miércoles, 15 de noviembre de 2017

COSAS RARAS QUE ME FASCINAN

-La imagen de Cristiano Ronaldo. Todo él: Su mundo, la gente que lo rodea, la ropa, sus hijos el peinado, la pose, proba, proba, los micrófonos. Por favor... Ahora ha tenido un hijo, a la carta como los tres anteriores, programando el parto de la pobre señora que lo portaba en sus entrañas a conveniencia de su agenda y todo es inenarrable, distópico, sucio. Cristiano Ronaldo más cerca de un lady boy filipino cada día, tiene algo en su magnificente estética que me puede y no acierto a definirlo.


-El sonido de las yemas de los dedos acariciando de lado a lado las teclas de un portátil. Muy suave. Es un poco de ASMR, lo sé. El ASMR es la capacidad de disfrutar de determinados sonidos que rascan las terminaciones nerviosas y yo sostengo que todos lo padecemos en una u otra medida. Si quiere saber si usted tiene un ASMR notable vea esta secuencia de Toy Story y espere a ver si disfruta. Para muchos esto supuso el despertar de este sugerente placer sónico. Cuando más se disfruta es cuando no se espera y aparece. ¡Buf! Eso es fantástico.


-Wish, una web que vende cosas que no entiendo. Sus anuncios aparecen insistentemente en Facebook y veo que no soy la única que se pregunta para qué sirven y qué son esas cosas... Como táctica comercial parece buena, porque más de una vez he clickado para comprender y no he encontrado esos productos, lo que me ha hecho quedarme en la página un buen rato buscando...

¿Una cabañita para fumar porros recogiditos en el salón?
¿Un utilísimo cubrebombillas de colores?


¿Un gorrito y bufanda para bebés que se quieran disfrazar de señoros?
¿Peluca low cost?


¿Medidor de emociones negativas por minuto?
¿Tatuador monocolor de uñas?


¿Tapa-botijos?
¿Cubre orificios del coche para suicidio en su interior?


¿Recoge-mocos para elementos sólidos?
¿Mantenimiento de las fosas nasales tras una fiesta farlopera?


¿Culo o codo?
¿Cojín de posaderas?
¿Manta para tapar las rodillas al cagar?


¿El comodísimo pinta-narices de payaso que toda persona de bien debería tener en casa?
¿Quita los puntos negros y cuesta un euro?


¿Un asa para sujetar un pomo? ¿Cómo hemos podido vivir sin ello hasta ahora?
¡Póngame cuatro, que está muy bien valorado este producto!


¿Un completo salón amplio y luminoso por 2 euros?
¿Una alfombra podemita?


¿Una máscara veneciana del año 3012?
¿Una valiosísima plantilla de cejas orientales?


¿Un completísimo kit de bombas de hidrógeno para acabar con este estado opresor?
¿Cargador de vibradores?




Lo dice Diana Aller

miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA VERDADERA SEMILLA DEL DIABLO


Soy una desgraciada: Llevaba unas 4 horas (¡4 horas!) dedicadas a un precioso artículo para su terrorífico deleite hoy festividad de jalogüín y olvidé un pequeño detalle: guardar el texto. Así que me dispongo a escribirlo de nuevo, aunque -esto ya lo saben ustedes- la magia de la primera vez es muy difícil de recuperar después. Ahí voy:
Una de las películas malditas por excelencia es La semilla del diablo; (Rosemary´s baby) de 1969. Hay infinidad de literatura sobre el tema, y toda todita muy interesante. Les recomiendo si les interesa, este artículo que viene muy bien saber el tiempo que les llevará leerlo que es algo que hace Vanity Fair y yo debería proponerme. Saber cuantos minutos vamos a perder con algo, es de extrema utilidad. (Aprovechar el tiempo perdiéndolo es la sal de la vida).
Es un filme grandiosamente malrollero que inauguró ("oficialmente") uno de mis géneros favoritos: el cine satánico. Tiene muchas cosas que le hacen ser una película maldita. Veamos (rapidito, que estoy hasta el coño de escribir lo mismo 2 veces):



1. La peli está basada en una novela de Ira Levin (que pese al nombre les juro por mi bien más preciado, mis medias-faja, que era un tío) que sitúa la acción en el edificio Bradford que se llama así como homenaje a Bram Stoker el de Drácula.

