miércoles, 8 de agosto de 2018

SANTIAGO POR LA TARDE: DESPEDIRSE DE UNA AMIGA

En estas fechas si viajo es para veranear, o para -como en esta ocasión- recoger a mis hijos de su galaico veraneo.
He decidido venir con tiempo a Galicia, para despedirme de una amiga. 
También para reconciliarme con mis ancestros y visitar la tierra de mi padre muerto. 
No creo en el poder de la sangre más allá de las transfusiones. Mi familia es la que me ha tocado sin posibilidad de elección y es difícil saber donde empiezan los afectos y donde el mero síndrome de Estocolmo.
A pesar de todo, esta tierra verde del norte habla bastante de mí, de cómo sin necesidad de abono crece la vida a mi alrededor, frondosa, exuberante, sensual. 

Mis amigos, amantes y familiares algunas veces creen que paso de ellos.
Tengo cercenada la capacidad de reacción afectiva.
Sé mostrar mis sentimientos sin problema, pero me paralizo o huyo cuando detecto confrontación, pérdida o enfado. 
Me importan tanto que no sé actuar.
Nunca he pedido perdón a mis padres. Y eso que les hecho sufrir bastante. Tampoco les he dicho que les quiero. Ni a mis amigos. Esas cosas sólo se dicen en las películas americanas, donde los niños se enfadan porque su padre no va a verlos al partido de baseball. Aquí, en el mundo real decimos “te quiero” de una forma monotónica, aprendida y regalada en la intimidad de la pareja y a veces a los niños porque dicen los psicólogos que hay que reforzar su seguridad.

Pero querer, del verbo amar es algo tan grande y fuerte que no cabe en una frase, que no puede pronunciarse con voz humana o escribirse desde cualquier lenguaje articulado.
Es una ráfaga vandálica del interior de nuestras entrañas, irracional, perfecta, arrebatada.

Conocí a Carmucha en una notaría, que me parece un lugar excelente para conocer a alguien que iba a ser importante en mi biografía.
Antes del boom inmobiliario mi madre me ofreció darme la herencia de mis abuelos, pero sólo si la invertía en algo. Eran los 90 y me dijo “Cómprate un piso, que van a subir mucho. Mira lo caro que está el suelo en París [donde vivía mi hermana]. Te doy el dinero pero por favor, no te lo gastes en ZARA”.
Así que allí estaba yo con menos de 20 años en una notaría con mis futuros vecinos firmando las escrituras de una promoción de viviendas en Chueca, antes de que Chueca fuera Chueca. Antes de que fuera un parque temático.
Sobre todos ellos se alzaba, con un carisma arrollador y una mirada felina y clara, Carmucha, una mujer de más de 60 años que hablaba con unos y otros y protestaba por todo lo “protestable” con un indisimulado acento gallego.

Vivía en Salobreña, Granada, pero según me contó -nos contó a todos- vino a Madrid a visitar a una amiga pintora en la calle Barbieri. Entonces vio el piso en promoción de la calle Infantas y dijo “Qué bien vivir aquí. Me lo compro”. Vendió su anterior casa y compró esta. Más tarde me contaría que anteriormente había ido a visitar a una amiga en Salobreña, se había visto a sí misma en aquel lugar y vendió su anterior propiedad para irse a Granada.

Así era Carmucha: Una, grande y libre.
Ingobernable, resuelta, abierta, decidida.

El ilustre notario iba llamando, entregando llaves y escrituras de forma desmanejada y caótica, con dni´s desordenados en la mesa de su despacho.
Carmucha, con el remango que siempre le caracterizó se puso a protestar. No como se quejan las señoras de cierta edad. Ni siquiera como lo hacen los humanos cuando están molestos. Se puso como un ser mitológico, como un Ares furioso escupiendo fuego desde la garganta.
Exigió que se nos atendiera por orden de llegada y nos fueran liberando conforme acabáramos cada uno.
El notario, achantado y muerto de miedo, la obedeció.

Entonces supe que íbamos a ser amigas.

Carmucha ha vivido mis amores y rupturas sin juzgar, regaba las plantas de marihuana cuando me iba de vacaciones y me bordaba cojines de punto de cruz con mi nombre, con el de mis parejas y los nombres de mis hijos. 
En mi primera boda me propuse cumplir el protocolo de llevar algo viejo, algo nuevo, algo azul y algo prestado. Esto último fueron unos pendientes de oro blanco que me dejó ella.

