo...

Parecido: En el cuadro se me parece a Jimenez Losantos