2. En realidad el edificio que aparece es el famoso edificio Dakota (pueden leer esto que no sé cuanto dura) sobre el que pesan maldiciones oscuras como el posterior asesinato de John Lennon que vivía ahí. Y entre sus paredes se alojaron gentes que dan terror como el actor de terror Boris Karloff (aficionado al espiritismo), JLo con Marc Anthony (que me da pavor con esa cara de insecto que tiene) o el más misterioso de los personajes maléficos de la historia: Aleister Crowley que da medito sólo con decir su nombre. (Se dice que si se pronuncia de noche 3 veces su nombre frente al espejo se aparecerá él mismo, Florinda Chico, Jesús Puente y muertos que producen tanto o más terror).

3. Al poco de acabar de rodar, el autor de la banda sonora (atención al nombre con 8 consonantes y una vocal) Kryzystof Komeda se puso malísimo a raíz de un accidente esquiando y entró en coma. Lo llevaron a su Polonia natal que es un sitio así como frío y terrorífico también y murió sin llegar a recuperar la consciencia nunca más.



4. La pobre Mía Farrow (protagonista de la peli), delgada como un pajarito frito y vegetariana, fue sometida a torturas tales como hacer dieta y comer carne cruda para rodar una escena. Además durante la filmación recibió una carta de su marido de entonces, Frank Sinatra pidiéndole el divorcio. Menudo cutre.  Aprovecho para recomendarles con fervor la autobiografía de Mía Farrow, "Hojas Vivas", que tiene una vida fascinante una sólida militancia activista y que narra magistralmente cómo Woody Allen (otro que tal) se lía con su hija adoptada.



5. Roman Polanski (que siempre me recordó físicamente a Elias Querejeta) maltrató a Mía y a otros del equipo, pero sobre todo es un pedófilo reconocido que sigue por ahí suelto y sin bozal. Y eso sí que da miedo...




6. John Lennon escribió una canción a la hermana de Mia Farrow, "Dear Prudence" que se incluiría en el también maldito disco blanco de los Beatles.

7. Lo más fuerte y terrorífico de "La semilla del diablo" ya lo conocen ustedes seguro (y lo pueden leer aquí fenomenal explicado si les interesa -aunque no sé lo que dura la lectura porque son varios capítulos-). La llamada "Familia Manson" asesinó a la mujer de Polanski, Sharon Tate, embarazada de 8 meses y a 5 amigos más que se encontraban con ella. Buscaban al productor musical Terry Melchor, pero ya no vivía allí. Charles Manson estaba obsesionado con el disco blanco de los Beatles y en las paredes dejaron escritas las palabras “Helter Skelter” (título de una de las canciones del disco).

8. La película (y el libro) sigue una progresión tan creíble que produce terror. Podría tratar de la llegada al mundo del hijo del maligno por culpa de un pacto (del padre) que pide triunfo a Satanás a cambio de un hijo. Pero podría hablar del desequilibrio mental de una mujer embarazada, envuelta en su propia paranoia.


9. Este dato les importará una mierda seca: De las 5 ó 6 veces que he visto "La semilla del diablo", siempre he visto el final pero jamás el principio y no sé por qué.

10. "La semilla del diablo" y toda la macabra leyenda que acarrea supuso el fin de la inocencia hippy, el comienzo de una era sórdida, oscurantista y de resacón. La sociedad norteamericana despertó y se hizo tristemente adulta. Proliferaban las sectas, el espiritismo y el mal rollo.




En realidad he glosado estas cosas de miedito para contarles que la verdadera maldición demoniaca se extendió de otra forma mucho más fuerte y sibilina...



Les quiero hablar ahora -disculpen el cambio brusco de tema- de los Modlin. Los Modlin se dieron a conocer cuando el fotógrafo Paco Gómez encontró (bueno, él no, su cuñado, pero eso ahora da igual) en una basura de esas que tanto me gustan, fotos, ropa, cuadros y objetos de una familia norteamericana que vivía en la calle Pez nº3. Hace un tiempo, para la recomendable web de Mi Petit Madrid tracé una ruta misteriosa donde situé el siniestro hogar en la esquina con San Roque, lugar lleno de fuerzas telúricas de corte satánico.


