domingo, 26 de julio de 2009

UN IMPERCEPTIBLE GIRO TERRESTRE


Paola era la menor de cinco hermanos. Siempre sospechó que por eso acabó siendo Ama Sadomaso. Sus hermanas y hermano la mandungueaban; su padre y su madre; y también los profesores y amigos... Su infancia jalonada de órdenes, pero también de cariño, fraguó un carácter dócil en apariencia pero maduro y autodidacta en sus internos fueros.

Cuando Valladolid se volvió pequeña y asfixiante, la abandonó con la excusa de estudiar empresariales en Madrid. Para una familia de las de antes, de cinco hijos, un solo sueldo, -generoso pero medido-, y muchas preocupaciones; la huída de la menor de sus hijas, suponía un gasto difícil de asumir.

Por eso ofició borracheras como camarera cualificada, malgastó horas y talento como paciente teleoperadora, e incluso ejerció el noble arte de la recepción en un concesionario de coches. Alternaba estos insalubres trabajos con su carrera, con amigos y alguna ocasional pareja.

En aquellos tiempos de universitaria sólo pequeños matices daban velada cuenta de sus verdaderas aspiraciones sexuales: Sólo orgasmaba si se colocaba encima de su compañero, y disfrutaba especialmente si pedía con una órden la práctica que deseaba que le perpetraran.

Cuando acumulaba veinte veranos en su biografía conoció a María, compañera de fatigas de todo signo. María era divertida y aventurera, y no temía a nada. Compartían borracheras, piso e incluso algún chico.

Con ella entró en el mundo de la prostitución. Empezaron a trabajar juntas, manteniendo en secreto su dedicación, gracias a la cual terminaron sus carreras y se procuraban ropa preciosa que a menudo también se prestaban.

Paola no soportaba la zafiedad, los hombres falsamente aseados, la apariencia, la idiotez instaurada, y de una forma natural se fue especializando en el insulto y el azote. Alguna vez se excitaba humillando, pero no siempre. Tendía a ser el estado natural de las cosas. Rebajaba al otro y el caos del mundo reposaba en paz momentáneamente.

Algún novio le duró más de dos años, pero terminaban por aburrirle siempre las rutinas autoinstauradas de la convivencia, las conversaciones intrascendentes, las manías maritales de sus compañeros.

A ojos de sus amigos de Valladolid y su familia Paola tenía una empresa de organización de eventos, y en cierto modo lo era. Consiguió montar su propio negocio siendo aun muy joven, y se hizo con una cartera de clientes sado muy nutrida y biengastadora. María trabajaba con ella en el Gabinete SM. Sin embargo, sus más allegados -maricas y/o gente del mundo de la moda sobre todo- sabían toda la verdad.

Paola veía a María ocurrente e imaginativa, muy por encima de la mayoría de sus exclavos. A menudo pensaba que para el SM había que valer: ella misma, Paola, estaba muy dotada, pero porque pertenecía a ese raro porcentaje de gente para el que la excitación carnal nada tiene que ver con el sexo. Pero María no. María valía para el SM porque valía para todo.

Su empresa era un pequeño emporio ubicado en un piso elegante cargado de claroscuros, cortinajes góticos y óxido. Tenía cuatro habitaciones con distintos escenarios "avernados" y un salón atrezzado para "grandes reuniones"; lo que la mayoría describiría como orgías. Dos habitaciones enfrentadas hacían las veces de guardarropa y despacho. Paola tenía además tres líneas eróticas de teléfono, atendidas por varias chicas a media jornada. Ella misma las había instruído en el excitante arte de la humillación. A instancias del cliente -varones en el 99´9% de los casos- las muchachas insultaban, reñían o simplemente callaban, ejerciendo una inocente tortura sobre los interlocutores. Tanto al teléfono como en el gabinete, los castigos infantiles eran la moneda habitual de cambio.

Los que por allí paraban eran de absoluta confianza y casi siempre habituales. Hombres solos y alguna pareja. Paola fue notando, eso sí, que las exquisitas maneras de los de siempre iban siendo desplazadas por las prácticas descaradas de una incipiente clientela menos iniciada. Cada vez se celebraban más despedidas de solteros, algo que le desagradaba profundamente, pero que reportaba suculentos beneficios a su negociado. Aquellos jóvenes sólo querían una pantomima basada en el propio travestismo del poder. Pedían un juego de lo que es juego de por sí; y disfrutaban riéndose del casamentero sometido a ínfimas torturas carnales. Además bebían alcohol y terminaban empeñándose en eyacular en donde fuera, dos cosas enfrentadas con el verdadero sado.

Paola adoraba el tacto del cuero, el vinilo y la seda, y le desagradaban sobremanera los tejidos plásticos y la licra, el "oir campanas sin saber donde". Ser SM, era ser de una determinada manera, reconocer por un anillo, un gesto o un logo a uno de los suyos en el supermercado, castigar, someter o aguantar.