Carmucha tenía un gato bizco, Pascua, bastante siamés. Pongamos un 83,7% siamés. Y un perrito “palleiro”, Toy. Mi perro Crispín enseguida intimó con ellos, sobre todo con Carmucha a la que idolatraba sobre todas las cosas.
Toy le enseñó a Crispín a rascar la pared antes de cagar, como haciendo fuerza con las patas y el estómago. Pascualín (como le llamaba Carmucha) le enseñó a frotarse por entre las piernas para pedir caricias y comida.

Carmucha año tras año entraba en mi casa con su llave mientras yo estaba trabajando, recogía a Crispín y estaba con él y con sus animales hasta que yo regresaba a casa y le recogía.
Me recibía moviendo el rabito, mostrando mucha felicidad. Incluso parecía que me sonreía. Pero luego al llegar a la puerta de casa se volvía corriendo a la puerta de Carmucha. Quería tenernos juntos a todos, quería estar conmigo pero también con ella.

No sé cuánto dinero pagaría por vivir una sola vez aquello.

Carmucha era la musa del diseñador Jesús del Pozo. Probaba y hacía túnicas sobre su cuerpo elegante y menudo. Como tenía el taller cerca de casa, iba a echarse la siesta al sofá de Carmucha, mientras ella dormía en la cama. Toy se subía a la cama de Carmucha y Crispín al sofá con Jesús del Pozo.

Todos los días Carmucha venía a mi casa e iba yo a la suya, pero nunca nos quedamos más de 5 minutos. Las dos éramos demasiado emancipadas y detestábamos la dependencia. 
Alguna vez paseábamos a los perros juntas, eso sí.
En esos paseos me contaba de sus andanzas o me confesaba datos aterradores que yo desconocía. Me decía “También salen canas ahí abajo” y al ver mi cara de estupor, remataba: “Y no sólo canas. El pelo también se cae, aunque ahora te parezca imposible”.

Nunca nadie me ha explicado estas cosas. No hay un relato íntimo de una generación a otra, no hay vínculo ni grupos de amigas donde medien más de 40 años.

Murió Jesús. Murió Toy.
Carmucha enloqueció.

Salía a la calle sin rumbo y parecía una niña pequeña, perdida y sola.
Se le pasó cuando llegó Froilán a su vida, un perrito con un tío lejano de apellido Terrier.
Crispín le enseñó a Froilán a rascar la pared antes de hacer caca, Pascua a solicitar mimos y alimento rozándose contra las piernas… Y al fin se integró en las rutinas y la vida de Carmucha, que recobró el carácter flojo y fuerte de antaño, como un encefalograma con bajadas y subidas vitales.

Era extraño tener una amiga así. 
Era extraño que una mujer de esa edad no hubiera tenido ni marido ni hijos.
Había trabajado, se había ido a París a vivir (a lo mejor fue a ver a una amiga y se imaginó viviendo allí, no lo sé) y había forjado unas amistades por todas partes. Los domingos alguna vez iba al rastro, solo a veces. Pero sus amigos siempre. Y habían inventado una tradición maravillosa: juntarse después a tomar el aperitivo o la comida o un vino o lo que fuera, en casa de Carmucha. Ella era la anfitriona ideal. Les cuidaba y servía, les daba conversación y hablaba sin permiso de censuras ni buenos tonos. Y cuando se cansaba les decía “Iros ya”, y obedecían y se marchaban.

Carmucha compraba el ¡Hola! cada semana y después de leerlo me lo pasaba a mí. Era muy “devota” de la familia real, porque según decía, su madre le había enseñado a serlo. Defendía a los Borbones como si le importaran, pero no, en realidad le daban igual.

Antes de tener Alzheimer, las conversaciones con Carmucha se fueron tornando más cerradas y repetitivas. Me daba el parte de cómo cuándo y con qué consistencia y volumen había hecho Crispín sus deposiciones y me repetía las mismas frases, como si no quisiera pensar otras nuevas.
Su mejor amigo desde que no tenía a Jesús, era un cura de 32 años que la visitaba a diario.
Carmucha, con su porte aristocrático, sus ojos verdes como ríos gallegos y su bordería fina y chispeante, se hacía mayor.
Murió Pascua después de arrastrarse famélico por entre las piernas de Carmucha. Ni ella sabía los años que tenía ese gato. Se lo regalaron unos niños que ya serían adultos en la puerta de su casa de Salobreña.