Los Modlin eran Margaret (la madre)  Elmer (el padre) y Nelson (el hijo) y el libro que sacó Paco Gómez de la raruna familia da cuenta de los extraños hábitos y la trayectoria de estos tres oscuros personajes: Margaret y Elmer se conocieron en 1948 y como tantos otros en aquella época, se fueron a buscar fortuna, libertad y sol a California. Desde bien temprano se detecta en esta pareja una enfermiza obsesión por el éxito.
El hijo, Nelson, nació en 1952 y en su época de estudiante viajó a Salamanca (probablemente para librarse de acudir a la guerra de Vietnam). Como les sucede a algunos guiris quedó fascinado por nuestro país y al año siguiente vinieron sus padres, se instalaron en la calle Pez y ahí pasarían el resto de sus vidas, sin hablar ni papa de español, con las persianas bajadas y llevando una vida obsesiva y asfixiante. Vinieron aquí, a Malasaña buscando el reconocimiento o el mecenazgo que no encontraban en Los Ángeles. (Iban listos).




De aquella basura que sacó Gómez se infiere el gusto onírico y extraño de los cuadros de Margaret. (Buscan en google imágenes: un delirio total). Pintaba basándose en fotos previas a veces semidesnudos de su marido su hijo y ella misma. Representaba excéntricas alegorías que narraban el fin de los tiempos. Su pretensión era (agárrense al sofá ese de IKEA anodino que tenemos todos) ser "la mejor pintora del Apocalipsis de todos los tiempos". Consiguió exponer fugazmente en el Círculo de Bellas Artes. Firmaba con un extraño anagrama de 3 "emes" entrelazadas (Margaret Marley Modlin) que alguna vez han comparado con el bíblico número de la bestia, el 666.
Elmer se ganaba la vida ejerciendo de extra en series como Curro Jiménez o en anuncios para El Corte Inglés (vean, vean...).




Su universo era cerrado, oscuro y extrañamente privado. A su hijo le inculcaron una encendida obsesión por la fama y lo intentaron todo con él: Que fuera actor de renombre, locutor de radio, modelo... Cualquier cosa que le diera reconocimiento. Sin embargo a los Modlin se les escurría el tiempo y la ansiada fama no llegaba de ninguna manera. Sus fotos y cuadros eran cada vez más locos y forzados. Parecía que el universo y la vida se les resistía por más que ellos consagraban sus vidas al arte. En un ataque de racionalidad, Nelson abandonó a sus padres y se fue a Guadalajara. (Me refiero a que estuvo atinado al dejar a sus padres, no por irse a Guadalajara).




Espació las visitas a dos veces al año y apenas tenían relación. Los señores Modlin se fueron marchitando, en su mundo arrugado y excéntrico. (En este artículo cuentan muy bien la historia) hasta que a Margaret le dio un ataque al corazón y murió repentinamente. Su hijo se marcó un Antonio Flores y murió después dejando a Elmer Modlin destrozado, cirrótico perdido y solo. En un espacio de 5 años morían los 3 miembros de la familia legando a la basura una historia que finalmente ha sido contada. Una historia que no llegó a suceder como estaba prevista, por la senda del éxito y el reconocimiento. ¿Por qué? ¿Qué se truncó en la vida de la artista y el actor? Porque recordemos que Elmer era actor... Y un detallito: Su papel más relevante fue como mega secundario en "La semilla del diablo" haciendo de adorador del demonio.



