martes, 20 de junio de 2006

mi parto (1ª PARTE)

Estoy llamando a la Clínica Acuario, donde creo que nacerá mi segundo hijo. Tengo mis reticencias con eso de tener un hijo valenciano, pero es vergonzoso que, con lo bien que funciona el sistema sanitario en España, nacer pueda convertirse en un trauma tan grande.
Trauma para la madre y el/la recién nacido/a.
Lo he comentado con varias amigas madres -conozco muy pocas, la verdad- y tengo la sensación de que la mitad son conscientes de la mercantilización de la carne en esos momentos, mientras que la otra mitad "anestesiadas" por la felicidad de una nueva vida olvidan el trato tan vejatorio al que son sometidas.
Las mujeres son despojadas de su autonomía, de su capacidad de decisión, y lo que es más grave: se ignora el conocimiento innato de la mujer sobre la naturaleza; algo que roza lo paranormal, y pendiente de explorar por la ciencia (desde los ciclos menstruales al unísono con la luna y las mareas, hasta la capacidad de dividir el cerebro y realizar 3 ó 4 tareas a la vez).
Se utilizan técnicas MUY invasivas, se agrede y mutila el cuerpo de la mujer y se la "pueriliza" constantemente, dando por hecho que no es ella la dueña de su cuerpo, de sus sensaciones...
Una conocida me llegó a contar que se sentía "como una puta" en los momentos previos al parto: Un montón de desconocidos invadiendo su cuerpo constantemente...
Mi experiencia resulta incluso divertida cuando la cuento, pero en absoluto lo fue.
Tenía programada una cesárea para el lunes, porque el niño venía de nalgas. El domingo anterior me puse de parto (¿Decidió el niño salir antes de que lo sacaran?; ¿reaccionó mi cuerpo?...) El caso que me fui a la clínica unas horas después de haber roto aguas. Durante toda la tarde pensé que me había meado. No sabía que "romper aguas" era algo tan literal.
Empecé a tener contracciones en cuanto llegué al hospital y una amable matrona de guardia me tumbó en una camilla de un quirófano para explorarme. La exploración que se repetiría cada poco tiempo consiste en intoducir dos dedos (bueno, por cómo notaba las cosas, deduzco que eran dos, tampoco he practicado mucho en eso de "adivina cuantos dedos tienes en el coño") en el orificio vaginal.
Con esta evolucionada práctica, al parecer se deducen muchas cosas: dilatación, tiempo que queda antes del parto, y seguro que tu signo del zodiaco o tu cuenta bancaria, porque como digo la penetración de dedos de distinta gente en mi coño fue constante.
El quirófano era de película de terror, baldas sucias de cristal, una papelera oxidada y una bombilla sin lámpara colgando del techo.
Me llevaron a mi habitación, y me dieron uno de esos absurdos camisón-bata como de papel, semitransparente y con el culo al aire, para que me lo pusiera. Teniendo en cuenta que había engordado 30 kilos en el embarazo, es fácil hacerse una idea de lo bien que me sentaba la prenda en cuestión. Las contracciones eran cada vez más dolorosas. Me intentaba acordar de las respiraciones que había aprendido en las clases de preparación al parto, y las intentaba hacer, pero el alivio a penas se notaba. Supongo que no hay mucha diferencia en una escala de dolor del 1 al mil entre mil y 1001 ¿no? En un momento dado vino alguién (otro personaje de los que sin presentarse ni nada introducía los dedos en mi interior y opinaba sobre el diámetro de mi orificio vaginal) y me "monitorizó", que no es que te enganchen a un motor (ojalá); sinó que te ponen un cinturón con un aparatito que mide el corazón del bebé y las contracciones. Como yo pensaba que con la palabra mágica "Epidural" se pasaban todos los males del mundo en aquel momento, comencé a pedirla con una sonrisa y después a grito pelado... Cada vez que entraba alguien en la habitación a testar la dilatación de mi vagina (a lo que yo respondía: "¡Pero si va a ser cesárea!") empecé a gritar ¡Epidural!¡Epidural! Y me decían con los dedos en mi coño "Todavía te queda un rato..."
Yo no lo sabía, pero resulta que hay que poner la famosa epidural con pocas horas de antelación.

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