Después llegó la enfermedad, monstruosa, cruel, arrasando de menos a más un cerebro y un cuerpo privilegiados por la naturaleza y la cultura occidental. Ponía una cazuela a hervir sin darse cuenta de que tenía otra ya en el fuego; andaba despeinada cuando su coquetería jamás se lo había permitido hasta entonces… Incluso tuve que cambiarle la cerradura porque se dejó las llaves dentro de casa.

Yo estaba en contacto con sus cuidadoras: las de la empresa privada y las de la pública… Hasta que un día cuando fui a verla me dijeron “Carmucha ya no está. Se la han llevado a una residencia”. Y era verdad. Carmucha ya no estaba. Ya no iba a estar nunca más.

Pasaron semanas y meses. Tal vez se pueda contar con años.
Mantuve el contacto con su familia. Un contacto cordial con alguien que no he visto nunca.
Hasta este enero en que murió Crispín. Mi Crispín, tan loco y alterado siempre. A Crispín sí que le dije que le quería, aunque no hacía falta. Le di un abrazo suave y un beso profundo en su pelito suave de cachorro cuando le pusieron la inyección para dormir, previa a la inyección para morir.

Crispín se había ido y Carmucha ya no estaba. 
La vida es una mierda. Una auténtica mierda, joder.

He venido a Galicia a recoger a mis hijos, a solucionar ciertas cosas y a despedirme de Carmucha.

Está en una residencia preciosa con un montón de trabajadores cariñosos y llenos de respeto y amor. Hay plantas y da el sol en el jardín. Pero huele demasiado a muerte y a ausencia.

Carmucha era un poco Carmucha todavía. Pese a estar consumida del todo, mantenía su porte aristocrático, sus ojos verde musgo pontevedrense y su olor a colonia buena. Estaba vestida con gusto y con pendientes de oro blanco, como los que me dejó en mi boda.

Llegué a la hora de la merienda, mientras ella masticaba y tragaba perfectamente las galletas machacadas en leche que le daban.
No me conoció. O igual sí, no sé.
No hablaba. Le preguntaban las cuidadoras “¿La conoces?”; “¿Sabes quién es?” y también “¿Te duele algo?” pero ella no respondía. Lanzaba sus ojos a un punto que no estaba ahí y a ratos a la realidad.
Sólo cuando le dijeron “¿Carmucha? ¿Carmucha?” ella con el poco genio que le quedaba dijo gritando enfadada como si se dirigiera un notario desordenado ¡¿Qué?!
Después la subimos a una silla de ruedas y me senté con ella en una galería acristalada llena de luz y macetas.

Le dije todo lo que no le he dicho nunca.
Todo lo que no le he dicho a nadie.
Lo que nos deberíamos decir a diario.

Le di las gracias por haber sido un referente en mi vida, por haberme cuidado cuando creía que tenía gripe A y resultó ser una vulgar sinusitis, por haber querido a Crispín, por haber estado a mi lado sin juzgar, por haberme contado qué es ser mayor. Y sobre todo por ser mi amiga.
Por ser amigas.

Yo la abrazaba llorando, explicándole todo lo que la echo de menos, todo lo que me falta, lo que ha sido. Le dije “te quiero Carmucha. Te quiero” y entonces ella se puso a llorar.

Daría yo qué sé por escucharla una vez más, por sentir que nos tenemos, que somos amigas.
Pero ella ya no está.

Volví andando y llorando desde Teo a Santiago. Casi dos horas que me convirtieron en la peregrina más rara de 2018.
Es horrible decir adiós y que sea para siempre. Es horrible que nos ahogue esta mortalidad insultante. Y que se conviertan en verdades todos los tópicos de “No somos nada” o “Hay que disfrutar la vida”. Porque no queremos creerlo. Es demasiado terrible llorar una ausencia porque es demasiado grande el amor.

Duele tanto…



Pido perdón por mi aparente frialdad con mis allegados. Prometo enmendarme.
Voy a dar las gracias siempre. 
Hay que quererse, hay que sentirlo, hay que decirlo.
La vida es esto. Esto de aquí que se escapa por entre nuestras manos. Sólo nos queda vivirla.



Lo dice Diana Aller

martes, 7 de agosto de 2018

SANTIAGO POR LA MAÑANA: PINTADA DE KISS EN LA CATEDRAL

Hace apenas unas horas, muchos nos enteramos de la aparición de una pintada en una de las esculturas de la fachada sur o de Praterías de la catedral de Santiago de Compostela. La figura apareció en la mañana del 6 de agosto con unos trazos pintados que emulaban muy toscamente al grupo Kiss.