El otro día solicité en redes sociales -disculpen de nuevo el abrupto cambio de tercio- recomendaciones de televisión y plataformas digitales. Mi buen amigo y mejor crítico Julio (sr. Sawa) me animó a ver Holy Hell (está en Netflix) un documental de uno de mis temas favoritos además de los virus, Fidel Albiac y Egipto: Las sectas.
Está narrado en primera persona por Will Allen que estuvo 18 años siguiendo (por gusto) al líder del grupo, Jaime Gómez, que se hacía llamar Michel y después Andreas, aunque para sus acólitos (que llegaron a ser 120) era "El Maestro". Él solía contar que a su vez tuvo un Maestro que le transmitió toda su sabiduría.
La cosa empieza muy bien: Son una cuadrilla muy maja de gente joven y sana. Michel sólo reclutaba jóvenes atractivos y en sus actividades se rendía culto al cuerpo: Mucho deporte, alimentación saludable, naturaleza y nada de alcohol. El propio maestro organizaba coreografías y actuaciones de baile por parte de Buddhafield (el nombre del grupo). Todo despedía un buen rollo saludable e idílico: la perfección celestial en la tierra: gente feliz y guapa, sonriendo y celebrando la vida en comunidad. A mí estas cosas me gustan: la horizontalidad, lo colectivo, no torturar animales para comerlos, pasear por el bosque... Planazos sin gente vestida de Inditex, ni hipotecas, ni bares con música horrible, ni discutir por la temperatura en la oficina.




Lo que pasa es que se vislumbra algo perverso en ese culto extraño a la belleza y en esta hermosa utopía. El propio Michael es físicamente artificial y cerúleo y se da un aire a ese supraser que ha vuelto últimamente a televisión llamado Erik Putzbach. ¿Recuerdan aquél incomprendido programa de Antena 3 de "El Equipo G"? Y si no lo han visto, también recomiendo el visionado de este "Callejeros" donde Erik se muestra en todo su esplendor (minuto 6:55). Estas cosas me llevan a plantearme por qué la cirugía estética está tan poco o tan mal desarrollada en los tíos. Desgraciadamente es la única disciplina médica que toma como modelo a las mujeres y la adapta a los varones y no al revés.





...El caso es que Michel lideraba un grupo lleno de felicidad alegría e inquietudes artísticas. Como en todas las sectas (y en los partidos políticos), el insaciable apetito de liderazgo fue aflorando salvajemente a costa de alienar a una masa cada vez más entontecida y mansa.
Mientras practicaban extenuantes deportes, Michel iba añadiendo toxinas a los surcos de su rostro que cada vez daba más miedo y también iba demandando masajes con final feliz a los efebos más apuestos del grupo. Al autor del documental le llega a confesar que las prácticas sexuales que mantiene con él, a su vez se las enseñó su maestro.
Cada 4 años acometían un ritual loquísimo de varios días para dejar aflorar el conocimiento, una especie de espíritu mágico que les hacía entrar en un lisérgico estado de conciencia que no he visto ni en los mejores afters de Nueva York. Las imágenes son espeluznantemente atractivas. Todos parecen ir puestos de "eme" de primerísima calidad.



Y todo porque el maestro les tocaba la frente. La sugestión era tan fuerte que los tenía dominados. Hacían hipnoterapia, bailes, entrenamiento... y abusos (homo)sexuales.
Poco a poco se fue destapando el horror. Michel era cada vez más obsesivo, más estirado, más paranoico. Sus fieles se fueron yendo a medida que se conocían los abusos. Terminó por quedarse con unos pocos, cambiarse el nombre y salir de EEUU. Pero ¿Quién era Jaime Gómez, ese ser horriblemente atemporal y extraño? Al parecer tenía un pasado como actor porno (a tenor de las imágenes, de porno acrobático).




... Y como actor secundario ¿Adivinan en qué película apareció de extra como adorador de Satán? Sí, en "La Semilla del diablo".




Al igual que Elmer su papel es mínimo, no tiene ni una frase y se encuentra en una fiesta de celebración en honor al Maligno.

Llegada a este punto se me ocurren varias teorías: Que Polanski orquestara un casting de tarados para esas escenas, que un grupo satánico real se ofreciera a participar en la película o que todo fuera fortuito. Pero como dicen mis hijos imitando a los youtubers de misterio (con acento latino e impostado)"¿Casualidad? No lo creo...".