Antes de cumplir la treintena, era absolutamente feliz, tenía una vida plena y disfrutaba de su privilegiada situación económica. Un día María se empeñó en quedar a desayunar en el Palace con su amiga. Y le soltó un "Me voy a casar" como quien suelta la mano de un hermano en un precipicio.

¿Casarse? ¿María? María no estaba hecha para casarse. Se cortaría el pelo, engordaría, se vestiría de mercadillo y se convertiría en una mujer vulgar e infeliz, como acaban siendo casi todas las mujeres. Terminaría arruinándose entre ansiolíticos, buscando el favor de su marido, una vez perdido por siempre...

María tenía ese extraño encanto de los suprainteligentes, ese toque chic de quien es del todo consciente de sus logros y limitaciones, ese saber estar que tienen los que saben disfrutar... Su novio era encantador, ...pero eso para Paola no era garantía alguna.

La siguiente frase, un escueto "Voy a dejar el gabinete", mutó la tristeza de Paola en rabia.
No. No, no, y no ¿María casada y trabajando o creando una familia?

Paola era muy fuerte, y se sobrepuso al abandono de su fiel amiga, ama y esclava. Continuaron viéndose, aunque sólo compartían ya desfiles de moda y copas con diseñadores. Ni la ropa ni el trabajo ni los clientes era ya un común universo.

El trabajo seguía funcionando a las mil maravillas. Los jueves se celebraban grandes reuniones, los asiduos pagaban interesantes cuotas mensuales y Paola se ayudó de ellos para no sentir la afrenta de su amiga como tal.

Santiago y Rosa eran un matrimonio de amo y esclava que paraban mucho por allí. Con el tiempo se hicieron muy amigos. También Pepe, que era muy tímido cuando llegó por primera vez y fue sacando al estricto militar que llevaba dentro; y Tomás, que gustaba de ser empalado mientras le proferían insultos aberrantes. En cierto modo eran una familia. Atípica, curiosa, pero muy bien avenida y con estrechos y muy reales lazos entre ellos.

En los últimos tiempos sin embargo, Paola comenzó a sentir cierta aversión a la fladidez carnal, a los restos violáceos de los golpes... Los tacones se le volvieron rutinarios, y los instrumentos de tortura estériles.

Pensó que sería pasajero. Fundió su tarjeta de crédito y la de débito también en un fin de semana, y encontró momentáneo consuelo en Prada y Chanel.

Sin embargo el lunes la vida cambió, la tierra dio una vuelta completa y cambió de dirección pero ni geógrafos ni estudiosos se dieron cuenta.

Sólo Paola, al leer el positivo en el test de embarazo. Hubo una extraña quietud terrestre, un silencio ahogado. Cayeron dictadores y por un instante fue primavera en todas las ciudades. Y esa paz que antes otorgaba el dominio a Paola, llegó entonces de la mano de un giro inesperado del planeta.

Y comprendió que ahora que estaba acercándose a la cuarentena, ya no le sentaba bien el cuero; que cada vez parecía más una pantomima de esas que representaba en las despedidas de soltero, y que la tersura de la seda cada vez tenía menos que ver con la de su piel, que emanaba ridícula de negros y ceñidos brillos.

Comprendió que no necesitaba un padre para su hija, así que le dio igual no saber quién era. Comprendió que su vida ahora era otra. Pero eso es ya otro relato...

lo dice Diana Aller (diario personal de Abril de 1999)

6 comentarios :

Anónimo dijo...

¿Y esta paranoia? Me ha gustado pero no te pega nada...

Raba De Calamar dijo...

Exclavo va con "s" en vez de "x", a no ser que esté reinventando el lenguaje. Se lo digo animosamente y sin voluntad de ofender. Muy buen relato de todas formas. ¡Cuídese!

Anónimo dijo...

Qué chula la historia...

Granito dijo...

Me gusta la historia de Paola, y me gusta aún más que se hable de la realidad en sus términos correctos, realmente no existe "el" universo. Existe el universo de Paola, mi universo, tu universo...

Y esos mucho más reales universos se paran, cambian de dirección, van más rápido o más lento, etc. cuando nossotros queremos.
O cuando no queremos también...

¡Vaya!, mi tercer comentario en mi primera visita a este blog, se ve que me ha impactado.
Más saludos.
Pedro M.

Gorgonsola dijo...

Hola

Granito, en mi opinión el universo es siempre el mismo, lo que cambia es tú forma de verlo.

La moral es un comportamiento adquirido, no un mandato divino, todo lo bueno y lo malo son sólo reflejos de nuestra forma particular de ver las cosas.


El universo es uno, nuestras versiones infinitas.

Anónimo dijo...

joder ¡que cursilada! parace un relato de Interviú de los 80 o de prograna de cámara oculta de la Milá. Claro que con lectores como Granito y tal no me extraña