Estoy en Santiago y me he acercado esta mañana a ver lo que se han apresurado a llamar gamberrada o atrocidad. 

Mi decepción ha sido mayúscula. La figura en cuestión y sus hermanas contiguas estaban tapadas por una lona blanca que cubría como si se tratara de una vergüenza, la estatuilla presuntamente mancillada.








A pesar de todo, a través de una vulvar apertura de la lona, se veía la figura, ya limpia y sin mácula. 

¡Qué desengaño tan áspero! ¡Qué tristezas tan innecesarias me proporciona el ser humano! 




Puede ser una atrocidad pintar sin respeto una obra que data su inicio en la Edad Media, ahí creo que todo el mundo está de acuerdo. Pero ¿El autor ha despreciado acaso la historia que pesa sobre esas vetustas piedras? ¿Conocemos las intenciones del anónimo artista? 
Recordemos que la desconocida o desconocido que ha perpetrado semejante acción, ha caracterizado a la talla con bigotes y ojos de gato, añadiendo las letras 'Kiss' sobre las escrituras que porta en sus manos. 
Es un homenaje a Peter Criss, batería del grupo (activo durante los años 70 y 80), que solía caracterizarse de felino. Es, en definitiva una proyección esquemática, libre y sencilla de un retazo de cultura. 

Lo llamo artista, porque sin duda ha hecho un ejercicio de arte. Ha representado un icono de su tiempo, de su cultura, sobre una obra anterior, reinterpretándola, sin borrar ni destruir su naturaleza y sustrato. Simplemente añadiendo una mirada lisonjera, conceptual y muy simpática si me apuran.






Desde el año 1075 en el que se iniciara la construcción de la catedral, hasta el siglo XVIII en el que se añadieron las últimas ampliaciones y detalles, el trabajo fue un goteo de los miedos y aspiraciones humanas, de la cultura del momento, impregnada toda ella de religiosidad.




¿Cuál es nuestra religión universal ahora? ¿Cuáles nuestros mitos?
No creemos en arcángeles que portan sagradas escrituras en sus manos, pero sí en series, películas y canciones que dibujan una senda trascendente. Que nos elevan el espíritu más allá del aquí y el ahora.


Ese diálogo que se crea desde las pintadas de Kiss del presente hasta que se dio por finalizada la catedral de Santiago, es exactamente igual que las aportaciones de aquel momento con respecto a la primera construcción románica sobre el supuesto sepulcro del apóstol.





Yo siempre he defendido que una obra de arte es todo lo que le pasa por encima. Por eso hay restauraciones que me chirrían, mentiras estéticas que hablan un idioma que ya no nos pertenece. ¿Se imaginan rehacer Pompeya entera? 

El andrajo arquitectónico de lo que fue una ciudad de recreo, es lo que nos subyuga: el volcán que paraliza y destruye su existencia, la ceniza que conserva unas ruinas inhabitables. 
El arte tiene la capacidad de sobrecoger sin pretenderlo. Muchas veces es la falta de voluntad estética lo que añade valor a una obra.
¿No les parece cutre y rastrera la vocación de trascender? ¿No prefieren arrobarse con una canción de desamor que escribió alguien por mera pulsión emocional? Y al final esa canción nos llega muy dentro, habla de nosotros como nadie había hablado antes, nos pertenece antes que a su autor.



Hoy he estado en el exterior de la catedral de Santiago. La cola para acceder al interior parecía infernal.
Todo estaba lleno de gente, de turistas, de guías ganándose la vida contando la misma historia gastada. Supongo que también habría peregrinos que se emocionan al llegar y darse cuenta de que lo importante era el camino y no su consecución.





Pero Santiago de Compostela, como todas las ciudades turísticas va camino de convertirse en un no-lugar. Las mismas tiendas Orange, un ZARA, un Calzedonia... No he visto, pero seguro que ha llegado o llegará ese engendro llamado ALE-HOP, envileciendo una ciudad cuajada de historia y tradición.
Será una atrocidad, una gamberrada, lo que quieran... Pero esa pintada sobre una escultura, esa necesidad arrebatada y espontánea de mostrar idolatría cultural, es la que conforma nuestro relato, la que habla de nuestra época y nuestra civilización. Y me jode mucho que la hayan borrado.

Da igual que sea Santiago, Manchester o Estrasburgo. Son los mismos sitios, los mismos olores, la misma experiencia.
No hay disidencia ni rebeldía, sólo un amoldarse burgués y excluyente, un continuum capitalista que define nuestra civilización desde el consumo y no desde la cultura.