Se me ocurre que pasara algo en ese rodaje. Que los participantes trabaran un mínimo de amistad. Es muy probable que hablaran de las secuencias que iban a grabar y de la temática de la película. De hecho estoy segura de que hasta aquí todo ocurrió. Ahora bien -y aquí empieza la especulación- ¿Y si ese aquelarre de actores devino en un pacto con el diablo? Pudiera ser perfectamente que Elmer Modlin prometiera al Maligno el alma de su hijo a cambio de la gloria que buscaba enfermizamente con su mujer Margaret. Pudiera ser también que Jaime Gómez, Michel ofreciera su alma para la eternidad a cambio de belleza, juventud, éxito y bacanales de músculos y sexo. O a saber qué ofertaron, que creyeron entender y cómo se desarrollaría la invocación del demonio. Pero estoy segura de que ocurrió.



No que el demonio les alquilara las almas (no creo en Dios ¿Voy a creer en el Diablo?) pero sí que ellos ofrecieran almas a cambio de éxito. Obviamente no lo consiguieron. Yo creo que porque el demonio no existe. Pero su empeño fue lo suficientemente fuerte como para impulsar sus vidas enteras. Michel, Andreas o como se llame, les decía a sus seguidores que había tenido un maestro que le enseñó todo. Yo creo que él lo creía fervientemente (lo creerá: sigue vivo con media docena de discípulos). Pero porque algo hicieron supongo que después del rodaje -salir a celebrarlo, probar alguna droga tan de moda en esos círculos y en esa época- que les cambió para siempre.



Me gustaría saber qué vida han llevado el resto de involucrados en esas escenas de supuesta adoración satánica. Algo me dice que el ciego que se pillaron fue monumental y vieron clarísima la posibilidad de éxito a cambio de un simple alma humana (¿una alma? me hago un lío con estas cosas).



Hoy por la mañana he ido a ver "Una pandilla alucinante", dentro de esas sesiones tan molonas que montan en Sunset Cinema (lo recomiendo fervientemente, porque hacen auténticos planazos para todo tipo de públicos y se disfruta el cine con un halo de romanticismo increíble). He celebrado Halloween con mis chiquillos y para la hora de la cena nos hemos reservado el último capítulo de la segunda temporada de Stranger Things, que aunque es flojucha, me reconcilia con los planes familiares.
Soy asquerosamente feliz. Aunque tenga la espalda destrozada, aunque trabaje mucho, aunque exista Putin y aunque tenga que repetir un artículo larguito en este blog (Mi idea era publicarlo ayer noche).


Aun cuando no creo en Satanás, ni en Dios, ni en la homeopatía, ni en nada, me encantaría asistir a una ceremonia de adoración del Maligno y ver de primera mano cómo los mortales venden su alma al Diablo.
Aunque bien pensado ¿No lo vemos todos los días? Informativos, ansiolíticos, adicciones, dinero, preocupaciones, twitter, acoso... Estamos rodeados.



Lo dice Diana Aller

martes, 17 de octubre de 2017

ME HE COMPRADO UN DESPERTADOR

(Aviso que toda esta parrafada se resume en "Me he comprado un despertador". Lo advierto por si usted tiene faena).

Tendemos a resumir nuestra biografía en ciertos datos concretos que consideramos importantes. Al conocer a alguien en Tinder, por ejemplo, se suele preguntar por el trabajo. ¿Qué dice el trabajo de nosotros? En realidad son los detalles, las rutinas y las pequeñeces lo que nos humaniza y distingue...
Y voy más allá: No es tanto lo que nos ocurre como la forma en la que nos ocurre. Me da igual una historia concreta; lo que quiero es que me la cuenten de una forma sugerente y única.
Hoy me dispongo a contar una nimiedad, de esas que tal vez a ustedes les parezca una mierda seca, pero que supone un pudoroso desnudo integral por mi parte:

Hace casi 3 años pasé una muy mala racha en cuanto a tecnología... En 4 meses tuve 5 móviles y cuando me compré el sexto me prometí que me duraría. Lo cuidaría como una relación preciada, como un amante creativo, como mi garganta en invierno. Decidí que si lo perdía o se estropeaba, no volvería a tener móvil. Porque el destino me estaba suplicando de una forma nada sutil que cambiara de vida. Que no necesitaba un apósito inteligente que me traicionara geolocalizándome, manteniéndome disponible para todo y todos. La vida por caótica que sea, nos alerta con señales claras para abrazar el equilibrio. Perder y romper uno tras otro móvil era un signo certero y resolví tomar la decisión de comprar el último en un par de años.
En la Fnac se debían creer que traficaba con los terminales bq que compraba una y otra vez (Siempre esta marca porque las roturas eran fortuitas y la relación precio calidad es admirable). Cuando salí de comprarme el bq acuaris A4.5 me sentí derrotada. Como si fuera a combatir a una guerra que tenía perdida de antemano. Como si traicionara a mi madre. Como si fuera una inútil incapaz de mantener algo en mi vida. No tenía (ni tengo) pareja estable, no tenía (ni tengo) trabajo estable ¡Ni un móvil estable era capaz de tener!
Mi vida era pura fachada. Decía luchar por la libertad en toda su abstracción, pero tal vez fuera todo un escudo, una coartada. Mi incapacidad para afrontar rutinas era el motor de mi vida. Mi amigo Pepillo, tan ferviente creyente del psicoanálisis, diría que yo perdía o dejaba caer los móviles de forma inconsciente.


Mi vida era pura represión. En el fondo anhelaba ser funcionaria, tener un marido harto de follarme y cargar siempre con un puto iPhone. Si eso es la satisfacción ¿Por qué yo me resistía a ella? Me había fabricado teorías casi esperpénticas para justificar mi empeño de ir contracorriente.
Y ahí estaba yo, metiendo la tarjeta SIM (esa que no se debe tocar mucho, pero da igual porque muy manoseada también funciona) en mi bq blanco y reluciente.
Cuidaba mi móvil con temeroso mimo porque sabía que sería el último. Era como la política de un solo hijo de China, como un emperador mimado, estéril y tonto.

Y pasaron los días y las semanas. Pasaron los meses, los fríos y el calor. Me acostumbré a mi bq como quien se acostumbra a una postura sexual: Me solucionaba. Me resultaba cómodo, agradable y dejé de cuidarlo como si fuera de cristal de Bohemia.
Pasó el sol desértico madrileño, el otoño romántico y gris espeso y de nuevo el frío cortante y urbano. Mi móvil y yo cumplimos un año de relación.

Almacené fotos tontas y canciones bonitas, envié emoticonos a mi madre, compartí artículos, reservé hora en mi centro de fisioterapia, leí textos emotivos, estados de Raquel Piñeiro, inspiradas críticas de  desfiles de Carmen Mañana, subí fotos con filtro Valencia a mi Instagram, recibí declaraciones de amor y de la renta... Y mi vida podría parecer un anuncio de Orange, totalmente conectada con un mundo en constante cambio.
Como todas las relaciones sanas, mi móvil y yo establecimos unas pautas de necesidad y un conocimiento mutuo, casi sin darnos cuenta.
Cuando, por vicisitudes de la vida, acababa de madrugada notablemente perjudicada en Alcalá de Henares, un aviso en la pantalla anunciaba maternal: "Diana, en 35 minutos sale el último autobús a Madrid". Y me hacía pensar "Es verdad... Tengo más de 40 años, ni tengo coche ni sé conducir ¿Qué estoy haciendo con mi vida?"
Mi móvil nunca me diría "Eres una desgraciada, es martes y estás ciega cual piojo: búscate un trabajo normal". Él era tenue, perspicaz, cariñoso. Me decía los pasos que caminaba al día, me ponía al corriente de notificaciones y mails o me encontraba rutas para llegar a un bar donde se celebraba un cumpleaños.
Me confié.