La Policía Nacional ha pedido a través de su cuenta de Twitter la colaboración ciudadana para encontrar al autor de la pintada. Yo prefiero que no aparezca, que ella -o él- sepa que toda esa gente haciendo cola, cree ver algo interesante en lugar de algo que le han dicho que es interesante y debe ver, como parte de una experiencia turística. Pero yo he ido a ver su obra, su interpretación del mundo, su instalación... Y sólo me he encontrado incomprensión, gente con móviles y muy poco arte.



Quiero terminar este texto con un canto ahogado, con El manifiesto futurista (ojo, de 1909) que tanto me representa (en especial el punto 7 ¡Viva la vanguardia! Los puntos 10 y 11 necesitan actualizarse y cambiar la perspectiva desde el otro lado, eso sí):



MANIFIESTO FUTURISTA
Filipo Tommaso Marinetti, 1909 
1. Nosotros queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad.
2. El valor, la audacia, la rebelión serán elementos esenciales de nuestra poesía.
3. Hasta hoy, la literatura exaltó la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso ligero, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo.
4. Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras con su capó adornado de gruesos tubos semejantes a serpientes de aliento explosivo…, un automóvil rugiente que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia.
5. Nosotros queremos cantar al hombre que sujeta el volante, cuya asta ideal atraviesa la Tierra, ella también lanzada a la carrera, en el circuito de su órbita.
6. Es necesario que el poeta se prodigue con ardor, condujo y con magnificencia para aumentar el entusiástico fervor de los elementos primordiales.
7. Ya no hay belleza si no es en la lucha. Ninguna obra que no tenga un carácter agresivo puede ser una obra de arte. La poesía debe concebirse como un violento asalto contra las fuerzas desconocidas, para obligarlas a arrodillarse ante el hombre.
8. ¡Nos hallamos sobre el último promontorio de los siglos!... ¿Por qué deberíamos mirar a nuestras espaldas, si queremos echar abajo las misteriosas puertas de lo Imposible? El Tiempo y el Espacio murieron ayer. Nosotros ya vivimos en lo absoluto, pues hemos creado ya la eterna velocidad omnipresente.
9. Nosotros queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las hermosas ideas por las que se muere y el desprecio por la mujer.
10. Nosotros queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y toda cobardía oportunista o utilitaria.
11. Nosotros cantaremos a las grandes muchedumbres agitadas por el trabajo, por el placer o la revuelta; cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas; cantaremos el vibrante fervor nocturno de los arsenales y de los astilleros incendiados por violentas lunas eléctricas; las estaciones glotonas, devoradoras de serpientes humeantes; las fábricas colgadas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; los puentes semejantes a gimnastas gigantes que saltan los ríos, relampagueantes al sol con un brillo de cuchillos; los vapores aventureros que olfatean el horizonte, las locomotoras de ancho pecho que piafan en los raíles como enormes caballos de acero embridados con tubos, y el vuelo deslizante de los aeroplanos, cuya hélice ondea al viento como una bandera y parece aplaudir como una muchedumbre entusiasta.    
  Desde Italia lanzamos al mundo este manifiesto nuestro de violencia arrolladora e incendiaria, con el que fundamos hoy el Futurismo, porque queremos liberar a este país de su fétida gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios.   
  Por demasiado tiempo Italia ha sido un mercado de buhoneros. Nosotros queremos liberarla de los innumerables museos  que la cubren toda de cementerios innumerables.   
  Museos: ¡Cementerios!...Idénticos, verdaderamente, por la siniestra promiscuidad de tantos cuerpos que no se conocen. Museos: ¡Dormitorios públicos en que se reposa para siempre junto a seres odiados e ignotos! Museos: Absurdos mataderos de pintores y escultores que van matándose ferozmente a golpes de colores y de líneas, a lo largo de paredes disputadas!     
Que se vaya a ellos en peregrinación una vez al año, como se va al camposanto en el día de Difuntos…, os lo concedo. Que una vez al año se deposite un homenaje de flores a los pies de la Gioconda, os lo concedo… Pero no admito que se lleven cotidianamente a pasear por los museos nuestras tristezas, nuestro frágil valor, nuestra morbosa inquietud. ¿Para qué querer envenenarnos?  ¿Para qué querernos pudrir?