(La foto de Debbie Harry es porque me mola. Sin más)

Pasaron más días, más semanas y más meses con sus fríos, lluvias y sofocantes calores.
Mi móvil y yo cumplimos al fin los dos años juntos. Toda una proeza después del descalabro digital que había vivido.
Todo iba bien hasta que este verano mi bq me dio un susto al reiniciarse solo y tardar casi media hora en actualizarse.
Fue una especie de aviso, una nota de obsolescencia programada que me anunciaba que su salud ya no era joven y lozana. Un poco como la mía.
Se recuperó bien. También como yo suelo hacer.
La batería cada vez duraba menos y todo iba un poco más lento.
Hace una semana le dio un ictus a mi móvil. La pantalla no respondía. Sólo podía dar al botón de apagar/encender.
Sentí ese frío sórdido de soledad inútil. Esa incomodidad primermundista y absurda de sentirme desamparada, como si las amenazas fueran otras al no tener móvil.
Incluso estuve tentada a poner en Facebook ese mensaje penoso que a nadie importa más que al interesado de "Estoy sin móvil, cualquier cosa, por aquí". Pero no lo hice. No tenía trascendencia estar sin movil. Sólo para mí y mi debilidad intelectual, especialmente maltrecha durante 24 horas. Cuando al fin se gastó toda la batería, con un extraño cariño más cercano a la necesidad egoísta que al amor, enchufé el cargador: Mi amigo se encendió, estuvo un buen rato actualizando y finalmente volvió en sí sin apenas secuelas. Sólo una batería cada vez más voraz.


Como me considero una mujer de recursos, fui a un establecimiento del ramo (qué preciosidad de expresión: "del ramo") y cambié la batería. Yo no, un joven de rasgos asiáticos. Abrió con soltura las vísceras de mi pequeño compañero y le transplantó su nuevo corazón.
Miré mi móvil, mi ya viejo móvil. Iba a luchar por él, se lo debía. Había aguantado mucho más que sus 5 predecesores, habíamos establecido una relación formal y respetuosa y me había hecho creer que soy idealista, que mi vida no es un desastre sino una lucha moral. Es más, que me apoyaba.
Y yo le iba a apoyar a él ¿Qué menos?

Arrastra una extraña secuela, sólo una: el reloj se queda de cuando en cuando parado, como si no quisiera que el tiempo, los días, las semanas, el calor y el frío pasaran por él. Es sólo una pequeña extravagancia... Y yo se la voy a permitir.
Me levanto todos los días de diario a las 7:45. Ahí el despertador del móvil me arranca de los sueños y me lleva a una vigilia cada vez más gastada y conocida. Pero en estos últimos días me he despertado yo sola. Mi cerebro me alertaba de que me esperaban mil batallas pequeñas y unos cuantos disgustos insignificantes y domésticos... El reloj de mi bq se "saltaba" el tiempo del despertador y se actualizaba después...

No podía dejar a mi cerebro como único responsable de levantarme a la hora. Soy una inválida sin tecnología digital. Reconozco mi necesidad y adicción y además la acepto gustosa.
Por eso tomé una decisión drástica y única: Me compraría un despertador.

En uno de esos paseos de fin de semana en los que confluyen recados, compra, urgencia consumista y relax laboral, pasé por una tienda de tecnología digital y analógica. En plena calle Fuencarral divisé un establecimiento con forma de túnel con las paredes rebosantes de artículos con números y carcasas. Encontré en seguida una estantería con despertadores. Despertadores. ¿Quién compra hoy despertadores? ¿A mucha gente le envejece el móvil y no lo quiere jubilar? ¿Hay abuelitos que no tienen móvil? ¿Para qué querrían madrugar?
Había un poso de tristeza hondo y ceniciento en esa balda polvorienta. Como suspendida en un olvido capitalista, se alzaba una ristra de despertadores olvidados por la tecnología, relegados a ese nicho y limbo de consumo en el que sobreviven buzones, cabinas de teléfono o casetes BASF. El mundo se ha vuelto vertiginoso y utilitarista. Mucho Instagram y mucho filtro, pero la belleza romántica de la sociedad analógica nos pasa desapercibida. Nuestras retinas obvian los cimientos intelectuales que nos han moldeado.

Una mujer con acento del norte me preguntó qué buscaba. "Un despertador" le dije decidida y me respondió que sólo tenían despertadores de viaje. El concepto "despertador de viaje" resuena en mi mente desde el sábado sin parar. Con reverb, con flangger, con delay y eco. ¡Despertador de viaje! Dan ganas de viajar a 1996, ser joven y tonta, sufrir por amor y necesitar un despertador de viaje. ¡Madre mía, qué concepto tan soberbio y cuántas cosas egregias encierra!


La conversación con la mujer fue de un costumbrismo olvidado y tierno que de verdad necesitaba. Me contó que era de un pueblecito cercano a Llanes, que en verano se llenaba de madrileños. Yo le comenté que me apellidaba Aller, que es un concejo asturiano. Y para qué queremos más: Estuve casi media hora de charla con aquella galante mujer. Ella no sabía colocar las pilas ni poner en hora el despertador, eso sabían sus hijos, pero venían luego.
Pagué con la tarjeta de crédito, porque el datáfono sí que sabía cómo funcionaba, me dijo que había aprendido hacía poco.
Metió el despertador en su cajita, pegó con celo la garantía y cuando me ofreció una bolsa rehusé: "No es necesario" le dije.
Las bolsas de plástico se han convertido en una plaga sucia e innecesaria. Debemos evitarlas, sustituirlas, reciclarlas. Son una extraña herencia de un mundo poco sostenible, perezoso y extrañamente pragmático. Como la sociedad norteamericana, como una gasolinera o Arévalo: Cosas que no tienen sentido estético pero ahí están.
Marché de la tienda con el despertador en mi mochila sabiendo que una nueva etapa vital se alzaba ante mí.


Las instrucciones eran casi tan tan extensas como las de mi portátil y sólo faltaba el esperanto entre todos los idiomas a los que estaban traducidas. Puse las pilas, quité el precinto, me instruí sobre el funcionamiento y puse el reloj en hora.
Sentí esa satisfacción ególatra y llena de autoestima tonta que da el conocimiento, el verme sabedora y capaz de algo sin ayuda. Comprendía un reloj. Estaba preparada para programar la hora del despertador.
Firme y decidida, puse 7.45 en el dispositivo y coloqué el despertador en mi mesilla. Me gusta verlo ahí. Discreto, blanco y abatible.



(Sí, tengo gotelé. Y sí, tengo un portarollos y papel higiénico en mi cama. No es muy estético, pero sí profundamente útil. Piénsenlo. Bueno, mejor tampoco lo piensen demasiado).

El despertador sonó el domingo por primera vez.
La primera de muchas veces.
Tengo un despertador. Un despertador de viaje.
Estoy trabajando en un programa de televisión que me ocupará unas semanas, alterno amantes (pocos, la verdad) y sigo pensando en la libertad como meta vital e imposible utopía.

Mi móvil me observa y acompaña. Sabe que lo voy a cuidar, que siento respeto hacia los objetos inanimados. Y en su caso un cariño inerte pero geográficamente escarpado y pasional. No funciona bien del todo, pero somos como esas parejas que por pereza no rompen. Ya nos hemos hecho el uno al otro y nos compensa. Es un amor de necesidad, accidental pero honesto.

Cuando mi bq muera del todo, compraré uno nuevo. Pero seguiré usando mi despertador. Iré encadenando tecnología que me recuerde mi soledad, cuando no mi invalidez sentimental. Morirá mi móvil y me recordará que yo también me apagaré algún día. Y cada mañana me despertará mi pequeño aparato hasta que su vida útil, que es su vida, finalice. Ha venido para quedarse. Quiero agarrarme a los flecos analógicos que cuelgan en mi existencia. Quiero pensar que éstas son las cosas importantes de la vida. Porque lo son.

Cuando alguien me confiesa un secreto o algo personal, demasiadas veces me dicen "Pero no cuentes esto en tu blog ¿eh?" Como si me interesaran los datos jugosos o los chismes. No amigos, son las tragedias cotidianas y las alegrías pequeñas las que merecen la atención. Y cada vez más, me da igual lo que me cuenten. Lo que me importa es cómo lo hagan.

Hoy me he vuelto a despertar sola, una hora antes de que suene mi despertador. Entraba el primer frío de este otoño en mi casa. He pensado que a mi móvil bq y a mí nos queda un día menos de vida, y que lo iba a aprovechar con él. Puede que el apego a la inteligencia inerte sea inútil; pero a mí me llena. Bastante además.

Lo dice Diana Aller