Lo dice Diana Aller

lunes, 6 de agosto de 2018

POR SUS CAMISETAS LOS CONOCERÉIS




- Camiseta de un grupo rarito. Como Half Japanese, Rabia Sorda o At The Gates.
Esta persona es un una nerd, pero no en el sentido romántico hollywoodiense. Es una persona con relaciones humanas difíciles, amor a los felinos. A los felinos ¿eh? no a los gatos. Si por ella o él fuera, tendría un puma o un lince en su mierda de piso con tarima ajada y mugre grasienta en la cocina.
Esta gente tiende a pensar que el mundo está equivocado y ellos no.


- Camiseta de Levi´s con banda azul arriba y roja abajo.
¿Cómo describir al portador de semejante ubicuidad? Es el normcore, la vida llena de aspiraciones y fracasos... Y todos leídos desde la frustración. Una cosa muy habitual y gris. Es esa persona que dice "es bien", que sube un selfie hecho en el espejo del baño, que en el perfil de whatsapp tiene una frase motivacional. Esa es -y está por todas partes-.

- Camiseta con chascarrillo, por ejemplo, esa que pone "Mari Trini" con la tipografía de Martini.
En un 94,3% se trata de varones blancos de entre 37 y 46 años, con sobrepeso o extraña repartición del volumen sobre el cuerpo. Tíos con pocas habilidades sociales y un nivel de mansedumbre alto.


-Camiseta de grupo heavy.
Puede ser un muchacho de Vallecas o una bloguera catalana.
Ambos la lucen con soltura y decisión.



- Camiseta de "The future is female" o "Feminist" o "Strong as a woman"...
Casi siempre es una menor -muy menor- a la que su madre le compra la ropa en una multinacional explotadora (de mujeres, sobretodo) y se empeña en criar una hija feminista en lugar de educarla para ser libre.
También hay mujeres jóvenes (en la amplísima horquilla de edad que abarca la juventud en las mujeres: de los 12 a los 45 años básicamente) que dedican una energía torrencial en atraer a los machos y no en leer doctrina libertaria.
Curiosamente los varones, que son los que deberían ser feministas, no llevan eslogans de este tipo en su vestimenta.


- Camisetas abiertamente machistas, misóginas y feas.
Machistas.




- Camiseta de ensalzamiento de la borrachera.
No seré yo quien arremeta contra el único consumo lúdico y legal de una sustancia psicoactiva. Pero de ahí a portar ciertas camisetas hay un trecho.
Estas camisetas las llevan los asistentes a los Sanfermines y al Sonorama (que ostenta el récord de camisetas más feas por metro cuadrado de todos los festivales).




- Camiseta de recuerdo de un viaje.
Gente formada y con una seguridad apabullante. Gente que aprecia a sus allegados y los respeta. Y que recicla el vidrio, seguro.





- Camiseta de equipo de fútbol.
Mayoritariamente varones con pocas ilusiones en la vida.




- Camisetas de cuello de pico para hombres.
Tíos que no saben que ese cuello es un elemento disuasorio para sus posibles parejas sexuales, que se preocupan por el tamaño de su recóndito miembro viril y no por el talle de las prendas que están a la vista.


- Camisetas de grupos musicales, en general.
Su portador tiene más de 40 años y desconoce los rudimentos de las tendencias y la moda.



- Camiseta de Unknown pleasures de Joy Division.
Gente lista, rebelde, que molaba un montón, que tenían sueños e ideas brillantes. Pero claudicaron: En unos casos se metieron en una hipoteca, en otros procrearon o simplemente se hicieron mayores... y hoy viven presos de aquello contra lo que luchaban.



- Camiseta de personajes y series japonesas.
Mi hijo Lucas (que se hace llamar Lurt Koma) y sus amigos. Y seres parecidos.




- Camiseta de HyM, ZARA y grandes superficies, con estampados, letras o color liso.
El 99´9 por ciento de la población del estado español en algún momento. Por lo general gente con dos piernas, dos brazos, una indescriptible e inmerecida ternura hacia Mariano Rajoy y una irracional admiración por Chiquito de la Calzada. Cosas que James Rhodes, aunque se hinche a croquetas, no podrá entender jamás.




- Mochila Fjallraven Kanken.
No es una camiseta, pero se ha hecho con las espaldas de varias generaciones como si fuera su segunda piel.
Quienes la llevan son seres inseguros que reniegan del borreguismo pero necesitan enfermizamente pertenecer al rebaño. Aun a sabiendas de que les timan económicamente, pagan para sentirse aceptados. "Emosido engañado y nos gusta" parece ser su filosofía.



Lo dice Diana Aller